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Revista Literaria AZUL@RTE

Juan RULFO

Juan RULFO

 

Retiran nombre "Juan Rulfo" de premio literario

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Destaca el presidente de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara que la medida es sólo de forma temporal y en muestra de "buena voluntad" hacia la familia del escritor; Carlos Monsiváis recibirá el Premio FIL de Literatura
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El grupo que otorga el premio literario “Juan Rulfo” anunció hoy la “retirada temporal” de esa denominación al galardón, en un gesto de “buena voluntad” con la familia del autor, que ha interpuesto una demanda administrativa contra su uso. Por ello en la XX edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), que se celebrará en noviembre, el escritor mexicano Carlos Monsiváis, declarado ganador este año, recibirá el “Premio FIL de Literatura 2006 , informó el presidente de la FIL, Raúl Padilla.

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“Es un gesto que tenemos hacia la familia. Queremos demostrarle una vez más que nuestro único interés es seguir homenajeando a Juan Rulfo (1918-1986) con motivo de la entrega de este premio a un gran escritor jalisciense (del estado de Jalisco), mexicano y universal”, explicó en rueda de prensa Padilla.

El litigio, presentado por Juan Francisco Perez Rulfo, hijo del escritor, ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual (IMPI), abre un proceso administrativo que la asociación civil que entrega el premio va a disputar ante esa entidad.

Los abogados de la asociación van a presentar una contrademanda antes del próximo día 24, cuando expira el plazo. Padilla señaló que la decisión de retirar el nombre en un caso que podría prolongarse entre seis y ocho meses, también debe entenderse como un gesto de buena voluntad hacia el IMPI.

Explicó que Monsiváis conoce la resolución y “lamenta que no lleve el nombre pero le parece que es una medida, digamos, por lo pronto, prudente”.

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La asociación que entrega el premio ha designado como defensores suyos a los abogados Mauricio Jalife y José Luis Caballero. Jalife calificó de “desproporcionada” e “insustentable” la noción de que el nombre de Rulfo debe ser eliminado porque implica “el uso de una marca”, que la familia del escritor registró el pasado 23 de mayo ante el IMPI. 

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El Universal de México:

http://www.eluniversal.com.mx/notas/382376.html

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Juan Manuel GÓMEZ

Juan Manuel GÓMEZ

 

Celan y Heidegger: diálogo en el silencio

Por George Steiner

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Para los Presocráticos, la poesía y la filosofía eran lo mismo. Las conjeturas cosmológicas y las argumentaciones eran expuestas en verso. El problema comenzó con la discriminación categórica que hizo Platón entre “las verdaderas funciones” del discurso filosófico y la pedagogía, por un lado, y la ficción, incluso irresponsable, a la que la poesía y sus rapsodias eran inevitablemente propensas, por el otro. El sentido inicial de armonía entre la filosofía sistemática y la expresión poética nunca ha estado por completo perdido. Se manifiesta en los escritos de Lucrecio, Pope o Voltaire. Repetidas veces, en sus diarios y cuadernos de notas, Wittgenstein expresa el deseo de que sus intuiciones filosóficas pudieran encontrar una articulación adecuada en poesía (Dichtung). Pero el vínculo ha sido cada vez más incómodo. Grandes maestros de la filosofía, como Descartes o Spinoza, hablan por muchos filósofos cuando sugieren que el ideal del análisis filosófico debiera ser el de las matemáticas o el de la abstracción sin compromiso de la lógica. Mallarmé (lector atento de Hegel) replicaba con agudeza que la poesía está hecha de palabras, no de ideas.

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En el contexto del siglo XX, el encuentro más fascinante y productivo entre la filosofía y la poesía es el que se dio entre Paul Celan y Martin Heidegger. Ha sido objeto ya de una extensa literatura suplementaria, obstaculizada inevitablemente por el hecho de que el conjunto de la obra de Heidegger continúa en proceso de publicación, con frecuencia en ediciones inaceptables, y por “las circunstancias oscuras” que siguen, en gran medida, caracterizando la vida privada de Celan. Lo que ha abierto una línea de investigación es la disponibilidad de muchos de los papeles póstumos de Celan en el Archivo Literario Nacional de Marbach, donde se encuentran también, sobre todo, los ejemplares de los libros de Heidegger en los que Celan realizó anotaciones minuciosas durante periodos cruciales de su propio desarrollo teórico y poético. Quizá nada nos haya permitido echar un vistazo tan cercano e intrincado a la forma en que trabaja un poeta mayor desde que se publicaron los cuadernos de notas de Coleridge y sus apostillas. El mérito indudable de Paul Celan et Martin Heidegger: Le sens d'un dialogue (Fayard), de Hadrien France-Lanord, es estar entre los primeros trabajos que explotan este material y abren pasadizos que lo hagan accesible al gran público. Ante los hechos, no hay duda. Celan estableció contacto con la obra de Heidegger en 1948.

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El intermediario parece haber sido Ingeborg Bachmann, con quien Celan mantenía una relación cercana. La tesis doctoral de Bachmann tuvo por tema “la recepción crítica de la filosofía existencial de Martin Heidegger”. De 1952 en adelante, Celan leyó y anotó un buen número de textos decisivos de Heidegger: Ser y tiempo, Introducción a la metafísica y Arte y poesía entre ellos. Los comentarios a Hölderlin, Stefan George y Trakl llamaron especialmente su atención. Por su parte, Heidegger se había percatado del desarrollo de Celan y de su ya controvertida importancia en la poesía alemana. Después de un angustioso titubeo, y en respuesta a la presencia de Heidegger en una lectura de sus poemas —gesto extremadamente raro en Heidegger— Celan accedió a visitar el célebre retiro del filósofo a la “cabaña” de Todtnauberg, cerca de Friburgo. Este encuentro tuvo lugar a finales de julio de 1967. Se reunieron dos veces más, en junio de 1968 y en marzo de 1970 (de nuevo Heidegger había asistido a una de las últimas lecturas públicas de Celan). Fueron pocas las cartas que intercambiaron, y son todavía menos las que parecen haberse conservado.

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Esto es todo, y cuán escaso es. No obstante, los comentarios, interpretaciones y conferencias con respecto a la relación entre el pensador y el poeta se han multiplicado rápidamente. Ahora inundan una academia parásita y la industria del periodismo. Numerosos “testigos” afirman haber escuchado tanto a Celan como a Heidegger debatir entre sí sus juicios e impresiones. Tomando en cuenta lo casi patológicamente reservado que era Celan, incluso con sus pocos amigos íntimos, y la arrogante cautela de Heidegger, tales afirmaciones son en su mayoría, autocomplacientes. Por su parte, los análisis de los textos, en especial el del famoso poema en el que se sigue desde el comienzo la visita a Todtnauberg y la caminata por los alrededores, son demasiado a menudo polémicos, tienen una motivación ideológica y, de nuevo, son autocomplacientes. Los reportes que Celan hizo a su esposa y a su círculo de amigos cercanos sólo complican las cosas.

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Lo que nos deja perplejos es que Celan haya estudiado con mucha intensidad las obras de Heidegger y que los dos autores se hayan conocido. El genio de Celan residía en la insoportable paradoja de tener que hablar en el idioma de quienes habían atormentado a su padre hasta matarlo y habían asesinado a su madre. Para él la muerte “era un amo más allá de las fronteras de Alemania” —esta frase resonante llegó a ser aplicada a Heidegger—, y un poema era un “apretón de manos”; un acto más desnudo de confianza mutua, más arriesgado para el espíritu humano que ningún otro. Como he intentado mostrar, la elíptica, exhaustiva inventiva de Celan y su alemán a menudo hermético es una autotraducción. Es un intento, siempre frustrado, aunque también radicalmente iluminado, como ninguna otra poesía después de Hölderlin, de “traducir” lo inhumano a un idioma alemán “al norte del futuro”.

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Por su parte, Heidegger encarnaba no sólo aspectos ciertamente complejos y heredados del nazismo, sino la orgullosa convicción de que el alemán, la lengua de Kant, Schelling y Hegel, podía por sí sola (junto con el griego antiguo) exponer y transmitir el pensamiento filosófico de primer orden. El patrimonio hebreo en la cultura occidental, tan vital para Celan, jugaba un papel casi inexistente en las fuentes de Heidegger. La Selva Negra, la cabaña, la vestimenta rústica de Heidegger, habían llegado a simbolizar casi todo lo que aterrorizaba a Celan. Significaban el renacimiento potencial de la barbarie teutónica que obsesionaba a Celan, y que, gracias a las difamaciones esparcidas por Claire Goll acerca de su trabajo, lo condujo al borde de la locura.
¿Cómo aventurar una manera de medir la indudable empatía entre estos dos hombres o entre estas dos obras?
La influencia de Heidegger ya había penetrado en el pensamiento francés a lo largo de la década de los cuarenta. En diversos sentidos, Ser y tiempo fue considerado fundamental por Levinas, por Sartre y, más tarde, por Derrida. Jean Beaufret se volvió el portavoz del maestro. Durante la década pasada, y a pesar de la evidencia adversa, la guardia pretoriana francesa se agrupó en torno a la reputación política y humana de Heidegger. Hadrien France-Lanord es, con mucho, miembro de esta camarilla protectora y apologética. Por consiguiente, su tratamiento de la figura total de Heidegger, sin duda compleja, raya en el escándalo. Según él, la relación de Heidegger con el nazismo fue un breve “error”, esencialmente finiquitado y enmendado por su renuncia a la rectoría de la Universidad de Friburgo después de diez meses decepcionantes. Al cabo de lo cual, su permanencia fue una resistencia estoica, un esfuerzo incomparablemente profundo y clarividente por comprender al nazismo como un elemento de la enorme catástrofe del nihilismo occidental y de la tecnocratización. En el fondo, Heidegger nunca “olvidó su falta” pero eligió integrarla dentro de una crítica del destino del Ser, con lo cual el suyo fue un entendimiento único, profético. Los detractores de Heidegger son charlatanes malévolos o ideólogos contaminados con obsesiones radicales pro semitas.

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Esto, por supuesto, es evadir o falsear lo obvio. Los pronunciamientos de Heidegger sobre el Verjudung, la “infección del judaísmo” en la vida espiritual alemana, son anteriores a la ascensión de Hitler al poder. Los discursos que pronunció en 1933 y 1934 elogiando al nuevo régimen, su trascendente legitimidad y la misión del Führer, perduran en la ignominia, así como la decisión de Heidegger de reimprimirlos —orgulloso de su integridad— en una edición de 1953 de su Introducción a la metafísica, la famosa definición de los altos ideales del nacionalsocialismo. Otra máxima, aún más célebre, ocurrió en una de las lecturas que Heidegger pronunció en Bremen en 1949. Equipara la masacre de seres humanos (Heidegger evade tímidamente la palabra “judíos”) con la agricultura en serie y la tecnología moderna. Como la entrevista publicada por Der Spiegel en 1966 deja en claro, Heidegger simplemente no estaba dispuesto a expresar cualquier opinión directa sobre el Holocausto o sobre el papel que él desempeñó en el miasma retórico y espiritual del nazismo. Era un silencio formidablemente astuto. Permitió a Lacan declarar que el pensamiento de Heidegger era “el más encumbrado del mundo” e hizo posible que Foucault basara su modelo de la “muerte del individuo” en el “post humanismo” heideggeriano.

