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Revista Literaria AZUL@RTE

SILSH

SILSH

 

Silsh, porteña enamorada de Buenos Aires y del Río de la Plata, que desde los cuatro años juega a armar palabras. Incansable "laburante" que quiere seguir resistiendo en su complicado país y que alimenta su costado sensible a través de la escritura para poder vivir y darle sonido a su voz interior. Adicta al "pucho" y al "mate" además de ser una apasionada por la lectura y la música que, de curiosa, se recibió de Lic. en Publicidad dejando inconcluso su antiguo amor por la bioquímica.Ha publicado su libro de poemas "Descalza y con sombrero" (Letramundi-Argentina) en el 2004. 

E-mail : silsh@arnet.com.ar 

Sitio Web : http://silsh.webcindario.com/      

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ANTICANCERÍGENO  

Explorar bajo la piel de la memoria

limpiarnos de silencio

ejercitar pandemia de coraje

- es sabido -   

provoca malestar / crea anti-cuerpos. 

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Sintomáticamente

se inflama alguna célula.

Degenera en pezuñas

se relame

se eriza

se masturba el tumor

dispuesto a eyacular

con su proyecto.

Induce a la erupción

se fagocita

a ese cuerpo-testigo

de la historia.

Delatora metástasis 

babea

cuando asoma su blanco

en el colmillo.

Con urgencia

habrá que socorrer 

a la VERDAD

por todos los reductos.

Aglutinarnos hasta abrir

la trama que supure

señales 

                  del ausente.

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Luciano DIAZ

Luciano DIAZ

 

Luciano P. Díaz, es poeta, prosista y editor. Sus poemarios incluyen Las Estaciones De Un Tren Fantástico/The Stops Of A Phantom Train (Ottawa: Girol Books, 1990) y The Thin Man And Me (Ottawa: Split Quotation, 1994). También ha editado Symbiosis: An Intercultural Anthology Of Poetry (Ottawa: Girol Books, 1992) y Symbiosis In Prose: An Anthology Of Short Fiction (Ottawa: Split Quotation, 1995). En el otoño de 1995 fue editor invitado de la revista ARC, una de las publicaciones mas importantes para la poesía en Canadá, en una edición completa dedicada a la poesía chileno-canadiense. Dirige junto con Jorge Etchverry la revista Alter Vox. En la actualidad prepara su próximo libro Nómadas a publicarse posiblemente este año en un formato bilingüe (Español - Inglés).. 

E-mail :lucdiaz@rogers.com 

Paginas web:

http://www.letras.s5.com/archivolucianodiaz.htm 

http://www.escritores.cl/suplementos/canada/luciano1.htm 

http://www.poesia-sexo-marihuana.com/diaz_entrevistas_fragmento.html 

http://www.eldorado-boreal.ca/Latinoamericanosencanada.htm 

Abyección

Un monaguillo corre con la campanilla.

No es un niño vestido de blanco

es un truhán de sombra negra. 

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Como sea, quiere ser ordenado cura

y tener su propia iglesia

en su bolsillo esconde un puñal. 

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Acólito de ninguna congregación

con voz grave llama a misa

sus amigos feligreses corren al llamado

aparenta simpatía, algunos de sus iguales le creen

el cilicio es un aura en su cerebro. 

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En las reuniones del pub, donde existe una hermosa entropía

no se siente a gusto ni representado

pero igual participa.

Aunque dueño de un dejo atrabiliario

allí no puede tocar su instrumento (la campanilla digo) 

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Observa, gesticula y manipula

murmura, solivianta y empuja

lleva su claque y arma barullo

luego se retira con los suyos. 

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Al otro día nuevamente suena la campanilla.

Dice servir a otros, pero detrás de eso se vislumbra otro fin, brilla el puñal. 

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Aunque exista la poesía y su simbiosis

el monaguillo es un abyecto Judas.

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Ilustración : Siegfried Woldhek - http://www.woldhek.nl/

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Orhan PAMUK

Orhan PAMUK

  

Novelista a caballo entre la descripción poética y el thriller psicológico, intelectual polémico que no tiene reparos en descubrir ante el mundo la historia prohibida de su cultura, el escritor turco Orhan Pamuk (1952) recibió el jueves pasado el Premio Nobel de Literatura. Como un acercamiento a este autor, ofrecemos a nuestros lectores, con autorización de Random House Mondadori, las páginas iniciales de su nuevo libro, Estambul, así como un ensayo de Carlos Martínez Assad que aborda las tensiones ocultas en una obra que se ha convertido en punto de confluencia entre dos mundos.  

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Estambul

por Orhan Pamuk 

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En mi infancia y primera juventud existía un fuerte nacionalismo turco que pretendía que el uso de la palabra “Constantinopla” implicaba que no pertenecíamos a esta ciudad, que algún día sus primeros dueños regresarían y nos expulsarían después de quinientos años de ocupación o que, cuando menos, nos convertía en ciudadanos de segunda.

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En los primeros años de la guerra fría, Turquía, miembro de la OTAN, no quería recordar al mundo la conquista de la ciudad (ocurrida en 1453). Sin embargo, en 1955, cuando el gobierno fue incapaz de controlar a las masas que había estando provocando bajo cuerda, fueron saqueados los establecimientos de los rumíes [descendientes de los antiguos bizantinos] y de otras minorías de Estambul. Aquel suceso, en el que se destruyeron iglesias y se mataron sacerdotes, recordó el espectáculo de saqueos y crueldad durante la “caída” de Constantinopla que describen los historiadores occidentales. Los errores de las autoridades turcas y griegas tras la formación de sus estados nacionales, que han tratado a sus minorías como “piezas de intercambio”, han conducido a que el número de rumíes que ha abandonado Estambul en los últimos 50 años sea superior al de los que lo hicieron en los 50 años posteriores a 1453.

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En 1955, después de que los ingleses se retiraran de Chipre y mientras el gobierno griego se preparaba para tomar posesión de la isla entera, un agente de los servicios secretos turcos arrojó una bomba a la casa donde había nacido Atatürk, en Salónica. Cuando Estambul supo de la noticia después de que los periódicos de la ciudad la agigantaran en una edición especial, una muchedumbre hostil a las minorías no musulmanas se reunió en la plaza de Taksim y en primer lugar saqueó y quemó hasta el amanecer los establecimientos de Beyoglu, aquellas tiendas a las que solíamos ir mi madre y yo, y luego de toda la ciudad.

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Se puede decir que las bandas de saqueadores que despertaban el terror por la violencia que desataron en barrios donde la población rumí era numerosa, como Ortaköy, Balikli, Samatya o Fener, se portaron tan despiadadamente como las tropas del sultán Mehmet el Conquistador, si tenemos en cuenta que en algunos lugares asaltaron pequeños colmados de rumíes pobres, que prendieron fuego a sus lecherías, que invadieron sus casas y que violaron a jóvenes rumíes y armenias. Mucho más tarde se supo que para poner en marcha a aquellos asaltantes que aterrorizaron la ciudad durante dos días y que convirtieron Estambul en un sitio más infernal que la peor pesadilla orientalista de los cristianos y los occidentales en general, miembros de ciertas organizaciones apoyadas por el Estado les habían dicho que podían saquear con entera libertad. La mañana siguiente a aquella noche que todos los no musulmanes pasaron con el riesgo de ser linchados, las calles del barrio de Beyoglu y la calle Istiklal aparecieron llenas de objetos que habían pertenecido a las tiendas esquilmadas, a las que habían roto los escaparates y reventado las puertas, cosas que los saqueadores no habían podido llevarse pero que habían destrozado con sumo placer. [...] Aquí y allá podían verse bicicletas, coches volcados o quemados, un piano destrozado, los maniquíes rotos de unos almacenes mirando al cielo después de que los tiraran desde el escaparate a la calle cubierta por las telas y los tanques que por fin habían enviado, aunque fuera tarde, para calmar los ánimos.

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Como de todo aquello se habló largamente en casa durante años, está tan vivo en mi cabeza con todos sus detalles como si yo mismo lo hubiera visto. Mientras las familias cristianas arreglaban sus tiendas y sus casas, de lo que más se hablaba en la mía era de cómo mi tío y mi abuela corrían de una ventana a otra observando inquietos los acontecimientos al tiempo que las agresivas bandas de saqueadores llegaban ante la puerta de nuestro edificio e iban calle arriba calle abajo rompiendo escaparates y lanzando consignas contra los rumíes, los cristianos y los ricos. Como mi hermano había tenido el capricho de comprarse días antes una de las pequeñas banderas de tela que también habían comenzado a venderse en la tienda de Aladino como consecuencia del emergente nacionalismo turco y la había colgado dentro del coche, ni volcaron el Dodge de mi tío ni le rompieron las ventanillas.

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La religión

Hasta los diez años tuve una idea muy clara de Dios: era la imagen venerable de una mujer de rostro impreciso, extremadamente, anciana y vestida con una túnica blanca. Aunque parecía un ser humano, esa imagen, al igual que las demás de mi imaginación, ante mis ojos no estaba tan clara como la de cualquiera que pudiera encontrarme por la calle. Porque se encontraba cabeza abajo y como inclinada a un lado. Cuando se me metía en la cabeza, con un poco de curiosidad y un poco de reverencia por mi parte, las demás imágenes de mi mente retrocedían y ella, como ocurre en algunos anuncios o tráilers, giraba sobre sí misma un par de veces con gran elegancia, se hacía más definida y ascendía entre las nubes, al lugar al que pertenecía. Las arrugas de la túnica estaban muy bien trabajadas, como las de algunas estatuas que había visto en las ilustraciones de los libros de historia. Cuando se me aparecía aquella imagen, cuyos brazos y cuerpo nunca se veían, yo sentía que estaba en presencia de un ser muy poderoso, muy respetable y muy superior, pero no le tenía demasiado miedo. Tampoco recuerdo haberla llamado en mi ayuda nunca ni haberle pedido nada. Porque tenía muy claro que a ella no le importaban los que eran como yo sino los pobres.