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No se trata necesariamente de valoraciones equivocadas. Sobre todo porque cada vez más el pensamiento de Heidegger apuntala el desarrollo de la filosofía moderna. El post estructuralismo, la deconstrucción —Derrida habla conmovedoramente de que Heidegger lo “ampara”— y el posmodernismo son variaciones, incluso artificiosas, de la colosal obra de Heidegger. Heidegger es, por supuesto, incomparable”, enseñaba en sus clases Leo Strauss, a la vez que prohibía mencionar el nombre de Heidegger en su seminario. El asunto sigue siendo inmensamente complicado. Sin duda hay vulgaridades y omisiones en muchas de las violentas embestidas “liberales” con que se ataca la reputación de Heidegger. Las líneas que relacionan su “nazismo privado”, una brillante definición a la que llegaron las autoridades de Berlín a finales de 1933, con los argumentos ontológicos actuales y con las revisiones de Aristóteles y Kant, todavía no han sido ventiladas con una precisión responsable. En lo que no hay duda es en la gravedad del caso, en lo profundo de las implicaciones de Heidegger en la catástrofe alemana, o en las tácticas de evasión con las que se aseguró su estatus después de 1945 y en que se erigió su encumbramiento global. Los sofismas de France-Lanord en su Paul Celan et Martin Heidegger le hacen flaco honor a Heidegger.

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Paul Celan sin duda estaba consiente de la afiliación nazi de Heidegger, a pesar de que muchos detalles (como por ejemplo que mantuvo su tarjeta del partido hasta 1945 o su postura contra Husserl) sólo emergieron después. Al filo de la locura por su cercanía con la sobrevivencia y el recrudecimiento del nazismo y el antisemitismo, propenso a romper incluso con los conocidos más íntimos ante cualquier insinuación de odio hacia los judíos o de apologías teutónicas, Celan, no obstante, se mantenía inmerso en los trabajos fundamentales de Heidegger. Cuando René Char, el gran poeta francés y líder de la Resistencia, le dio la bienvenida a Heidegger, el gesto fue de fascinación anárquica y carismática reciprocidad. Char no sabía alemán; Heidegger hablaba poco francés. Ambos reverenciaban a Heráclito y la luz del sol. El compromiso de Celan era de una profunda y amenazada intensidad. Volvía a la lengua alemana. Lo que Celan encontró en Heidegger fue una centralidad lingüística y un radicalismo, en muchos sentidos por completo opuestos a los suyos, pero aún así afines. Nadie después de Lutero y Hölderlin había reconstruido la lengua alemana como lo hizo el autor de Ser y tiempo. Nadie había tratado de abrir los recursos lexicológicos y gramaticales del alemán, de extraer de una herencia infernal las potencialidades de verdad y renacimiento, como lo hizo Celan. Casi fatalmente, incluso de maneras que por momentos se mantienen oscuras e impenetrables, sus caminos opuestos estaban destinados a encontrarse.

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Como John E. Jackson ha observado en su traducción al francés de Poèmes de Paul Celan, la deuda que el poeta tiene con ciertas innovaciones lexicológicas y sintácticas de Heidegger es indiscutible. Jackson muestra sutilmente cómo sus validaciones de las formas verbales, de los adjetivos y de los adverbios inspiraron a Celan, así como la técnica de Heidegger —a menudo violenta— de separar al alemán de sus “raíces” arcaicas, de hundir los respiraderos de la etimología en lo que él consideraba revelaciones perdidas mucho tiempo atrás. Si bien Hölderlin era una fuente compartida, fueron los neologismos a menudo arbitrarios de Heidegger y sus construcciones paratácticas los que dieron lugar a muchos de los experimentos de Celan. Esto es casi completamente cierto en Meridian de Celan, su celebrado manifiesto poético moral en ocasión de haber recibido el Premio Büchner. La “antífona”, si así puede llamarse, es de Heidegger.

Como lo muestra la inspección minuciosa de France-Lanord a los subrayados y las anotaciones que Celan hizo en los márgenes de los textos de Heidegger, somos testigos de una de las colisiones o conjunciones supremas entre la poesía y la filosofía en el pensamiento occidental (un fenómeno exquisitamente “triangular” si tomamos en cuenta las inspiradas traducciones que Celan hiciera de Char). Si la cita es confiable Celan, poco antes de su muerte negó la famosa obscuridad de Heidegger, tal y como había negado la de sus propios poemas. Por el contrario, al volver a sus raíces, restituirle su sobrenatural, primordial energía a cada palabra e incluso a cada sílaba, Heidegger había restituido al lenguaje “su translucidez, su claridad” (“sa limpidité”). Celan concuerda con el énfasis de Heidegger en que las funciones del lenguaje son “nombrar” (tropo Adánico) y “develar” (aletheia). A pesar de que su “visibilidad” fenomenológica fuera crucial (das Reden Sehenlassen), como subrayó Celan en su ejemplar de Ser y tiempo, la audición, la capacidad de escuchar lo que está ocurriendo dentro del lenguaje, que “trasciende la utilidad humana de la comunicación”, puede ser más importante. Celan subraya en la Introducción a la metafísica de Heidegger, la preeminencia del lenguaje sobre lo que éste designa: “Es en la palabra, en el decir, que las cosas cobran existencia”, una paráfrasis virtual de Mallarmé. En “Y para qué poetas”, Celan subrayó el credo fundamental de Heidegger: “El lenguaje es el santuario (el templo), es decir, la casa del Ser [...] Y porque es la casa del Ser, el paso constante a través de ella hace que alcanzamos aquello que es". Y en Carta sobre el humanismo, Celan elige enfáticamente la que bien podría ser la máxima de su propia poética: “El lenguaje es el adviento encubierto-iluminado del Ser en sí mismo”.

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Tanto en Heidegger como en Celan está implícito un post —o quizá un pre— humanismo. Heidegger argumentaba que el hombre aún no ha empezado a saber cómo pensar, cómo comprender una sociedad de consumo en masa, inevitablemente tecnológica, al borde del nihilismo. Para Celan, la Shoah (el Holocausto) había puesto en inevitable cuestionamiento el papel del hombre, la posibilidad de cualquier recuperación posible de su humanidad. Mucho antes de Foucault, el ontólogo y el poeta ponderaron el eclipse del sujeto en primera persona. La expresión de Celan, casi seguramente en deuda con uno de los más controvertidos neologismos de Heidegger, no admite traducción ni paráfrasis: "Eins und Unendlich,/ vernichtet,/ ichten", donde la decisiva ambigüedad de ichten (“llegar a ser yo”) hace eco al famoso Nichten de Heidegger, “la nada en acción”. Igualmente para ambos, como France-Lanord señala, es el valor del silencio en una sociedad histerizada por el ruido, el chismorreo y la basura periodística. La imagen de Celan es asombrosa: “Atardecer de las palabras, buscador de manantiales en el silencio”. Heidegger se refiere a lo mismo cuando asevera, repetidamente, que sólo puede ocurrir cualquier intento real de pensamiento en la vía del silencio (subrayado de Celan). Y cuando Heidegger escribe que nadie puede comprender la magnitud en la que el lenguaje sólo “se concierne a sí mismo”, en que extrae sus revelaciones del silencio, está sentando directrices esenciales para Meridian de Celan y para la aún desafiante interioridad de sus últimos poemas.

Estos cabos sueltos se juntaron en un amasijo en “Todtnauberg” el 25 de julio de 1967. Por extraño que parezca, Heidegger apenas se enteró del judaísmo de Celan, a pesar de que le habían informado del asesinato de sus padres. Por su parte, Celan estaba en un estado extremo de estrés psicológico, entremezclado con destellos de energía creativa que seguramente eran de naturaleza maníaca. Por mucho tiempo se creyó de que Celan se alejó de Heidegger devastado por el silencio de éste. La esperanza de extraer “una palabra pensante/ el origen de una/ palabra/ en el corazón” había resultado vana. Sólo la oscuridad permaneció de ese paseo compartido a través de los fangosos caminos de la ciénaga, donde los términos Knüppel (garrote) y Moor (pantano) cargan ecos asesinos específicos de los campos de concentración. De ahí en adelante, las cosas se volvieron más opacas. Las cartas que Celan le escribió a su esposa y a su amigo cercano Franz Wurm describen el encuentro como positivo y “completamente claro”. Al contrario de los rumores, el contacto entre los dos no cesó por completo. Al recibir el poema "Todtnauberg", Heidegger respondió calurosamente en una carta fechada el 30 de enero de 1968. Aquel día en la Selva Negra había sido “vielfalting gestmmt” (“pleno de sensibilidad”). Después de eso, Heidegger pronunció una de sus frases supremas: “Seitdem haben wir Vieles einander zugeschwiegen” (“Desde entonces, es mucho lo que nos hemos dicho en silencio el uno al otro, en silencio mutuo”). Por su parte, Heidegger escribió el “prefacio” en verso a uno de los más discutidos poemas de Celan. Esta introducción sólo fue publicada en 1992 y las circunstancias de su origen permanecen en cierto modo oscuras. Si nos apegamos al texto, Heidegger reitera su creencia de que las palabras ni designan ni significan, sino adquieren valor en esa inmaculada singularidad (“reiner Eignis”) en la que existe la respiración del silencio.

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Como anoté arriba, la literatura secundaria generada por este encuentro y el poema de Celan es voluminosa. Consiste, a grandes rasgos, de rumores y conjeturas, a menudo oportunistas o incluso falsas. El uso por parte de France-Lanord de testimonios inverificables, en ocasiones sospechosos, de la concordancia entre el mago y el poeta, entre el “niño de Auschwitz” y el rector de la Universidad de Friburgo con una svástica en el ojal, constituyen argumentos a menudo resbaladizos.

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Anotando el volumen de Conferencias y ensayos de Heidegger, Celan había subrayado con doble línea la propuesta de que la poesía y el pensamiento —la frase talismánica del alemán “das Dichten und das Denken”— sólo se unen cuando cada uno preserva su ser distinto. Para Heidegger, la poesía suprema, que es la de Sófocles y la de Hölderlin, revelaba y a la vez ocultaba la inmediatez del ser del lenguaje, lo cual ni el más penetrante discurso filosófico podría igualar ni parafrasear exhaustivamente. Si bien en "Todtnauberg", la desilusión de Paul Celan subyace incluso más profundamente que cualquier tragedia personal o circunstancia política. Sugiere la imposibilidad de cualquier diálogo amplio entre el lenguaje del poeta y el del pensador, aún cuando están en la cúspide de su respectiva verdad. Ningún “voyeurismo biográfico”, como asienta Hadrien France-Lanord, podrá agotar las connotaciones de ese fallido, indispensable diálogo o “anti-diálogo” de un día de verano.
Hay mucho de valor en esta monografía, gran cantidad de material por el cual estar agradecidos. Pero caveat emptor (cuidado).

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Steiner (París, 1929). Catedrático de Lecciones de los maestros (Siruela, 2004)

Traducción de Juan Manuel Gómez 

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Anne BARTON

Anne BARTON

  

William Shakespeare, poeta y dramaturgo canonizado por Harold Bloom como el escritor más poderoso e influyente de la literatura occidental, posee una obra tan luminosa y vasta como oscuros son los detalles que se conocen de su vida. Las nuevas biografías, a través de especulaciones e imprecisiones, nutren año con año el enigma de su identidad en vez de aclararlo. La académica británica Anne Barton se ha dedicado a revisar cuidadosamente los estudios sobre la vida de Shakespeare aparecidos en los últimos diez años, la mayoría de ellos volcados sobre la filiación religiosa del inglés. Éste es el resultado de su pesquisa. 

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Shakespeare, el único

por Anne Barton 

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En 1844, Matthew Arnold hizo su famoso comentario sobre Shakespeare: “Otros toleran nuestra pregunta. Tú eres libre./ Nosotros seguimos preguntando... Tú sonríes y no te inmutas,/ Venciendo el conocimiento”. Sugirió que a los biógrafos les sería más fácil interrogar al Monte Blanco para averiguar algo sobre su vida y sus opiniones. Sin embargo, los interrogatorios continúan. Y es más, parecen aumentar de forma alarmante. Desde 1996, cada año se ha publicado al menos un nuevo intento a gran escala (y a veces varios), que no sólo busca narrar la vida del hijo del guantero, que nació en la zona rural de Warwickshire y llegó a convertirse en el poeta y dramaturgo más importante de Inglaterra, sino ir más allá de los simples hechos, escasos y en gran medida enigmáticos, para poner al descubierto su personalidad, sus ideas y creencias. Tan sólo en 2005 se publicaron cuatro de ellos.