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La primera vez que me llevaron a la mezquita me sirvió para confirmar mis prejuicios básicos con respecto a la religión y al islam. No fue una visita oficial: una tarde en que no había nadie en casa, la señora Esma me llevó a la mezquita sin pedirle permiso a nadie, más que por amor al culto, porque se aburría sola. En la mezquita de Tesvikiye un grupo de veinte o treinta personas formado por criados, cocineros y porteros que servían a los ricos de Nissantassý, y propietarios de las pequeñas tiendas de las calles de atrás estaban sentados en las alfombras más en un ambiente de solidaridad y compañerismo que de oración, y esperaban la hora del rezo cotilleando entre susurros. Recuerdo que mientras rezaban yo paseaba entre ellos, que corrí hasta los lugares más recónditos de la mezquita para jugar y que nadie me paró ni me riñó, más bien al contrario, algunos miembros de la comunidad me sonreían dulcemente, como siempre me pasaba en mi infancia. Descubrí de nuevo que la religión era algo de los pobres pero también que, al contrario de lo que se deducía por las caricaturas de los periódicos y por el ambiente republicano de casa, los piadosos eran personas inofensivas.  

Pero por el ambiente despectivo de casa, que a veces se convertía en una furia autoritaria, también podía comprender que, aunque aquella gente fuera buena y pura, existía una contradicción entre su bondad y las cosas en las que creían que dificultaba grandes proyectos como la modernización, la europeización y el desarrollo. No tanto como propietarios de bienes materiales sino como poseedores del derecho a juzgar, ya que éramos “positivistas” y occidentalizados, debíamos oponernos violentamente a que aquellos “ignorantes” se vincularan excesivamente a sus creencias, no solo para defender nuestros intereses sino también los del país. Incluso con mi mente infantil podía comprender que los hirientes comentarios de mi abuela cuando se enteraba de que un electricista que debía estar trabajando se había ido a rezar tenían como blanco, más que el que hubiera dejado la tarea a medias, las tradiciones y los hábitos que impedían el progreso del país.

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Para mí la esencia de la religión es el sentimiento de culpabilidad. Cuando era niño me sentía culpable porque no temía ni creía lo suficiente en la imagen venerable de la mujer vestida de blanco que de vez en cuando se me metía en la cabeza. También me sentía culpable porque me consideraba distinto de los que creían en Ella. El ejemplo más claro de esa ambivalencia de mi familia ante la religión eran las Fiestas del Sacrificio. Como se espera de cualquier musulmán como es debido, cada fiesta del sacrificio comprábamos un carnero, lo atábamos en el pequeño jardín trasero del edificio Pamuk y la mañana de la fiesta venía a casa el carnicero del barrio y lo sacrificaba. Como no me gustaban demasiado las ovejas ni los corderos, no se me partía el corazón con los balidos que lanzaba el carnero en los últimos días de su vida, al contrario que los niños de corazón de oro protagonistas de algunos tebeos. Incluso me alegraba saber que muy pronto nos libraríamos de aquel animal feo, estúpido y maloliente, pero el que por un lado repartiéramos la carne del animal sacrificado entre los pobres y por otro ese mismo día la familia se reuniera y en el almuerzo se bebiera cerveza, prohibida por nuestra religión, y se comiera otra carne comprada en el carnicero porque la recién cortada olía demasiado fuerte, me recordaba que no todo el mundo vivía su espiritualidad a mi manera, en forma de una continua sensación de incomodidad y culpabilidad. Si la esencia religiosa de la idea del sacrificio era matar un animal en lugar de un niño para demostrar la fidelidad a Dios y así librarse de los sentimientos de culpabilidad, nosotros hacíamos justo lo contrario, y comiendo una carne mejor comprada en el carnicero en lugar de la del animal sacrificado, hacíamos algo por lo que tendríamos que habernos sentido culpables por segunda vez.

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Pero yo vivía en una casa en la que se pasaba de puntillas y en silencio por problemas más graves que esas contradicciones e incongruencias espirituales. Las carencias morales, que tan a menudo he visto en las familias estambulíes occidentalizadas, ricas y laicas, se manifestaban sobre todo en esos silencios más que en su desdén por la religión: mientras que se podía hablar de todo lo que se refiriera a temas como las matemáticas, el éxito escolar, el fútbol y las diversiones, en cuanto se mencionaban cuestiones fundamentales como el amor, el cariño, la religión, el sentido de la vida, los celos o el rencor, todo el mundo se encerraba en el ensimismamiento y en una soledad patética, y cuando alguien sufría y quería hablar de esos temas y comunicarse, manoteaba desesperado y nervioso sin decir una palabra, como los sordomudos. Luego se dejaban llevar por alguna melodía de la radio, encendían un cigarrillo y se retiraban en silencio a su mundo interior. Yo también pasé en un silencio parecido ese ayuno que hice por ansias de fe. Tampoco es que sufriera demasiada hambre gracias a que aquel oscuro día de invierno fue breve. De todas formas, mientras comía todas aquellas cosas con huevas, anchoas y mayonesa que me había preparado mi madre, y que tan poco se parecían al tradicional iftar turco de aceitunas y embutidos, dentro de mí sentía un enorme contento y paz espiritual. Era el placer, más que de haber hecho algo por Dios, de haber superado con éxito una prueba a la que había decidido someterme.