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A todo esto deben añadirse los incansables esfuerzos de los “antiestratfordianos” por demostrar que un estudio imparcial de la carrera de Edward de Vere, conde de Oxford, o de algún otro aristócrata (en los últimos meses, sir Henry Neville y Mary Sidney, condesa de Pembroke, han sido incluidos en la lista usual de los sospechosos) lo muestra como el verdadero, si bien oculto, autor de obras de teatro y poemas que supuestamente resultan incomprensibles si se consideran como el trabajo de un chico que estudió en una humilde y provinciana escuela de segunda enseñanza y que después se convertiría en actor profesional... un hombre tan duro e insensible que, en su último testamento, sólo le dejó a la mujer que fue su esposa durante treinta y cuatro años “la segunda mejor cama” del menaje de la casa de Stratford.

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Esta cama, que desapareció hace mucho tiempo, es un buen ejemplo de las incertidumbres que enfrentan los biógrafos de Shakespeare. Quizá este extraño legado no fue un insulto, sino la tierna designación del lecho marital, a diferencia de la cama menos personal que se reservaba a los huéspedes... (aunque Shakespeare, quien pasó la mayor parte de su vida adulta en Londres, debe haberlo compartido sólo en contadas ocasiones con la esposa que dejó en Stratford). De cualquier modo, ¿acaso Anne Hathaway (como se llamaba de soltera) no tenía derecho a recibir los ingresos que devengaba una tercera parte de las propiedades, bastante numerosas, de su difunto esposo? ¿Acaso se especificó “la segunda mejor cama” sólo porque ésta había pertenecido originalmente a la familia Hathaway de Shottery y, por lo tanto, debía permanecer en dicha familia? Pero, entonces, ¿por qué esta frase, la única que hace referencia a Anne, parece ser una ocurrencia tardía, insertada en el testamento sin incluir la expresión acostumbrada de “amada esposa”? ¿Acaso ella había llegado a resultarle antipática?

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Los biógrafos ofrecen una u otra respuesta, según sus propios prejuicios; esto mismo ocurre con la espinosa cuestión de si los sonetos de Shakespeare se publicaron en 1609 con o sin su consentimiento, la autenticidad del ordenamiento secuencial, el momento en que fueron escritos y la identidad del joven a quien se dirigen: el conde de Southampton, el conde de Pembroke (o quizá ambos), Marlowe o Chapman, el “poeta rival”, Emilia Lanier, la “dama misteriosa”, Mary Fitton o... Otros más insisten en que todas éstas son especulaciones inmerecidas que se hacen sobre brillantes ejercicios literarios, los cuales no pueden considerarse como poemas personales ni autobiográficos en ningún sentido. Los biógrafos de Shakespeare tienden a justificar sus afanes informándole a los lectores que, de hecho, se sabe más acerca de la vida del dramaturgo que de cualquier otra figura literaria de esa época, con excepción de Ben Jonson. Lo que no les gusta añadir es que todo lo que sabemos acerca de Jonson no sólo es enorme en comparación con el conjunto de datos que pueden recabarse sobre Shakespeare (la mayor parte proviene de dispersos y lacónicos archivos legales o parroquiales), sino que la procedencia y el tipo de información son profundamente distintos. Conservamos una gran parte de la correspondencia privada que escribió Jonson, un registro detallado de su conversación y un conjunto impresionante de textos de poesía y prosa explícitamente reveladores de la vida de este autor. Sabemos muy bien quiénes fueron sus numerosos amigos y benefactores, a dónde viajó y con quién se hospedó, cuando y por qué fue encarcelado y la fecha en que un incendio destruyó su biblioteca privada (junto con varias de sus obras inéditas). Él también dejó asentado lo que pensaba sobre Shakespeare como dramaturgo y (de manera más sucinta pero afectuosa) como hombre. Lo que Shakespeare opinaba de Jonson sigue siendo un misterio, salvo que este último actuó en dos de sus obras y (según cuenta la leyenda) logró que una de ellas fuera aceptada por su propia compañía de teatro.  

Ambos sufrieron la pérdida de un hijo primogénito. La muerte de Hamnet Shakespeare, a la edad de once años, quedó registrada en Stratford en el mes de agosto de 1596, mas no se sabe cuál fue la causa ni el paradero de Shakespeare en ese momento, ni siquiera si éste salió de Londres para asistir al funeral. Benjamin Jonson hijo murió de peste en Londres, a los siete años de edad, en noviembre de 1603, cuando su padre estaba en Connington, la propiedad campestre de Robert Cotton. Un sueño ominoso anunció la desgracia y Jonson se lo contó a Camden, su antiguo maestro, justo antes de enterarse de la noticia. El niño se le apareció en sueños llevando en la frente la marca roja que se usaba para aislar las casas infectadas en Londres. Después, Jonson expresó lo que sintió en el tierno poema titulado On my first son, en donde el apesadumbrado padre se despide del niño que fue Ben Jonson, su mejor creación poética”. Shakespeare no dejó ningún testimonio equivalente, obligando a los biógrafos a hurgar desesperadamente entre sus obras en busca de pasajes que pudieran de alguna manera reflejar su presumible dolor paterno... una tarea que las dudas cronológicas hicieron aún más difícil. “Hamnet” y “Hamlet” parecen haber sido nombres de pila intercambiables en ese entonces pero, aunque ciertamente la obra aborda la relación que existe en los padres y los hijos (adultos), es difícil fecharla antes de 1599/1600, lo cual no les deja a los biógrafos más remedio que argumentar (sin ninguna prueba que lo sustente) a favor de una sensibilidad personal sobre el tema, que todavía seguía teniendo mucha influencia sobre el autor y que persistió en las obras que escribió muchos años después. Cuando Stephen Daedalus, en el Ulises de Joyce, fantasea sobre la ecuación Hamlet/Hamnet (Shakespeare tiene el papel del Fantasma que se dirige al Hamlet representado por Burbage y piensa, “tú eres el hijo desposeído: yo soy el padre asesinado: tu madre es la reina culpable, Ann Shakespeare, llamada Hathaway de soltera”), Russell lo interrumpe con brusquedad por “husmear en la vida familiar de un gran hombre”, algo que sólo tiene “interés para el oficinista de la parroquia”. No obstante, el “fisgoneo” continúa y con frecuencia adopta formas aun más extravagantes. Todas las obras se convierten en documentos que deben saquearse en busca de pistas biográficas... no es de sorprenderse que dichas pistas resulten ser tendenciosas además de polémicas.

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Sin embargo, en los últimos años el tema principal del debate biográfico no ha sido la infamante “segunda mejor cama”. (Aunque esto puede suscitar un renovado interés ahora que Germaine Greer ha publicado una novela sobre la vida de la señora Shakespeare.) Se trata de la cuestión de la filiación religiosa de Shakespeare, en particular la posibilidad de que, a pesar de haberse bautizado, casado y finalmente enterrado de acuerdo con los ritos de la Iglesia anglicana, él en realidad era católico. En este punto, la comparación con Jonson (hijo póstumo de un sacerdote protestante) también resulta esclarecedora. Sabemos exactamente cuándo fue que Jonson se convirtió al catolicismo, en 1598, inspirado por un cura que lo visitó en la cárcel de Newgate mientras esperaba ser sentenciado por matar al actor Gabriel Spencer en un duelo. Doce años después, Jonson regresó a la religión reformada, bebiéndose la copa entera del vino de consagrar (como le dijo a William Drummond en 1619) al dejarse llevar por su entusiasmo ante la reconciliación. También le dijo a Drummond que era tolerante con ambas vertientes de la fe cristiana, dado que estaba “familiarizado con ambas”. La situación con respecto a Shakespeare es mucho menos clara.  

Según Richard Davies, un sacerdote poco confiable de finales del siglo XVII, el dramaturgo “murió siendo papista”. Davies también inventó la leyenda (que Rowe reiteraría a principios del siglo XVIII en la breve biografía de Shakespeare que anexó en forma de apéndice a la edición que hizo de sus obras en 1709) según la cual el autor se vio forzado a huir de Stratford y refugiarse en Londres después de haber sido aprehendido por cazar venados ilícitamente en la propiedad de sir Thomas Lucy, en Charlecote. (El hecho de que Lucy no poseyera un coto de venados en ese entonces salió a relucir muchos años después.) Paradójicamente, los biógrafos, ansiosos de encontrar detalles más emocionantes que las distintas inversiones en bienes raíces de Shakespeare, sus impuestos morosos o el hecho de que acaparó más de dos mil litros de malta en una época de escasez, acogieron más bien con regocijo la anécdota de la caza furtiva.

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Libro de Shakespeare (1623) 

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Sin embargo, el entusiasmo se apaga si pensamos que, al coronar una existencia breve, pero sin duda espectacular, al ser asesinado en 1593, Christopher Marlowe ha garantizado que se le siga postulando, de manera persistente, como el único candidato, que no era aristócrata, a la paternidad literaria de las obras de “Shakespeare”. Sin embargo, puede agregarse algo de refinamiento y misterio a la existencia oficial (y que de lo contrario resulta totalmente anodina) del hombre de Stratford al dar por cierto un catolicismo peligroso y cuidadosamente ocultado; algo que supuestamente no sólo fue fomentado por la educación familiar, sino por la influencia de Robert Cottam, un maestro de la escuela local que tenía nexos con los Houghton, una poderosa familia recusante (a saber, los católicos apostólicos y romanos que se negaban a aceptar la autoridad de la Iglesia de Inglaterra) de Lancashire, así como con la infiltración de la contrarreforma en Inglaterra, por medio de los seminarios jesuitas y de otras órdenes en el extranjero, y por lo tanto, con el mártir católico Edmund Campion y los jesuitas Henry Garnet y Robert Persons. Ésta ha sido, en gran medida, la idea que ha inspirado las recientes biografías de Shakespeare, incluso las obras Hamlet in purgatory (2001) y Will in the world: How Shakespeare became Shakespeare (2004) de Stephen Greenblatt quien la ha aceptado con cierta cautela.

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Todavía no se determina si Spiritual testament, un texto incompleto que un trabajador descubrió en 1757, entre los cabrios y el techo de la casa de la familia Shakespeare ubicada en la calle Henley, y que llegó a manos del gran académico Edmund Malone, es o no la prueba genuina de la recalcitrante fe católica del padre de Shakespeare quien, en apariencia, era protestante. Tiempo después, Malone, quien transcribió el opúsculo, llegó a dudar de la autenticidad del original... que para entonces ya estaba inoportunamente extraviado. Actualmente se ha establecido que el documento se redactó siguiendo un modelo jesuita... mas no se ha confirmado el respaldo de John Shakespeare. Lo que es indudable es que dicho documento no fue enterrado (como allí se estipulaba) con el señor Shakespeare en 1601.

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Entre 1534, cuando Enrique VIII repudió la autoridad del papa y la iglesia católica, y 1603, el año en que Jaime I ascendió al trono, hubo una cantidad asombrosa de cambios en la religión oficial; el protestantismo se arraigó con mayor firmeza durante el breve reinado de Eduardo VI, luego fue radicalmente derrocado en 1553 con el ascenso de María, una reina católica, para ser reinstaurado en 1558 gracias a Isabel. No es de sorprenderse que muchos súbditos, que habían vivido todas o sólo algunas de estas vertiginosas oscilaciones, cultivaran lo que James Shapiro, en A year in the life of William Shakespeare: 1599, describe atinadamente como un tipo de fe parecida a las pinturas murales católicas de la Capilla Dorada de Stratford, en donde algunas imágenes seguían vislumbrándose bajo la lechada con que habían sido cubiertas apenas unos meses antes de que Shakespeare naciera en 1564, por orden del concejo municipal del que su propio padre formaba parte. Como lo escribe Shapiro: “Afirmar que los Shakespeare eran católicos a escondidas o bien protestantes como la mayoría no da cuenta de que, salvo por una pequeña minoría situada en uno u otro extremo doctrinario, esas etiquetas no lograban captar, de la reina para abajo, la naturaleza estratificada de las verdaderas creencias de los isabelinos”.