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Esa noche, después de haberme atiborrado hasta más no poder, fui corriendo por las frías calles al cine Konak, vi una película de Hollywood olvidándome de todo lo demás y nunca más se me volvió a pasar por la cabeza la idea de ayunar. Pero aquella torpe relación mía con la religión nunca me mantuvo alejado de los temas metafísicos y religiosos. Siempre mantenía en un rincón de mi mente el razonamiento de que si Dios, aunque no pudiera creer en él como a mí me habría gustado, era un ser omnisciente como decían, sería sin duda muy inteligente y entendería por qué yo era incapaz de creer y me perdonaría. Si no convertía mi falta de fe en un desafío, Dios me comprendería, consideraría circunstancias atenuantes el sentimiento de culpabilidad que me provocaba el no poder creer y el sufrimiento de la falta de fe y no le daría demasiada importancia a un niño como yo.

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Lo que yo temía no era a Dios, sino la rabia que sentían los que creían demasiado en Él hacia gente como yo. La estupidez de aquella gente excesivamente pía, cuya inteligencia nunca podría compararse —que Dios me perdone— con la de ese Dios en el que con tanto amor creían, era la segunda razón de mi miedo. Durante años tampoco me abandonó el temor a ser castigado por no ser “como ellos” y ese pensamiento tuvo una influencia más decisiva en que durante mi primera juventud me atrajeran las ideas de izquierdas que todos los libros teóricos que leí.

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Pamuk. Entre sus obras traducidas al español: El libro negro, La vida nueva, Mi nombre es Rojo y Nieve 

Articulo: El Universal.com.mx/Confabulario:

http://estadis.eluniversal.com.mx/cultura/index.html 

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Isla Negra 2/84

Isla Negra 2/84

  

Isla Negra 2/84

Casa de poesía y literaturas

Octubre 2006

Suscripción gratuita. Lanusei, Italia.

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Dirección: Gabriel Impaglione 

Publicación inscripta en el Directorio Mundial de Revistas Literarias UNESCO

impaglioneg@yahoo.es  - http://isla_negra.zoomblog.com 

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Isla Negra

No se vende, ni se compra, ni se alquila, es publicación gratuita que persigue el noble afán de promocionar lo mejor de nuestras literaturas y promover lecturas. 

Isla Negra

Es territorio de todos quienes aman las letras. Isla Negra también es arma cargada de futuro, herramienta de auroras repartidas. Breviario periódico de la Cultura universal. Estante virtual de biblioteca en Casa de Poesía…

Isla Negra

En el directorio Mundial de la Poesía: www.unesco.org/poetry 

 
Gabriel Impaglione - Argentina 

Dònde, Comandante

Dónde, Comandante, en qué foresta

la gota de luz que no se acaba.

Su feroz ternura acechando

la hondura metálica de la noche más negra. 

Dónde, Comandante, dónde

la raiz que zapa en el recóndito

secreto de las sustancias

y empuja como un trencomo cien mil obreros

como cientos de hijos sentados a la mesa

lo más puro del hombre

que se enhebra en el viento. 

Dónde comandante, la adarga que espera,

en qué era de pájaros se atesora el sueño,

después de qué vietnam finalmente el mundo para todos,

dónde y dónde comandante

el hombre más duro empuñando la más dulce guitarra. 

Dónde Comandante

la esencia del gran abrazo de los pueblos

esa gota de luz que no se acaba

que brotó de tu sonrisa,

de constelada boina o de tus manos

nacidas de la sustanciade todos los hombres de la tierra.  

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Pablo Neruda - Chile

Tristeza en la muerte de un Héroe 

Los que vivimos esta historia, esta muerte y resurrección de nuestra esperanza enlutada,

los que escogimos el combate y vimos crecer las banderas, supimos que los más callados

fueron nuestros únicos héroes y que después de las victorias llegaron los vociferantes

llena la boca de jactancia y de proezas salivares. 

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El pueblo movió la cabeza:

y volvió el héroe a su silencio.

Pero el silencio se enlutó hasta ahogarnos en el luto cuando moría en las montañas

el fuego ilustre de Guevara. 

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El comandante terminó asesinado en un barranco.

Nadie dijo esta boca es mía.

Nadie lloró en los pueblos indios.

Nadie subió a los campanarios.

Nadie levantó los fusiles, y cobraron la recompensa aquellos que vino a salvarel comandante asesinado. 

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¿ Qué pasó, medita el contrito, con estos acontecimientos?

Y no se dice la verdad pero se cubre con papel esta desdicha de metal.

Recién se abría el derrotero y cuando llegó la derrota fue como un hacha que cayó

en la cisterna del silencio.

Bolivia volvió a su rencor, a sus oxidados gorilas, a su miseria intransigente,

y como brujos asustados los sargentos de la deshonrra, los generalitos del crimen,

escondieron con eficiencia el cadáver del guerrillero como si el muerto los quemara.

La selva amarga se tragó los movimientos, los caminos, y donde pasaron los piesde la milicia exterminada hoy las lianas aconsejaron una voz verde de raícesy el ciervo salvaje volvió al follaje sin estampidos.

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Mario Benedetti - Tacuarembò-Uruguay- 1920

Hombre preso que mira a su hijo

 al "viejo" hache 

Cuando era como vos me enseñaron los viejos

y también las maestras bondadosas y miopes

que libertad o muerte era una redundancia

a quién se le ocurría en un país

donde los presidentes andaban sin capangas

que la patria o la tumba era otro pleonasmo

ya que la patria funcionaba bien

en las canchas y en los pastoreos 

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realmente botija no sabían un corno

pobrecitos creían que libertad

era tan sólo una palabra aguda

que muerte era tan sólo grave o llana

y cárceles por suerte una palabra esdrújula 

olvidaban poner el acento en el hombre 

la culpa no era exactamente de ellos

sino de otros más duros y siniestros

y éstos sí

cómo nos ensartaron

con la limpia república verbal

cómo idealizaron

la vidurria de vacas y estancieros 

y cómo nos vendieron un ejército

que tomaba su mate en los cuarteles 

uno no siempre hace lo que quiere

uno no siempre puede

por eso estoy aquí

mirándote y echándote

de menos 

por eso es que no puedo despeinarte el jopo

ni ayudarte con la tabla del nueve

ni acribillarte a pelotazos 

vos sabés que tuve que elegir otros juegos

y que los jugué en serio y jugué por ejemplo a los ladrones

y los ladrones eran policías 

y jugué por ejemplo a la escondida

y si te descubrían te mataban

y jugué a la mancha

y era de sangre

botija aunque tengas pocos años

creo que hay que decirte la verdad

para que no la olvides

 por eso no te oculto que me dieron picana

que casi me revientan los riñones 

todas estas llagas hinchazones y heridas

que tus ojos redondos

miran hipnotizados

son durísimos golpes

son botas en la cara

demasiado dolor para que te lo oculte

demasiado suplicio para que se me borre 

pero también es bueno que conozcas

que tu viejo calló

o puteó como un loco

que es una linda forma de callar 

que tu viejo olvidó todos los números

(por eso no podría ayudarte en las tablas)

y por lo tanto todos los teléfonos 

y las calles y el color de los ojos

y los cabellos y las cicatrices

y en qué esquina

en qué bar

qué parada

qué casa 

y acordarse de vos

de tu carita

lo ayudaba a callar

una cosa es morirse de dolor

y otra cosas morirse de vergüenza 

por eso ahora

me podés preguntar

y sobre todo

puedo yo responder 

uno no siempre hace lo que quiere

pero tiene el derecho de no hacer

lo que no quiere 

llorá nomás botija

son macanas

que los hombres no llorana

quí lloramos todos 

gritamos berreamos moqueamos chillamos

maldecimos

porque es mejor llorar que traicionar

porque es mejor llorar que traicionarse

 llorá        pero no olvides     

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Vicente Aleixandre - España, Sevilla-1896-1984

Adolescencia 

Vinieras y te fueras dulcemente, 
de otro camino 
a otro camino. Verte, 
y ya otra vez no verte. 
Pasar por un puente a otro puente. 
—El pie breve, 
la luz vencida alegre—. 

Muchacho que sería yo mirando 
aguas abajo la corriente, 
y en el espejo tu pasaje 
fluir, desvanecerse. 
 
 

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Julio Cortázar - Argentina

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sbe en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.  

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Leonel Rugama - Nicaragua- 1949-1970

La tierra es un satélite de la luna

El Apolo 2 costó más que el Apolo 1
el Apolo 1 costó bastante.

El Apolo 3 costó más que el Apolo 2
el Apolo 2 costó más que el Apolo 1
el Apolo 1 costó bastante.

El Apolo 8 costó un montón, pero no se sintió
porque los astronautas eran protestantes
y desde la luna leyeron la Biblia,
maravillando y alegrando a todos los cristianos
y a la venida el papa Paulo VI les dio la bendición.

El Apolo 9 costó más que todos juntos
junto con el Apolo 1 que costó bastante.
Los bisabuelos de la gente de Acahualinca tenían menos
hambre que los abuelos.
Los bisabuelos se murieron de hambre
Los abuelos de la gente de Acahualinca tenían menos
hambre que los padres.
Los abuelos murieron de hambre.
Los padres de la gente de Acahualinca tenían menos
hambre que los hijos de la gente de allí.
Los padres murieron de hambre.
La gente de Acahualinca tienen menos hambre que los hijos
de la gente de allí.
Los hijos de la gente de Acahualinca no nacen por hambre,
y tienen hambre de nacer, para morirse de hambre.
Bienaventurados los pobres porque de ellos será la luna.
 

Fuente- http://www.elpimentero.blogspot.com/  

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José Agostinho Baptista - Funchal, Portugal- 1948

O Voo e a Música

Poderei,
com esta harpa de cordas tensas, com as pérolas
deste colar de sons e mágoa,
tocar o teu ouvido ou a tua alma,
poderei chegar sem que o vento me anuncie,
mais perto dessa cama que nunca foi o céu ou a
terra ou o mar e onde,
impiedosa,
não se abrisse a tempestade?

É talvez uma asa, um ser aflito,
aquilo que chega ao alpendre e em veloz sombra
inicia a sua viagem,
de norte para sul, para a brisa que arrefece a
cal,
quando em silenciosa migração as tuas aves
partem para sempre
e é mais triste o promontório com o farol que
já não acendes.


Enviado por Amélia Pais

  
Ilustración: The Alcorn Gallery
http://www.alcorngallery.com/ 
 
  

Centenario de Hannah ARENDT

Centenario de Hannah ARENDT

 

Un siglo en pensamientos 

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Defensora de la vida activa frente a la vida contemplativa y de la esfera pública frente a la esfera social, Hannah Arendt fue una ferviente partidaria del republicanismo. Su filosofía política, además, se pregunta por qué caímos en la barbarie del totalitarismo a la vez que busca las condiciones necesarias para una vida en libertad. 