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No obstante, esta conclusión, eminentemente sensata, les parece inaceptable a los biógrafos, empezando por E.A.J. Honigmann en Shakespeare: The lost years (1985), quienes están convencidos de que el “William Shakeshafte” que se menciona como abogado familiar en el testamento de 1581 de Alexander Houghton, el acaudalado terrateniente católico de Lancashire, era en realidad el joven de Stratford con un apellido ligeramente distinto. (Un apellido que, por otro lado, es bastante común en Lancashire.) Según esto, Robert Cottam, el maestro de la escuela de Stratford, que era católico a escondidas, envió a su alumno más prometedor al norte para ponerlo al servicio de los Houghton, ya sea como docente o para aumentar el número de simpatizantes del grupo que esa familia apoyaba. Allí, el joven Shakespeare confirmó su fe en el ferviente catolicismo que más tarde quedaría registrado (de forma evidente para quienes pueden descifrar el mensaje oculto), en sus poemas y obras de teatro.

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La obra de Richard Wilson Secret Shakespeare: Studies in theatre, religion and resistance (2004) fue seguida de Shadowplay: The hidden beliefs and coded politics of William Shakespeare de Clare Asquith, publicada en 2005. Ambos libros buscan establecer que el escritor a quien Coleridge alabó alguna vez por su admirable imparcialidad fue, por el contrario, un hombre dominado por una adhesión apasionada, pero que necesariamente se expresaba de forma encubierta, a la Iglesia de Roma. La aplicación de códigos basados en cifras (que alguna vez fueron muy usados por los baconianos) a la obra de Shakespeare nunca ha logrado recuperarse del todo del golpe que le asestó la revelación espuria, que dos criptógrafos profesionales hicieron en 1957, acerca del mensaje oculto que estaba contenido en Julio César en el sentido de que “Theodore Roosevelt es el verdadero autor de esta obra pero yo, Bacon, se la robé y me atribuyo el mérito”. Tanto Asquith como Wilson prefieren emplear nebulosas lecturas alegóricas o (en el caso de Asquith) un conjunto de palabras escritas en “clave” (“hermoso”, “oscuro”, “elevado”, “bajo”, “tempestad”, “ruiseñor”, “fénix”, “sombra”, “sustancia”, etcétera), que supuestamente les comunicaban a los fieles católicos, que formaban parte del auditorio del teatro, otro drama subterráneo (que con frecuencia no concordaba en absoluto con la trama que se representaba, de manera más directa por no decir interesante, sobre el escenario) y que, en su mayor parte, sólo ellos pueden discernir. (La cantidad exacta de los católicos receptivos, que podrían haber entendido el código y que podrían haber formado parte de los tres mil espectadores que llenaban el teatro Globe, es un tema que ni ella ni Wilson quieren abordar.) Los problemas que estos dos libros generan son múltiples y, en el caso del de Asquith, casi “derrumban las palizadas y los fuertes de la razón” (como dijo de Hamlet).

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“Sonety” de Shakespeare 

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A pesar de que Asquith incluye Secret Shakespeare de Wilson en su bibliografía, ella nunca cita esta obra en su propio libro. Quizá esto se deba a que estos dos autores tienden a proponer significados y códigos católicos distintos, y muchas veces opuestos, dentro de los textos que analizan. Por ejemplo, en El mercader de Venecia, Wilson identifica la casa de Porcia en Belmont con la familia recusante de los Montague, sugiriendo que existe una alusión al apellido así como a una de las propiedades que poseían. En su opinión, Belmont es una gran casa recusante donde “la piedad... redime el carácter mercenario del mercado protestante” de Venecia y Porcia, siendo el epítome del “catolicismo matriarcal”, preside en privado los ritos y fiestas de la iglesia romana, a la vez que les ofrece un refugio seguro a sus correligionarios. Por otro lado, al estudiar la misma obra, Asquith se las ingenia para identificar a Porcia con Isabel, la reina protestante asediada por pretendientes que representan a la iglesia católica (el príncipe de Aragón), a la Europa protestante (el “moreno” príncipe de Marruecos) y a sus leales súbditos ingleses (Bassanio), quienes están en deuda (como Bassanio lo está con Antonio) con la vieja identidad católica del país. En su interpretación, el vengativo Shylock se convierte en un puritano representativo bastante inverosímil.

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Asquith es muy ingeniosa y trabaja su alegoría con gran detalle, argumentando que estas “sombras chinescas” no sólo le habrían resultado evidentes a Isabel (quien se habría reconocido en el papel de Porcia y también habría advertido la súplica que se le hacía a favor de la tolerancia religiosa), sino también para algunos de los poderosos protestantes del auditorio, quizá alguno de los Cecil hacia quienes Asquith parece albergar una animosidad casi personal. (La autora cree que Shakespeare representó de manera explícita a Robert Cecil en el papel de Ricardo III.) De allí surgió lo que ella describe como el lamentable periodo de cuatro años de “apostasía” que le fue impuesto a Shakespeare después de El mercader de Venecia, durante el cual se vio obligado a abandonar o moderar sus “llamados elegantemente cifrados”, antes de volver a hacerlos con un giro diferente en Julio César.

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Es probable que la mayor parte de los lectores consideren que estas elaboradas alegorías, “descubiertas” en todas las obras de teatro, son poco convincentes, por no decir que carecen de consistencia interna. Edmund Spenser, el consumado alegorista, al presentar a Archimago en el Libro I de The faerie queene como un ermitaño ataviado de negro que juguetea con un rosario, garantizó que todas sus acciones subsiguientes en el poema se interpretaran como las de un católico estafador aliado con los poderes del mal. Por el contrario, Asquith rara vez puede hacer que todas sus interpretaciones alegóricas encajen en una obra de teatro completa, mucho menos hacer justicia a los intrincados recovecos de los personajes o incluso de las tramas de Shakespeare. Ella claramente distorsiona muchas de las cosas que constituyen una parte vívida de la experiencia de cualquier espectador o lector. También se ve obligada a ignorar por entero la difícil obra El rey Juan, con su intrigante enviado papal y su envenenador frailesco, y a hacer la absurda afirmación de que, a pesar de su postura en el Primer Folio, Enrique VIII, una obra igualmente incómoda, le fue atribuida a Shakespeare sólo a resultas de una conspiración protestante con la que estuvo coludido el verdadero autor... el despreciable y servil John Fletcher. Ni siquiera Wilson llega a esos extremos... aunque ciertamente esconde ambas obras bajo el tapete tan rápido como puede.

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El enfoque de Asquith se asemeja al clásico dibujo del conejo y el pato de Wittgenstein. Cuando uno analiza las obras de teatro, puede optar por ver el conejo católico, que a ella tanto le interesa, o el pato que resulta bastante más interesante y exigente... esto es, los personajes y sus acciones que Shakespeare nos presenta. Lo que uno no puede hacer, como en el caso del dibujo, es percibirlos al mismo tiempo, ya sea en el teatro o en la página impresa. Y esto es muy importante. Aun en el caso de Venus y Adonis de Shakespeare, un poema que, por una vez, Wilson y Asquith están de acuerdo en descodificar como la opresión de la Reina Isabel sobre el joven conde de Southampton, la gran esperanza de la resistencia católica en Inglaterra, el verso en sí echa por tierra los esfuerzos más decididos por conservar dicha idea en mente mientras que, al mismo tiempo, responde al erotismo cuidadosamente perfilado en el callejón sin salida que surge entre una fuerza irresistible (la diosa del Amor) y Adonis, el inmutable objeto de su deseo frustrado y claramente sexual.

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Además, la obra de Asquith contiene numerosas imprecisiones e interpretaciones erróneas de los textos de Shakespeare. Que en La comedia de las equivocaciones los ciudadanos de Éfeso confundan al nativo Antífolo con su gemelo de Siracusa es algo totalmente comprensible. Que Asquith haga lo mismo, hundiendo la trama en el caos, no lo es. En Los dos hidalgos de Verona, Valentín no ofrece “compartir” a Silvia con su amigo Proteo cuando le anuncia “todo lo que fue mío en Silvia, te lo concedo”, una idea absurda que se reitera a lo largo del libro. Él simplemente renuncia por completo a su derecho sobre ella. Tan sólo en la página 297, Asquith se refiere a Alonso, el personaje de La tempestad, como “Alfonso”, lo describe como el duque de Nápoles y no como el rey, compara el traje de cortesano de Gonzalo, que parece recién teñido por el agua salada, con “vestuario de actores”, inventando así un símil inexistente, y malinterpreta la descripción que hace Próspero de la bruja Sycorax (que, como era de suponerse, es otra caricatura de la Reina Isabel), quien llega a la isla “encinta”, pero dando a entender que ella ya tenía al pequeño Calibán retozando a su alrededor (no importa que a éste se le describa más adelante en la obra como “el hijo que ella parió aquí”). En cuanto a los distintos términos en clave de Asquith (“hermoso” / “elevado” que implica católico, “oscuro” / “bajo” que significa protestante y todo lo demás), ella los señala en el texto cuando se ajustan a su teoría y los ignora cuando no es así o, peor aún, cuando Shakespeare los aplica de una forma que entra en franca oposición con el esquema alegórico de la autora.

Shakespeare joven  

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La indignada pregunta que Hamlet le hace a su madre, “¿Es posible que aquel collado espléndido dejaras para pacer en valle cenagoso?”, tal vez puede forzarse para darle una identidad católica al viejo Hamlet, como supone el código hermoso/elevado, en comparación con la identidad protestante, oscura/baja, de su malévolo hermano menor. Pero entonces, ¿cómo interpretar la descripción que hace Horacio en el Acto I de la oscura y entrecana barba (“gris plateada”) que hace que el fantasma del viejo Hamlet sea uno mismo con el hombre que él era en vida? Asquith no hace ningún comentario al respecto. La obra Shadowplay está influida por el compromiso claramente personal y apasionado de su autora a favor de la fe católica. Asquith es emprendedora e imaginativa y a uno le gustaría que llevara dichas cualidades, así como el esmero de una gran parte de su investigación histórica, a algún estudio, que resultaría más apropiado, sobre el poeta y mártir Robert Southwell o quizá sobre sir Thomas More. Sin embargo, su libro sobre Shakespeare sencillamente no sirve.

John Updike ha observado que la mayor parte de las biografías “son en realidad novelas con índices”. Me parece que esto es especialmente cierto acerca de las vidas de Shakespeare. Aunque la obra Shakespeare: The biography de Peter Ackroyd, cuyo subtítulo es bastante arrogante, tiene arranques de fantasía menos extremos que la de Asquith, también irrumpe en el campo de la ficción. Así pues, “podemos imaginar que [Shakespeare] fue un niño peculiarmente competitivo” y “que sin duda se aburría con facilidad”. Al convertirse en un hombre, parece que era “dado a la lujuria, pero quisquilloso en otros sentidos”, algo que, dice el libro, “por una curiosa casualidad concuerda bien con el conjunto de las imágenes de las obras de teatro, donde existen numerosas referencias a la obscenidad, pero también muestras de susceptibilidad a los espectáculos u olores desagradables”. Y así sucesivamente, ad infinitum. Gracias a un método que con frecuencia nos recuerda la obra Shakespeare's imagery and what it tells us que Caroline Spurgeon escribió en 1935, Ackroyd saquea las obras de teatro en busca de “pruebas” sobre la propia personalidad de Shakespeare, sobre sus gustos y aversiones particulares. El autor también es propenso a hacer declaraciones totalmente infundadas sobre los procesos creativos de Shakespeare, afirmando que no sólo éste puso “una partícula de sí mismo en todos sus personajes” sino que, en cada una de sus obras, existe un personaje que él tenía intenciones de personificar sobre el escenario. El libro es demasiado largo, repetitivo y está escrito con una prosa férvida que cansa pronto. También está lleno de juicios estéticos de lo más dudosos, como cuando Ackroyd descarta Medida por medida (junto con Bien está todo lo que acaba bien) como “un ejercicio abortivo de tipo cómico... Un oscuro pensamiento alzó el vuelo en un valle oscuro que, al quedar totalmente explorado, resultó ser yermo y aburrido. Nada más”. O como cuando logra reducir El rey Lear a una “meditación” sobre los males que acarrea la división de un reino.