FERNANDO VALLESPÍN  

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Cien años hubiera cumplido hoy Hannah Arendt. Hará ya un siglo desde que viniera al mundo en el seno de una familia judía casi plenamente integrada en la sociedad alemana del momento. Estos dos datos bastan para que cualquiera mínimamente familiarizado con la historia europea del momento pueda proyectar sobre ella todos los dramas del convulso siglo XX. Con la diferencia de que no se limitaría a ser una sufridora pasiva de todos los trágicos acontecimientos que cayeran sobre las personas de su raza y condición. Su inmensa virtud estriba más bien en que siempre tuvo la capacidad de filtrarlos a través del recurso a una extraordinaria capacidad reflexiva; supo extraerlos de su mero carácter de "historia vivida" para desmenuzarlos con el único instrumento del que goza el hombre para obtener el sentido -o el sinsentido- de las cosas: la razón y el juicio. Pocos pensadores nos han ofrecido una reflexión más atenta y original de lo que significó el siglo XX, que en ella aparece sin duda "atrapado en pensamientos". También del poder de la razón y de la filosofía para sobreponerse al destino del mundo y abrirlo a una acción política emancipadora. Su actividad intelectual oscila así entre la necesidad de entender por qué fuimos capaces de caer en la barbarie del totalitarismo y la búsqueda de las condiciones necesarias para una vida en libertad. Como supo decir en una frase lúcida, "el mal puede destruir el mundo, pero profundo y radical sólo puede ser el bien".

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No es de extrañar, por tanto, que ella siempre se considerara más teórica política que filósofa, a pesar de su agitada formación con Heidegger y sus posteriores estudios con Jaspers. Su preferencia existencial por la "vida activa" frente a la "vida contemplativa", que tan gráficamente expresara en La condición humana, dan fe de su pasión por la dimensión ciudadana en el ser humano. Y es la pérdida de esta dimensión también la que para ella explica la caída en la barbarie totalitaria, profusa y minuciosamente explicados en Los orígenes del totalitarismo. Frente a un mundo privatizado en el que la entronización de lo "social" acaba por convertirse en el principio regulador de todas las esferas de la vida, ella eleva la "vida pública" como el único verdadero espacio de la libertad. La identidad del sujeto humano sólo es posible en una contigüidad humana entre iguales y participando discursiva y comunicativamente de las cosas del mundo común. Los valores de la libertad, la pluralidad y la comunicación intersubjetiva se convierte así en los principios reguladores de la auténtica política, una política republicana. A ella le debemos, en efecto, una de las más originales teorías políticas republicanas precursoras de lo que hoy entendemos como republicanismo político, que se condensa en esta extraordinaria declaración de principios: "Nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad pública, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública, y nadie, finalmente, puede ser feliz o libre sin implicarse y formar parte del poder político".

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La imagen de Arendt ha ido creciendo progresivamente desde su muerte en 1975. Cada nueva generación de estudiosos ha ido encontrado en ella alguna pista para orientarse en un mundo en pleno proceso de cambio y cada vez más impenetrable a la reflexión. Puede que ello se deba a la maravillosa ausencia de sistematicidad de su obra. En un gesto poco adecuado a su tiempo, Arendt mostró siempre una enorme desconfianza hacia los sistemas de pensamiento, que para ella se sustentaban sobre una inaceptable simplificación de la realidad. A partir del momento en que una "verdad" se arroga la capacidad de guiar nuestra acción, violentamos las condiciones elementales del espacio político. La supuesta sintonía entre pensamiento y realidad no hace sino erigirse en el sustituto de lo que en última instancia sólo cabe decidir comunicativamente a los ciudadanos. A ciudadanos con plena capacidad de juicio político. O, lo que es lo mismo, con capacidad de trascender nuestra visión de meros espectadores incorporando de forma anticipada la posición de los otros. Su mensaje último es que sólo podemos acceder a la libertad recuperando los presupuestos de una auténtica democracia deliberativa. No es mal mensaje para estos nuevos tiempos difíciles. 

Artículo: http://www.elpais.es/cultura.html 

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Documento de Hannah ARENDT   

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¿Qué es la libertad?

Por Hannah ARENDT

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Las fuertes tendencias antipolíticas de la temprana cristiandad son tan familiares que la idea de que un pensador cristiano haya sido el primero en formular las implicaciones políticas de la antigua noción política de la libertad, nos parece casi paradójica.

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La única explicación que viene a la mente, es que Agustín era romano tanto como cristiano, y que en esta parte de su trabajo formuló la experiencia política central de la Antigüedad romana, que era que, la libertad como comienzo deviene manifiesta en el acto de fundación. Pero estoy convencida de que esta impresión se modificaría considerablemente si lo dicho por Jesús de Nazareth fuera tomado más seriamente en sus implicaciones filosóficas. Encontramos en estas partes del Nuevo Testamento una extraordinaria comprensión de la libertad, y particularmente del poder inherente a la libertad humana; pero la capacidad humana que corresponde a este poder, que —en palabras del Evangelio— es capaz de remover montañas, no es la voluntad sino la fe. El ejercicio de la fe, en realidad su producto, es lo que el Evangelio llama "milagros", una palabra con diversos significados en el Nuevo Testamento, y por lo tanto difícil de comprender. Podemos soslayar aquí las dificultades y referimos únicamente a aquellos pasajes donde los milagros son claramente, no eventos sobrenaturales, sino sólo lo que todos los milagros, aquellos protagonizados ya sea por hombres o por agentes divinos, deben ser siempre interrupciones de alguna serie natural de eventos, o de algún proceso automático, en cuyo contexto se constituyen como lo totalmente inesperado.