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Después de todo, es un gran alivio dejar a Wilson, Asquith y Ackroyd para acercarse a la obra de James Shapiro, A year in the life of William Shakespeare: 1599. La última oración del epílogo de este estudio, consistentemente informativo e inteligente, aclara cuál es la postura biográfica de su autor: “Quizá más que ningún escritor que haya vivido antes o después de él, Shakespeare tuvo en su mano las llaves que abrieron el corazón y la mente de los demás, aun si él mantuvo un candado sobre sí mismo”. Con admirable reserva, Shapiro se dispone a hacer la crónica de los acontecimientos públicos de 1599 (las noticias más importantes) sin hacer especulaciones indebidas sobre la reacción de Shakespeare ante ellos. Se conforma con mostrar “el conjunto del año, su forma y presión” (adaptando las palabras de Hamlet a los actores) y con situar a Shakespeare ante sucesos como la muerte de Edmund Spenser, el desmantelamiento clandestino del viejo teatro de Shoreditch y su renacimiento como el Bankside Globe, la triste campaña de Essex en Irlanda, los rumores sobre una “Armada invisible”, que pusieron en estado de alerta máxima tanto a las autoridades como al público en general, y la publicación de The passionate pilgrim y la arriesgada obra de John Hayward, History of the life and reign of King Henry IV. Conforme Shapiro va avanzando, desde finales de 1598 al otoño de 1599, logra tejer con gran habilidad un informe sobre la evolución y los logros artísticos de Shakespeare durante esos meses, pero sin hacer otra cosa que sugerir la forma en que las dos trayectorias pueden haber llegado a influir en la conciencia del dramaturgo.

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No obstante, este libro arroja mucha luz sobre las obras y el hombre que las escribió. Shapiro es particularmente bueno en su detallado informe sobre la forma en que las vigas del teatro Shoreditch fueron salvadas y almacenadas (y no, como con frecuencia se afirma, transportadas por barco a través del Támesis) y explica con exactitud qué trabajo de carpintería y qué condiciones climáticas se requerían para volver a usarlas en el Globe. Narra la campaña en Irlanda de una forma vívida (y terriblemente) actual para el lector, como debió serlo para Shakespeare y sus contemporáneos, y por primera vez (que yo sepa) ofrece un informe detallado y preciso de lo que Shakespeare habría visto en las distintas habitaciones que debía atravesar en Whitehall cada vez que él y su compañía de actores se presentaban en la corte. A veces, Shapiro también se deja llevar por el hecho de haber enfocado su objeto de estudio en el año de 1599 y en las obras que Shakespeare redactó entonces (Julio César, Enrique V, A vuestro gusto y el primer borrador de Hamlet) y denigra aquéllas que escribió inmediatamente después; por ejemplo Noche de epifanía, supuestamente “llena de fórmulas” y “menos lograda” o bien Troilo y Cressida, que considera “demasiado deshilvanada y demasiado amarga”. Quizá esto sea comprensible; ciertamente no menoscaba el valor del libro, considerado como un todo.

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Las obras de Shakespeare en peliculas 

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Al optar por escribir lo que en realidad es la biografía de un año así como de Shakespeare, Shapiro ha logrado sortear con destreza las trampas en los que tristemente tienden a caer las demás vidas, recientes, de Shakespeare. En este sentido, el análisis que ofrece David Ellis en su obra That man Shakespeare: Icon of modern culture resulta maravillosamente útil y oportuno. Nada puede rivalizar con Shakespeares's lives, la magnífica y monumental obra de Samuel Schoenbaum, una ingeniosa y exhaustiva relación de todos los intentos biográficos que se escribieron desde el principio, que fue publicada inicialmente en 1970 y después se actualizó para tomar en cuenta la década de los ochenta en una edición revisada. No obstante Schoenbaum murió en 1996. Sólo podemos imaginar lo que habría pensado de la avalancha de la última década. Sin embargo, cuando en el último capítulo Ellis termina de hacer una antología de los pasajes (ficticios y reales) que han ayudado a construir la imagen de Shakespeare a lo largo de los siglos y aborda “los métodos que deben usar aquellos que se sienten obligados a elaborar nuevas biografías sin contar con información nueva”, el autor hace gala de astucia y perspicacia.

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Sugiere que hay seis estrategias básicas de que han echado mano la mayor parte de los biógrafos de Shakespeare de nuestra época. Las enumera como sigue: 1) “el argumento de la ausencia” que significa que, allí donde hay un silencio, como las pruebas que confirmen el catolicismo de Shakespeare, debió ser necesario el sigilo, lo cual sirve de confirmación; 2) “el cuidado del lenguaje”: el uso de lo que llama “palabras equívocas” como “quizá”, “si”, “probablemente”, “podría”, “puede”, sirve para ocultar que, en realidad, no tenemos la certeza de lo que decimos; 3) el uso de las obras de teatro para revelar elementos precisos de la vida y forma de pensar de Shakespeare; 4) el uso de los sonetos con este mismo propósito; 5) la transferencia del peso de la responsabilidad a las circunstancias históricas que, en apariencia, aclaran cómo era la vida íntima del escritor; y 6) “el argumento que se origina en la proximidad o bien la unión de los puntos”, que significa desplegar lo que sabemos acerca del maestro que tuvo Shakespeare en Stratford o acerca de sus parientes y conocidos, para hacer rendir la escasa o nula información que realmente ha quedado confirmada acerca del dramaturgo. Ninguna de las biografías que se han analizado en esta reseña se publicó a tiempo para que Ellis pudiera examinarla. Sin embargo y excepto por la de Shapiro, todas utilizan por lo menos uno, y más bien varios, de los recursos que Ellis menciona.

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Al contemplar el flujo aparentemente interminable de las nuevas biografías de Shakespeare que se han publicado durante los últimos diez años, es difícil no sentir que debería imponerse una moratoria al respecto (de la que se excluiría la improbable aparición de cualquier dato nuevo). Quizá todavía haya que escribir un libro que nos explique por qué siguen proliferando (y vendiéndose) las vidas de Shakespeare, además de hacer una investigación seria sobre el factor psicológico que subyace a todos los intentos que siguen haciéndose por demostrar que él sólo era el testaferro del verdadero autor, ya sea que se trate de Marlowe, Edward de Vere, Bacon, Sir Henry Neville o Mary Sidney. Mientras tanto, resulta tentador darle otra interpretación al maravilloso cuento de Borges, “Everything and nothing”. En este cuento, un Shakespeare atormentado por el hecho de que nunca ha poseído carácter ni personalidad propios, a la vez que ha dotado de ambos a tantos personajes ficticios, se queja con Dios. Y la voz de Dios le contesta, salida del torbellino: “Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie”. En un sentido ligeramente distinto, los biógrafos de Shakespeare también han logrado crear un hombre que es “muchos y a la vez ninguno”.

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Barton. Catedrática del Trinity College de Cambridge. Autora de Essays, Mainly Shakespearean y de una versión anotada del Don Juan de Byron.

© The New York Review of Books , 11 de mayo de 2006

A consultar:

http://es.wikipedia.org/wiki/William_Shakespeare

http://www.booksfactory.com/writers/shakespeare_es.htm

http://www.proverbia.net/citasautor.asp?autor=915  

Ilustración: Lutz Baches

http://www.lutz-backes.com/Karikaturen/karikaturen.html

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Juan SOLÍS

Juan SOLÍS

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La Getty salva acervo Siqueiros

Por Juan SOLÍS 

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Con apoyo de la fundación de EU se organiza el archivo de fotos, documentos, filmes y libros; mantuvo correspondencia amorosa con su esposa Angélica Arenal, ideológica con Neruda y solidaria con los presos que lo acompañaron en alguna de sus estancias en la cárcel.  

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A la menor provocación, David Alfaro Siqueiros dejaba el pincel y tomaba la pluma. No obstante su peculiar caligrafía y su mala ortografía, se daba a la tarea de escribir lo mismo apuntes sobre notas periodísticas que alegatos jurídicos, o cartas.

Le apasionaba el género epistolar. Mantuvo correspondencia amorosa con su esposa Angélica Arenal, ideológica con Neruda y solidaria con los presos que lo acompañaron en alguna de sus estancias en la cárcel.

Cuando la letra ya rayaba en lo abstracto, tomaba la pesada Remington para mejorar la transmisión de sus ideas. El objetivo era dejar testimonios escritos que al paso de los años fueron integrando la columna vertebral de un gran archivo, que incluye filmaciones, registros sonoros, fotografías y libros, además de documentos.  

Desde 1974 el Fondo Documental David Alfaro Siqueiros se encuentra ubicado en la casa que habitó y que donó al pueblo de México como Casa de Arte Público. En algún momento fue saqueado y posteriormente abandonado. En la actualidad se encuentra en buenas condiciones de conservación, pero desorganizado.

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Nuestra imagen actual", 1942

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Gracias a un apoyo de la Fundación J. Paul Getty, a principios de este año inició un proyecto de organización y descripción de los documentos. El objetivo es que para 2008 no sólo se encuentre ordenado y hayan mejorado sus condiciones, sino que además sea posible consultarlo en una base de datos.

En 2004, la Sala de Arte Público Siqueiros, con la asesoría de Martha Ochoa del Centro de Estudios sobre la Universidad, solicitó un apoyo económico a la Fundación Getty, que fue otorgado a finales del año pasado con la condición de que el proyecto se realizara en etapas.

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En febrero inició el trabajo, coordinado por Horacio Muñoz y un equipo en el que participan Dabayane Amaro, Nadine Vera, Valentina de Santiago, Eduardo Cabrera y Alberto Verjovsky. Muñoz cuenta que el proyecto está dividido en tres etapas. El primer año servirá para hacer un conteo general y un estudio de los documentos que hay. De ahí generarán un cuadro clasificatorio del acervo, una cronología de Siqueiros, y finalmente una guía del archivo.

En la segunda etapa se llevará a cabo la reorganización física de los documentos y su conservación preventiva. La última etapa consta de la creación de una base de datos para la consulta del archivo. El 15 de diciembre culmina la primera etapa, que contó con un apoyo de 44 mil dólares, y tendrán que entregar un informe de avances a la fundación, la cual a su vez determinará la pertinencia del presupuesto solicitado para la segunda etapa, el cual asciende a 200 mil dólares. En total, el proyecto tendría un costo aproximado a los 350 mil dólares.

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La marcia dell'umanità [particolare], 1966, Cuernavaca. 

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 Los cinco fondos

El archivo está dividido en cinco acervos: el documental, el fotográfico, el cinematográfico, el sonoro y el bibliográfico.

El documental es el menos investigado y estudiado, cuenta con más de 7 mil 400 expedientes (cada uno con varios documentos), los cuales si se colocaran uno tras otro formarían una fila de más de 25 metros. Está formado fundamentalmente por mecanoescritos, manuscritos y recortes de prensa, referidos en su mayor parte a su labor artística y a su pensamiento político.

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"El periodo que Siqueiros estuvo en la cárcel, de 1960 a 1964, nos da la impresión de que es el origen del archivo -dice Dabayane Amaro-. Hay cosas centradas alrededor de este tema, aunque hay documentos que constatan que en 1936, antes de irse a la Guerra Civil española, ya Siqueiros estaba pensando en hacer un archivo."

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Articulo: http://www2.eluniversal.com.mx/ 

A leer:

http://www.museoblaisten.com/spanish.asp?myURL=%2F02asp%2Fspanish%2FartistDetailSpanish%2Easp&myVars=artistId%3D124

http://www.epdlp.com/pintor.php?id=183

http://es.wikipedia.org/wiki/David_Alfaro_Siqueiros

http://www.museobellasartes.artte.com/home/gal_expos.asp?cve_galeria=4&cve_expo=27 

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Adriana GOÑI GODOY

Adriana GOÑI GODOY

Adriana GOÑI GODOY adrianagoni@tie.cl   

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Recital poético Mapuche:

Musica, poemas y cuentos mapuche…  

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Dia: Jueves 19 de octubre 2006

Horas: 18:00 hrs

Lugar: Campus Sn Joaquin PUC

Entrada libre

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Nicolás HIDROGO NAVARRO/CONGLOMERADO CULTURAL

Nicolás HIDROGO NAVARRO/CONGLOMERADO CULTURAL

 

EL COMENTARIO CRÍTICO 

POETAS O LOS ESPÍRITUS ATORMENTADOS

Por Nicolás Hidrogo Navarro   @: hacedor1968@hotmail.com  

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La condición de poeta se gana, se perfila, se construye verso a verso, locura a locura, decepción a  decepción, en soledad y angustia existencial. Dirías que la suma de las adversidades es lo que hace que se amalgame y se cueza un poeta. Que un poema no cuaje ni se celebre la primera vez; que un renuente colega de la generación anterior te diga que como poeta eres buen cocinero; que un libro demore diez o más años para salir; que vendas sólo un ejemplar el mismo día de la presentación; que encuentres sólo incomprensiones entre los críticos; que la prensa no te dedique ni un centímetro cuadrado al día siguiente de tu primera parición literaria; que al día siguiente de la noche en que te hicieron sentir dios, los perversos y falsos aplausos, sientas ser un pobre diablo que camina muy temprano por las calles de tu ciudad y nadie te reconozca; que tu musa inspiradora ni siquiera se dé por enterada que escribes en nombre de ella, todo eso, todo, todo, es la suma indicadora que algo va bien para ti, poeta. Al poeta no le puede ir bien, pues eso sería su fatalidad y acabose; debe irte mal en todo: amor, dinero, salud, comida, familia; siempre te debe faltar todo o casi todo, porque cuando lo tengas en demasía ese día debe empezar a apagarse tu inspiración y el torrente tórrido de tus versos se trocarán en témpanos de hielo. 

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En esta atmósfera de fatalismo, de sinos antagónicos, se macera un poeta, a la sombra aciaga de los infortunios, donde cada guadañazo le rasga el alma y le arrebata un poema tristísimo o una rapsodia de amor fatal. Es que los mejores poemas han salido sin pujos, ni rompederos de cabezas, ni diccionarios, ni bibliotecas inspiradoras, ni borroneados anagrámicos, han brotado raudos después de la millonésima reiterada frustración, después de darte cuenta que eres un pobre insecto que a nadie importa nada; después de comprobarse que eres un mísero mendigo de amor, dinero, comida, trabajo y una reclamada atención a tu oficio, al vecino de enfrente o a la vecina del costado, que de seguro no sabe que escribes. 

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Dices en tus poemas sentir/dar amor; pero sólo recibes indiferencia y decepción de tu invisible, platónic@ amad@ y nunca por ti tocad@; te esfuerzas en cantar la belleza aurífera de la mañana, y sólo te refugias en la penumbra triste de la noche; construyes edificios líricos de cristal y sólo vives en un cuchitril desolado; demuestras riqueza lexical y sólo posees bolsillo vacíos que bailan una tristeza tropical. Tus poemas huelen a campanas multicolores; pero tus días son noches y tus noches pesadillas y tus pesadillas tragedias griegas de nunca acabar; dices ser erótico y sensual, pero sólo eres un reprimido que alcanzas el orgasmo sexual en soledad y con ausencia de todos. 

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Todos los adjetivos briosos que viertes en tus versos retornan en un negativo bumerang y si dices belleza eres esperpento; laboriosidad, eres el ocio perfecto; ternura, eres defección; felicidad, eres amargura; amar, eres llanto triste; muchedumbre, eres soledad en la esquina baldía con tu pucho y tu dolor arrastrando. 

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Poeta del silencio y del cuarto vacío, poeta de los intentos y fracasos, poeta de la melancolía y de las causas perdidas, poeta de la frustración, poeta de la hoguera, poeta de la tristeza, poeta de la soledad y de la angustia, poeta de la rebeldía y de la nada, así quizá debas de epitafiarte, poeta, poeta, poeta, piedra rodante que saliste del anonimato por las palabras y sólo heredaste ellas y serás recordado por ellas.  

Lambayeque, octubre 16 de 2006        

Nicolás Hidrogo Navarro

Coordinador General Conglomerado Cultural –Lambayeque-Perú   

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COMENTARIOS DE LOS TEXTOS LEÌDOS 

A) Alex Miguel Castillo (Gen. 2000) 

La prosa de Castillo es sosegadamente trágica, melancólica y de diálogos. Conjuga el espacio físico exterior, natural, con el espacio emocional del hombre, su destino y su adiós. En “Hasta el fin” se cuece una historia con trágico rumor, con un declive que va acompañando del detrimento de la salud con el suave evocar de los momentos felices. Hay una devoción por el acaso y una clara redención del que en vida quiso hacer todo y a la hora nona todo queda olvidado. La muerte, el olvido y el arrepentir, fusionan en este cuento un melodrama que nos recuerda a la vida misma. Cierto fatalismo existencial ronda el escenario literario del cuento y hace más tenebroso el drama de al dicotomía vida/muerte, del que todos nos corremos y más cerca de nosotros está.   

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B)  Nicolás Hidrogo Navarro (Gen. 90) 

En “Morir en Puerto Tamboropa” se fusiona el recuerdo melancólico de una realidad contrastada antes  34 años después. Una gran pictografismo descriptivo presentan a los personajes casi fantasmales de una ciudad que junto a sus habitantes ofrecen feroz resistencia contra el tiempo, el olvido y la propia muerte. Tamborapa es descrita como una paria náufraga en la que bulle un enrarecido ambiente de monotonía, abandono y soledad. En él caben los recuerdos y los olvidos, el rito suicida y el amor a la añoranza y el pueblo se enerva chúcaramente como una selva virgen que no alcanzó a civilizarse y no disfrutó del desarrollo de los pueblos vecinos. Se entremezcla en una sutil denuncia social y un viejo sentimiento humano al regresar al lugar añorado. En el cuento se fusiona técnicas narrativas usadas con la intención de crear atmósferas subterfugios y hacer que la propia realidad supere la ficción.   

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COMENTARIO  DEL LIBRO 

“LIMA O EL LARGO CAMINO DE LA DESESPERACIÓN”

Por: Nicolás Hidrogo 

Carlos Oliva es un poeta gris de mirada y actuar torvo, de verso firme y pintura negra. Por su obra, representa y sintetiza al poeta marginal y la poesía rimbaudina de los acobardados y amariconados años 90.  

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En un país sudamericano, descompuesto políticamente, y, anómico socialmente; de una Lima, putrefacta, atiborrada de bares, pintas, botaderos, moscas y fumaderos, trocaderos y combis piratas, es obvio que un toreador tozudo –como lo fue él´- debió plantarle el banderillazo de su estigma final, enumerando todos sus vicios y problemas epocales. 

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Oliva, se configura como un poeta urbano, de snobismo estrófico y de experimentalista estilo, que construye a través de sus poemas, cuadros mal olientes del seudodesarrollo. Adormilados e incapaces de encender el grito en la hoguera, la gente literaria de los 90, se refugió en la autodestrucción y en el rito permanente de llamar la atención con escandalosas actitudes; un malditismo casi tan benigno como insultarse asimismo, porque no puede hacerlo hacia los demás.         

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En Lima o el largo camino de la desesperación fluyen las aguas servidas para mezclarse con la luz del fácil lupanar de la esquina. El poder visual de los poemas radica en la alucinada vida de su autor, desparatarrada, irreverente, rebelde, donde se conjugan todos los vicios personales y colectivos, sumados a su carácter de impotencia y evasión. Carlos Oliva, tiene la peregrina virtud de lanzar alaridos poéticos con un desenfado muy propio de los guerreros que van a la guerra sabiendo que no regresarán más, pero que, por su actos, vuelven cada día entre su gente a estar.         

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Quizá la vida de Carlos Oliva no sea de aceptación pedagógica –díscola, subvertida, soliviantada, licenciosa-; pero, su poesía representa una crónica a tajo abierto de los 90 –diría un grafitti o un brochazo radicaloide en una polvorienta pared de la universidad de la vida-, que delinea perfectamente la idiosincrasia y la continuidad de poeta y poesía transgresora. En un país y época de los grandes desencantos, en una sociedad en permanente putrefacción social-educativa y urbanística, es lógico que Oliva no le iba a cantar a las florecillas y pajarillos multicolores inexistentes en la Vía Expresa, en una ciudad del smock, bullicio, orín,  vértigo, basurales, lumpen, pirañitas y la pandilla: él fue su cantor enunciador y –garcilasamente- su noble cronista urbano.  

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BASE: CUENTOS COMENTADOS

TEXTO Nº 01

De «LAS NOCHES DE MI ALBA» de Alex Miguel Castillo 

Hasta el fin

El cielo estaba nublado, era una noche triste, el reloj de la iglesia daba nueve campanadas; a esta hora sólo algunas personas paseaban por las calles principales de Muchán. A dos cuadras y media de la placita, se ubicaba una casa construida con ladrillo. Éste era el hogar de don Juan, amable anciano de cincuenta años; hace días que estaba muy enfermo. Esta noche se encontraba solo en su cama abrigado con una frazada, muchos recuerdos venían a su mente, recuerdos de sus años mozos, recuerdos que le traen alegría y nostalgia.  

-¿hay alguien en casa? – se oye una voz de mujer llamando a la puerta 

-adelante está sin cerrojo – se oyen los pasos acercándose al cuarto del viejo 

-hola Juan ¿cómo te sientes? 

-¿María? ¿María Luz? ¿En verdad eres tú? 

-sí Juan, he venido a verte 

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María Luz había sido la novia del viejo hace muchos años, siempre paseaban juntos por las calles de Muchán. Era tan común verlos juntos que parecían tórtolos enamorados en medio de la plaza. 

Pero cierto día, Juan se embriagó en compañía de unos amigos como nunca antes lo había hecho y como producto de la borrachera entró en una casa que no era la suya he hizo destrozos. A consecuencia de esto lo detuvieron y obligaron a prestar servicio militar. Después de dos años de servicio en la sierra Juan regresó a Muchán; pero una gran decepción apagó su alegría: María Luz, la mujer que amaba, se había comprometido hace tres meses y había dejado el pueblo.  

Ahora ella estaba ahí, se había enterado por medio de una prima sobre la enfermedad de Juan.  

-bueno pues ya me ves aquí estoy – dijo Juan – bebiendo de a pocos el trago amargo de la muerte…pero no tengo miedo, al contrario, por fin saldré de esta soledad. 

El viejo no había vuelto a enamorarse y nunca se casó; en su corazón sólo existía el recuerdo de María Luz. 

-no digas eso, tú siempre has sido fuerte; te recuperarás 

-¿y para qué? Si hace ya muchos años que perdí las ganas de vivir, desde tu ausencia – dijo el viejo. 

-creo que será mejor que me vaya 

-¡no! por favor no te vayas, disculpa si te incomodo con mis palabras…pero dime tú ¿acaso nunca volviste a pensar en mí? 

-claro que sí, yo nunca te olvidé, pero no quiero hablar de eso. Ahora debo irme – dijo María Luz.  

Dos lágrimas bajaron por las mejillas del viejo y en ese preciso momento un fuerte dolor le oprimió el pecho. 