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No hay duda de que la vida humana, situada en la Tierra, está rodeada de procesos automáticos —por los procesos naturales de la Tierra, que a su vez, están rodeados de procesos cósmicos, y hasta nosotros mismos somos conducidos por fuerzas similares en tanto somos también parte de la naturaleza orgánica. Más aún, nuestra vida política, a pesar de ser el reino de la acción, también se ubica en el seno de procesos que llamamos históricos y que tienden a convertirse en procesos tan automáticos o naturales como los procesos cósmicos, a pesar de haber sido iniciados por los hombres.

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La verdad es que el automatismo es inherente a todos los procesos, más allá de su origen; ésta es la razón por la cual ningún acto singular, ningún evento singular, puede en algún momento y de una vez para siempre, liberar y salvar al hombre, o a una nación, o a la humanidad. Está en la naturaleza de los procesos automáticos a los que está sujeto el hombre, pero en y contra los cuales puede afirmarse a través de la acción, el que estos procesos sólo pueden significar la ruina para la vida humana. Una vez que los procesos producidos por el hombre, los procesos históricos, se han tornado automáticos, se vuelven no menos fatales que el proceso de la vida natural que conduce a nuestro organismo y que, en sus propios términos, esto es, biológicamente, va del ser al no- ser, desde el nacimiento a la muerte. Las ciencias históricas conocen muy bien esos casos de civilizaciones petrificadas y desesperanzadamente en declinación, donde la perdición parece predestinada como una necesidad biológica; y puesto que tales procesos históricos de estancamiento pueden perdurar y arrastrarse por siglos, éstos llegan incluso a ocupar lejos el espacio más amplio en la historia documentada; los períodos de libertad han sido siempre relativamente cortos en la historia de la humanidad.

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Lo que usualmente permanece intacto en las épocas de petrificación y ruina predestinada es la facultad de la libertad en sí misma, la pura capacidad de comenzar, que anima a inspira todas las actividades humanas y constituye la fuente oculta de la producción de todas las cosas grandes y bellas.

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Pero mientras este origen, permanece oculto, la libertad no es una realidad terrenalmente tangible, esto es, no es política. Es porque el origen de la libertad permanece presente aun cuando la vida política se ha petrificado y la acción política se ha hecho impotente para interrumpir estos procesos automáticos, que la libertad puede ser tan fácilmente confundida con un fenómeno esencialmente no político; en dichas circunstancias, la libertad no es experimentada como un modo de ser con su propia virtud y virtuosidad, sino como un don supremo que sólo el hombre, entre todas las criaturas de la Tierra, parece haber recibido, del cual podemos encontrar rastros y señales en casi todas sus actividades, pero que, sin embargo, se desarrolla plenamente sólo cuando la acción ha creado su propio espacio mundano, donde puede por así decir, salir de su escondite y hacer su aparición.

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Cada acto, visto no desde la perspectiva del agente sino del proceso en cuyo entramado ocurre y cuyo automatismo interrumpe, es un "milagro", esto es, algo inesperado. Si es verdad que la acción y el comenzar son esencialmente lo mismo, se sigue que una capacidad para realizar milagros debe estar asimismo dentro del rango de las facultades humanas. Esto suena más extraño de lo que en realidad es. Está en la naturaleza de cada nuevo comienzo el irrumpir en el mundo como una "infinita improbabilidad", pero es precisamente esto "infinitamente improbable" lo que en realidad constituye el tejido de todo lo que llamamos real. Después de todo, nuestra existencia descansa, por así decir, en una cadena de milagros, el llegar a existir de la Tierra, el desarrollo de la vida orgánica en ella, la evolución de la humanidad a partir de las especies animales.

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Desde el punto de vista de los procesos en el Universo y en la Naturaleza, y sus probabilidades estadísticamente abrumadoras, la aparición de la existencia de la Tierra a partir de los procesos cósmicos, la formación de la vida orgánica a partir de los procesos inorgánicos, la evolución del hombre, finalmente, a partir de los procesos de la vida orgánica, son todas "infinitas improbabilidades", son "milagros" en el lenguaje cotidiano. Es debido a este componente milagroso presente en la realidad que los eventos, sin importar cuan anticipados estén en el miedo o la esperanza, nos impactan con un shock de sorpresa una vez que han sucedido.

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El impacto de un acontecimiento no es nunca completamente explicable, su facultad trasciende en principio toda anticipación. La experiencia que nos dice que los acontecimientos son milagros no es ni arbitraria ni sofisticada es, por el contrario, de lo más natural, en realidad, en la vida cotidiana, es casi un lugar común. Sin esta experiencia corriente, la parte asignada por la religión a los milagros sobrenaturales sería poco menos que incomprensible.