-¿qué te sucede Juan? – preguntó María Luz desesperada 

-no es nada, no es nada; pero quédate, quédate por favor mi amor; si voy a morir quiero tenerte en mis ojos, con tu calor a mi lado 

María Luz al escuchar esto, cogió de las manos a Juan y lloró; lloró también. 

-siempre fuiste mi chiquita linda, te llevaré en mi corazón a donde vaya – María Luz lo abrazó y después de darle un beso en los labios; Juan murió.  

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TEXTO Nº 02

«MORIR EN PUERTO TAMBORAPA» de/y por Nicolás Hidrogo Navarro  

El Chinchipe esta mañana se ha desbordado hasta el pescuezo del pueblo de Tamborapa, aruñándole sus desdentadas estructuras solariegas y arrastrándole como a párvulo unas treinta y tres brazas en zig-zag río abajo. El agua achocolatada y aterida, embravecida, casi humana y sádica, llegó hasta el centenario árbol de la única calle triste, enana y silenciada por el olvido del tiempo. Dos niños náufragos y solitarios, ensimismados y enmudecidos, inermes de todo temor, inconscientes de su realidad, juegan haciendo puntería con una cerbatana chipiba, sobre el añoso tronco de la única, diminuta  placita solitaria y triste de la selva peruana.

Se mire desde lo alto del cerro de los Cartagena o desde la banda de los Chamaya, la impresión que el Chinchipe se ha atragantado con medio pueblo es evidente, pero eso no lo saben ellos, ni se han dado cuenta desde hace tres décadas en que la pista llegó, impredecible como las lluvias matutinas, y se creyó que todo cambiaría. Ni Radio Marañón ni Radioprogramas ni emisora ni señal alguna se asoma al éter tamborapeño: la presencia aurífera de las aguas, anula toda recepción por el espectro electromagnético.

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Tamborapa es una isla  paria y errante en medio de la selva, pero conectada umbilicalmente por una pista y civilización alrededor. Cuando se mata una vaca su carne disecada abastece al pueblo durante un año. La gente consume el tiempo mirando los carros fugaces y veloces pasar, las olas del río y ver salir uno a uno los ciento un  cocos que produce la única cocotera a ochocientos kilómetros a  la redonda. La única bodega que existe es la de la octogenaria Doña Rosita Chamaya, alojada tercamente en medio del cerro, abastecida de dos tongos de chancaca, una cabeza rala de guineo, dos paquetes de sal yodada, cuatro kilos de manteca de marrano viejo media fanega de café tostado, dos bollos colorinches de lana de ovejo merino y temerariamente aún se ofertan dos botellas de gaseosa Pepsi de 1976.

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Tamborapa no tiene aeropuerto, ni supermercados, ni peluquerías, ni pollerías, ni municipalidad, ni televisión, teléfono, ni correo donde depositar o recibir una carta,  librería, escuelas,  energía eléctrica, radio o libro alguno, sólo un río gruñón, un puente caduco, una cocotera barbada, una ruinosa iglesia sin párroco desde hace una década en que el agua se lo llevó con todo hábito, cruz y Biblia y gente,  gente que vive sonámbula y extraviada en el tiempo. El único diario que llegó por última vez hace treinta y siete años atrás, fue por puro accidente de un pasajero distraído que iba a San Ignacio: sólo allí se dieron cuenta que la civilización existía y que Tamborapa era más que su río, su cerro, su puente y su placita.

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Allí el tiempo ha soltado su ancla ciclópea, herrumbrosa y hasta las mismas piedras, papeles, residuos de plátano, no se han movido durante más de treinta y siete años seguidos, siguen inermes, ¡cloc-cloc!, pasa rauda y asustadiza una gallina colorada hasta de los huesos, que debe ser casi vigesenaria por lo oxidado de sus alas y el color destronchado de sus plumas, pico mocho, cabeza rapada: debe haber soportado las descargas de lluvias de mayo a julio de más de trece primaveras, estoica, impertérrita. Siete casas antiguas, las primeras de ese pueblo casual, de adobe gigante, se resisten a caer de cuajo por el tiempo: la iglesia no soportó los embates de la ventisca vespertina de casi cien años sin parar y se vino abajo como mazamorra recién esta mañana, justo ante mis narices de capturador de nostalgias, reminiscencias y melancolías.

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La plaza es rectángula, polvorienta, famélica y da la vuelta en L para perderse en el infinito aserpentado de la carrera a San Ignacio. Dos asbestos más vetustos que el propio pueblo, la sostienen con sus infinitas e intrincadas raíces para no dejarse mordisquear corriente abajo. Dos pavos huérfanos de infinita tristeza rascan por millonésima vez y ciernen el polvo de la plaza buscando algo de comida.

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De Norte a Sur se ve una plaza desnuda de ochenta y dos pasos, silente con siete casas solariegas pendientes de un hilo, dos árboles coposos donde dormitan las ardillas, hurones, moscardones y un sinfín de insectos rastreros, una bajada accidentada conecta y proyecta al río saturado de chopes, cadillos, pajarobobos, caña brava y tunas espinosas. A un costado, de la única esquina triangular del pueblo, una miríada de moscas famélicas, apenas se sostienen en vuelo, revolotean emocionadas ante un grillo agónico que se ha quedado muerto en su sueño.

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De Sur a Norte un cocotero centenario y barbudo, probablemente caiga esta misma tarde, se balancea achacosamente, lanza alaridos silenciosos. Hay un casi acostumbrado retumbar de hojas que hace que las tripas crujan como en una batalla de serpientes. Un viento caliente empuja a esta hora de la tarde los pensamientos hacia el barranco del azar que hace crispar las puertas de la mente.

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De Este a Oeste, se ve un ángulo muerto, dos ramas caídas, techos de calamina oxidada, dos cerdos agringados con piel pulposa y estructura huesuda osan y amantequillan los adobes secos de la fachada azul del pueblo.

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De Oeste a Este, fotográficamente, las casas siguen acochambrándose, doña Jomara, la casi bicentenaria que inició la fundación de Tambopara, camina renga renga juntando leños para el fogón de su cena de esa noche oscura, larga e inmensa, su rostro enjuto revela sus vivaces ojos de vívido gris de juventud: dos lágrimas caen en cámara lenta, ella se quedó varada entre su indiferencia y resignación de abuela regañona.De arriba abajo se ve un jardín en miniatura, microscópico, garabateado de chinescas, abandonado y petrificado con arbustos devorados por una gigantesca anaconda con fauces espumosas: es Tamborapa, aéreamente, una calvicie de selva en medio del barranco de la vida, de la nada, acaso un jardín sin jardinero, acaso una selva fantasmal que no tuvo quien la descubriera.

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A no menos de cincuenta metros se siente el rumrum metálico de las aguas del Chinchipe que acosa día y noche a su viejo puente carcomiendo sus despostilladas estructuras encementadas.Todos los que iniciaron la fatal e ingenua aventura de afincarse en este pueblo han muerto físicamente o espiritualmente, se han quedado petrificados y deambulan sonámbulos, idos, quedos entre el marasmo de la tarde y el polvo atragantador del tiempo.

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Childre, el último y único hijo de los suicidas,  había llegado en un ritual místico, de promesa, a bañarse en las mismas aguas subversivas y cobrizas del Chinchipe, por el famoso oro de los peñascos gigantescos río arriba, setenta y cuatro años atrás donde muriera el dueño de Peluquería Okey y su propio padre. Llegó con Merymey, la pelito corto y nariz aleonada, estudiante de Ingeniería Química de la UNPRG. Tamborapa era para ellos un pueblo fantasma y por su calle fácilmente uno podía andar desnudo en pleno día y nadie se percataría de ello.

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Miraron al río que les hablaba con un tronar de piedras embravecidas y vieron nítidamente la figura del padre y el abuelo muertos allí por pura decisión propia, por puro placer de morir arrastrados por las aguas hasta el mismísimo Amazonas.

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Está atardeciendo lentamente y apagándose el incendio heliográfico y estoy escribiendo atropelladamente estas impresiones y últimas cosas porque más tarde me toca morir, debo cumplir un rito, mi padre murió hace treinta y siete años, en este mismo día, en este mismo lugar y a esta misma hora: es quince de junio, son las cinco y cuarenta y tres de la tarde y a lo lejos se ven los últimos rayos sangrientos del sol tachonando las peñas junto al puente y las piedras amarmoladas del río. Tiento con el pie izquierdo la temperatura fresca y nerviosa, el agua me da sobre el hombro, ingreso con todo ropa, la corriente inteligentemente trepa por entre mis pómulos, las olas mordisquean embravecidas por entre mis orejas, mis pulmones están obturándose de esa agua ferrosa que suele haber aquí en el Chinchipe, siento que el cielo azul se va derritiendo y despintando hasta tornarse en un puño marrón, la corriente tramonta por entre mis sentidos hasta producirme una sorda conmoción somnífera, el peso de mi cuerpo es superior a la gravedad terrestre y a la densidad y bravura de las aguas, tres peñones a la vista, dos más elude mi cuerpo, pero en el tercero mi cráneo recibe un feroz golpe de lucha libre…..el agua cubre mi retina y la invalida, contracciones espasmódicas, río abajo se ven ramas y árboles multicolores que toman feroz huída, dos gallinazos patrullan la zona con sus ojos oblicuos … mi cuerpo laxo…todo es negro y caótico… desoxigenado… quietud, se acaba la lucha…un cuerpo, mi cuerpo va flácido…sube y baja, se atraca entre matorrales ribereños y troncos muertos, marrones, da vuelta de campana, raudamente tramonta al Recodo del Diablo, nadie lo ve en las aguas amarillentas y nocturnas y sigue hasta el infinito… 

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Gonzalo MILLÁN

Gonzalo MILLÁN

Gonzalo Millán: "No necesitamos macondos, basta con Quillota"
Matías Sánchez 

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Autorretrato de Memoria es el manifiesto de un poeta urbano que quiere saldar una deuda con el Santiago de su infancia; el de la ribera norte del Mapocho, regado de manicomios, cementerios inmigrantes, mestizos. Gonzalo Millán defiende la ciudad y sobre todo su lado B como fuente de inspiración y como escenario creativo. "El gran desafío para los narradores y poetas es fabular esa realidad", dice. Matías Sánchez   

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—¿Por qué vagabundeaba tanto de niño? 

—Yo vengo de una familia disfuncional de clase media y mis vagabundeos eran para salir de un entorno hogareño claustrofóbico. Las familias disfuncionales son más corrientes de lo que uno piensa. Yo creo que hasta la Sagrada Familia era disfuncional.  

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—¿Qué problema tenían ustedes? 

—No quiero entrar en detalles porque es materia prima que después se reelabora. Pero era disfuncional por la enfermedad materna, que en ese momento era llamada enfermedad de los nervios o neurosis. Yo creo que para una mujer inteligente, sensible y capaz, ser confinada al rol de dueña de casa y madre, produce enajenación y frustraciones graves. Esa era la situación. Así que mis fugas estaban justificadas. Además, siempre me ha interesado el nomadismo. El libre desplazamiento es una nostalgia siempre presente en mí y creo que también en toda una generación. 

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—También la política lo separó de su familia. 

—Yo y un par de primos que fuimos izquierdistas somos las ovejas negras o rojas de una familia que, en general, era de derecha, conservadora y pinochetista..y con antepasados héroes. Varios de mis antepasados fueron próceres militares, con algunos héroes como Eleuterio Ramírez. Pero eso de recobrar y lucir el linaje no me gusta. En un poema yo digo que arranco de mi familia de héroes y tumbas porque no me interesa ser el continuador de una tradición heroica que es la coartada de un proyecto político conservador. 

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—¿En qué lugares vagaba de niño? 

—El barrio Recoleta, la Chimba, Avenida Perú. Todo ese sector lo tengo marcado de forma indeleble. Esa zona siempre fue un espacio alternativo al centro y a lo oficial. Era la ribera norte del Mapocho, donde se instalaron los mestizos, los indios, los artesanos, los cementerios, los manicomios, el mercado, la Vega, este bazar oriental que es Patronato. Es el lado B de Santiago. 

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—Parece un sitio raro para un niño. 

—Por eso me atrajo. Yo soy del 47 y mi generación es la última que creció sin televisión. Los juegos eran otros. Como en ese barrio había muchas familias de origen sirio, libanés y palestino, que eran mis compañeros de colegio, jugábamos a las Cruzadas. Los que tenían apellido “turco” eran los moros. Y ellos tomaban el papel de los grandes héroes islámicos guiados por Saladino. Nosotros éramos los cruzados que seguían a Ricardo Corazón de León. 

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—Y estudiaba con los Dominicos, la orden de la Inquisición. 

—Los dominicos se llamaban a sí mismos los perros de Dios. Pero aún así eran buena onda, bastante inofensivos, salvo en lo ideológico. Para ellos, todo era blanco y negro, sin síntesis. Me acuerdo que se vivía una especie de régimen falangista, como en la España de Franco: desfiles, revistas de gimnasia masiva, todos uniformados, saltando entre aros de fuego, etc. 

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—Teillier dice que su alma vive en las raíces del bosque. ¿Dónde vive la suya? 

—Me considero algo taoísta y la naturaleza me gusta mucho. Pero la naturaleza no es sólo el sur de Chile o los oasis del desierto. Mi naturaleza es la del valle de Santiago y de la zona central de Chile. 

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—En narrativa chilena se ve muy poco a Santiago. Aparecen mucho más París o Buenos Aires y sus barrios. ¿Por qué? 

—Santiago es una ciudad muy poco alabada por la narrativa y por la tradición poética. Muchos poetas eran de provincia y rechazaban esta ciudad porque era y es el poder. Neruda incluso habla del odio a Santiago. Yo, en cambio, creo que uno tiene que hacer odas también, no solo elegías. No se trata de ser criollista, pero sí de que nuestros paisajes aparezcan en la ficción, en nuestra imaginación, que tengan un lugar en nuestros corazones. No inventemos otro pueblo imaginario para nuestras novelas, no necesitamos más Macondos, basta con Quillota. ¿Por qué no Quillota? Yo creo que nuestra historia es muy rica en historias y esas historias esperan. Hay un gran desafío para los narradores y poetas de fabular esa realidad. 

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—¿Eso intenta hacer con su autobiografía? 

—Cuando uno tiene la perspectiva del joven—adulto piensa que la vida perdura por sí sola, que los demás recuerdan lo mismo que uno, que la memoria colectiva es fuerte. Pero la actitud chilena hacia el pasado es de una desmemoria tremenda y trágica. Es como si hubiéramos elegido la afasia, la mente blanqueada o una suerte de lavado de cerebro, para tener menos problemas y acometer el presente productivo y consumista con mayor facilidad. Creo que esta falta de atención a las raíces y tradiciones locales cumple con objetivos muy interesados. Si alguien dice que en un sitio histórico va a construir un condominio, un mall, a muchos les parece bueno. En Chile hay una profanación constante, se cometen sacrilegios todos los días. Uno piensa que es la ignorancia, la torpeza, el salvajismo, el que hace eso. Yo soy más suspicaz y pienso que eso se hace por razones políticas y económicas. Mientras menos memoria tenga la gente, más pueden hacer y deshacer en todo lo que signifique dinero.¿Cómo relaciona la memoria y la identidad con su defensa del nomadismo? Para tener una visión nómada de la realidad y de la vida es fundamental tener un centro y una raíz. No se trata de flotar como plancton por el mundo. Es fundamental saber quién es uno, de dónde viene y adónde pertenece. Autorretrato. es una afirmación de eso. Yo he viajado bastante, me gusta la errancia, vagar, conocer, y a veces Chile se me vuelve claustrofóbico, pero por otro lado quería afirmar que soy santiaguino a mucha honra, y no sólo eso sino también me interesa mucho rescatar esas subidentidades capitalinas que son los barrios. ¿Qué soy yo?, soy santiaguino pero también soy de la Chimba, de la ribera norte y también soy ñuñoíno. Yo estudié en el Liceo Lastarria, entonces Providencia también es un territorio mitológico para mí. Todas esas experiencias son las que permiten que uno vague por el mundo, porque uno sabe de dónde es, uno tiene ancla, contacto a tierra.—A su amigo Roberto Bolaño le criticaron mucho que su literatura era poco chilena. 

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—A su amigo Roberto Bolaño le criticaron mucho que su literatura era poco  chilena. 

—Conocí a Roberto Bolaño durante mi primera visita a España en 1977. Ese día conversamos y trabamos amistad. Me molestan las opiniones que dicen que Bolaño no tiene qué ver con Chile, que es poco chileno, que es un extranjero. Eso es injusto e inaceptable, pues Bolaño era hijo de exiliados, se crió en otro Chile. Yo me identifico mucho con los de su generación, pues debieron hacerse solos, en países que no eran el suyo. Como dice la canción de Makiza, son hijos de la rosa de los vientos. Ellos residieron en otros países, pero siempre fueron muy leales con Chile.

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—¿Qué pasa con la cultura en Chile? ¿Qué espera del próximo gobierno?  

—Para contestarte, pondría un solo ejemplo de omisión o ausencia cultural flagrante. ¿Cómo es posible que uno de los orgullos intelectuales y artísticos más grandes de Chile sea su poesía, y que, sin embargo, no haya ninguna revista importante de poesía? Con los medios que existen, es posible hacer una publicación señera en Latinoamérica. Esto asombra a muchos poetas de Latinoamérica: nuestra extraordinaria tradición y la miseria material y el desdén por su patrimonio. Una vez fui a un encuentro de revistas literarias en Brasil y tuve que hacer un panorama de lo que ocurría en Chile. Resulta que en el siglo XIX Chile era extraordinario: publicamos las revistas literarias más importantes del continente, donde escribía Andrés Bello y grandes intelectuales latinoamericanos. El siglo XX, en cambio, es un páramo. Ahora que estamos en el siglo XXI, hay que ver si vamos a dejar eso abandonado de nuevo.  

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Gonzalo Millán nació en el año 1947. Ha ganado importantes premios entre lo que destacan el Premio Pedro de Oña (1967) y el Pablo Neruda (1987). Entre sus libros publicados: Relación Personal (1968), La ciudad (1979), Vida (1984), Virus (1984), Pseudónimos de la muerte (1984), Trece lunas (1997). 

Entrevista: http://virginia-vidal.com/publicados/cronicas/article_290.shtml   

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ELEGIA AL POETA GONZALO MILLÁN

Por Jaime SEREY 

Fui un expatriado que todos buscaron

Y que todos se preguntaron

¿ donde estará cenando ?

Después de tanto anos... después de muchos siglos...

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Viví en mi selva, en mis castigos y en mis latigazos.

El vino rojo no me hizo falta en mi mesa

Me lleno el caliz de mis venas humanas.

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Adiós, expatriados de este mundo feliz y sacrificado

Lleno de penas, mascaras hipócritas y enemigas,

Que yo logre vencer a consta de mis tristezas y mis poesías...

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Adiós, Espantapájaros de mis trigales arrasados por el fuego de la artillería.

Vagabundos de mis metrópolis, ángeles y soldados desconocidos

Heridos y muertos por los juegos electronicos de la violencia.

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Boxeadores, perros de peleas y caballos de carreras.

Calaveras del bien y del mal y viceversa

Que jugaron a la tombola con las mentiras y las verdades.

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Ciudadanos del mundo de las ilusiones… ¡ gracias!

Por no escuchar las frases de los falsos ídolos.

Oid ahora mis cantos que nacen desde las tumbas reconditas.

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Vestirme de joven galán ya no me sirve de nada

A estas alturas cuando ya comienzo ha ver menos

Lejos y ha frotarme las manos que se avejentan,

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Como si muchos gusanos quisieran poner su embrión,

Imponer su ley y su ecosistema.

En esta edad miserable que es el pago de las vidas...

De las materias que se deterioran como la sangre inútil

Que se desangra corriendo a borbotones por los escombros,

Las ciudades destruidas, nubladas por el humo negro infernal

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De  las guerras internacionales.

En esta edad maldita donde yo cavilo y reflexiono

Que no llegare a ninguna solucion concreta.

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En este siclo donde el alma siente un miedo

De enfrentarse a la muerte total

Ajustado vestido como un difunto obediente.

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Ahora que no consigo tener las mismas fuerzas,

Las mismas energías o la misma voluntad del Minotauro.

Arcaico animal, fiero semental de la mitología griega.

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¿Que valor tienen unas gotas de sangre joven?

¿Que precios tendrán un par de células regeneradoras?

Voy como un paquidermo paso a paso lento

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Visitando los mercados de la eternidad repletos de maniquíes

Sofisticados con las modas juveniles de las vitrinas

Con la boca haciéndoseme agua de manantial.

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El cuervo que fue mi enemigo implacable

Ahora es mi amigo ilustre.

Edgar Allan Poe, si termino sus tragicos dias ebrios

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Yo, termino mis días trabajando las horas

Más inútiles de mi muerte observando  las Orquideas.

Es difícil llegar ha comprender que es el tiempo, que finiquita… 

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Gonzalo MILLÁN

Gonzalo MILLÁN

MURIO POETA GONZALO MILLÁN   

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SANTIAGO DE CHILE, El poeta Gonzalo Millán, ganador del primer premio Pablo Neruda 1987 y uno de los más destacados miembros de la Generación del 60, murió en su casa aquejado de cáncer y sus restos serán cremados en el Cementerio General de Santiago. Autor de La Ciudad (1979) y Trece Lunas (1997), entre otras obras, Millán estaba en plena producción literaria y había ganado el Premio Altazor de los Críticos Literarios y del Consejo del Libro por su obra Autorretrato de Memoria (2005).

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Millán nació en Santiago en 1947 y tras el golpe militar de Augusto Pinochet en 1973 vivió en exilio en Canadá, donde a fines de los 70 fundó la editorial Cordillera y obtuvo un Master of Arts en literatura hispanoamericana, en la Universidad de New Brunswick.

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Según el poeta y premio nacional de literatura Raúl Zurita, "Gonzalo Millán ocupa un lugar central en la poesía chilena y su obra ahora entra a pelear con la eternidad".    
 

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La prensa chilena recordó hoy que el ya fallecido novelista y narrador Roberto Bolaño escribió para la contraportada de "Autorretrato de Memoria" que "la poesía de Gonzalo Millán es una de las más consistentes y lúcidas, ya no sólo en el panorama chileno, sino también latinoamericano".  

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EL NARCISO DEL PALACIO CORSINI

A primera vista es una inicial historiada
una gran letra D, una hebilla alegórica
compuesta por el arco y su flecha,
el amor sin amantes y sin la herida,
la imagen de un rostro embelesado
por las burbujas del estanque de cristal.

Modelo y reflejo están unidos
como en una guirnalda de luz y sombra,
la luz desde arriba contempla
su aurora y su ocaso;
la sombra desde abajo
abandona su oscuridad gracias al ojo.

Conciencia primera contemplándose
fascinada e incierta, desnuda y gozosa.

Unión del hombre con su reflejo,
de la mente con su mismo cuerpo.
Belleza que despierta amor,
reunión del hombre y la naturaleza
gracias a un espejo de agua.

Una letra para la ilustración
de algunas ideas platónicas
teatralizada de acuerdo a un gesto clásico:
El Spinario, antigua estatua griega
de un niño sacándose una espina del pie.

Una letra exquisita embellecida
para cegarse con su propia admiración,
el Andrógino mismo, Mister y Miss Abime.
  

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A leer:

http://www.letras.s5.com/archivomillan.htm

http://www.memoriachilena.cl/mchilena01/temas/index.asp?id_ut=laciudad

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