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He elegido el ejemplo de los procesos naturales que son interrumpidos por el advenimiento de una "infinita improbabilidad" con el propósito de ilustrar que lo que llamamos real en la experiencia ordinaria ha en general adquirido su existencia a través de coincidencias más extrañas que la ficción. Por supuesto que este ejemplo tiene sus limitaciones y no puede ser aplicado sin más al dominio de los asuntos humanos. Sería pura superstición esperar milagros, "infinitas improbabilidades", en el contexto de procesos automáticos ya sean históricos o políticos, aunque tampoco esto puede ser nunca completamente excluido. La historia, en oposición a la naturaleza, está llena de acontecimientos; aquí el milagro del accidente y de la "infinita improbabilidad" ocurre tan frecuentemente que incluso parece completamente extraño el hecho de hablar de milagros. Pero la razón de esta frecuencia es meramente que los procesos históricos son creados y constantemente interrumpidos por la iniciativa humana, por el initium que el hombre es, en tanto es un ser que actúa. De aquí que no sea en lo más mínimo supersticioso, es más bien un precepto del realismo buscar lo imprevisible y lo impredecible, el estar preparado para el esperar "milagros" en la esfera política. Y cuanto más esté desequilibrada la balanza en favor del desastre, tanto más milagroso aparecerá el acto realizado en libertad; porque es el desastre y no su salvación, lo que siempre ocurre automáticamente y que por lo tanto siempre debe aparecer como irresistible.

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Objetivamente, esto es, visto desde afuera y sin tener en cuenta que el hombre es un inicio y un iniciador, la posibilidad de que el futuro sea igual al pasado es siempre abrumadora. No tan abrumadora, por cierto, pero casi, como lo era la posibilidad de que ninguna tierra surgiera nunca de los sucesos cósmicos, de que ninguna vida se desarrollara a partir de los procesos inorgánicos y de que ningún hombre emergiera a partir de la evolución de la vida animal. La diferencia decisiva entre las "infinitas improbabilidades", sobre la cual descansa la realidad de nuestra vida en la Tierra, y el carácter milagroso inherente a esos eventos que establece la realidad histórica es que, en el dominio de los asuntos humanos, conocemos al autor de los "milagros". Son los hombres quienes los protagonizan, los hombres quienes por haber recibido el doble don de la libertad y la acción pueden establecer una realidad propia. 

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Articulo:

http://www.creatividadfeminista.org/

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Caricatura de Hannah ARENDT  

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La filósofa enamorada 

Por Luis Fernando MORENO CLAROS 

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Hannah Arendt. Judía y alemana, fue alumna y amante de Heidegger. Pasó por un campo de internamiento en Francia cuando huía de la persecución nazi camino de Estados Unidos. Allí escribiría títulos clásicos de la ciencia política como Los orígenes del totalitarismo o La condición humana. Después de asisitir en Jerusalén al jucio del jerarca de la SS Adolf Eichmann, acuñó un concepto que hoy sigue siendo polémico: la banalidad del mal.  

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Hannah Arendt fue una niña despierta. Hija de una acomodada familia de judíos asimilados, nació en Hannover en 1906, aunque su infancia y adolescencia transcurrieron en Königsberg. Libre de presiones religiosas, descubrió pronto que era "diferente" al ser judía. Su madre, Martha, admiradora de Rosa Luxemburgo e interesada en el feminismo, nunca dejó que se amedrentase por el antisemitismo y le ordenó que si la despreciaban se defendiera. Así lo hizo y logró crecer sin complejos raciales.Pronto amó la literatura, la poesía y el pensamiento. Goethe, Kant y hasta el aprendizaje del griego clásico para leer a Platón constituyeron un primer bagaje intelectual para "comprender el mundo". Decidió estudiar filosofía ("una carrera para morirse de hambre") con absoluta vocación. Eligió la Universidad de Marburgo. Cursó teología con Bultmann y filosofía con Heidegger.

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Hannah Arendt quedó fascinada por este profesor apodado "el mago secreto del pensamiento" merced a su nueva manera de filosofar, renovando la metafísica al interpretar bajo nueva luz los viejos conceptos. Heidegger era extravagante y nada convencional; adusto y esquinado; vestía traje de esquí y bronceado por el sol de las montañas a las que se retiraba para pensar. Hannah era una chica elegante y ebria de saber. Heidegger, casado y con dos niños, tenía fama de seductor; Hans Jonas, estudiante también entonces, cuenta en sus Memorias que la propia H. A. le confesó que el mago "había caído de rodillas ante ella" en su despacho. Iniciaron una relación clandestina que es ya célebre en la historia de la filosofía, y aconteció durante uno de los periodos más creativos de Heidegger, que trabajaba en su libro más señero: Ser y tiempo (1925). El Don Juan filosófico florecía exultante con su musa judía.

Pero Arendt aborrecía aquella clandestinidad y se alejó cuando comprendió que él no renunciaría ni a su familia ni a su carrera. En efecto, Heidegger, dominado en parte por su esposa, Elfriede, llegó a rector de la Universidad de Friburgo el año en que los nazis accedieron al poder y se afilió al Partido, con la ilusión de que los nuevos amos devolverían el orgullo perdido al pueblo alemán y a la filosofía.

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Hannah Arendt abandonó Marburgo para estudiar en Friburgo, con Husserl, y más tarde con Karl Jaspers, en Heidelberg. Con este último, cuya filosofía era distinta de la de Heidegger (centrado más en "el mundo" en vez de en la abstracción de las honduras metafísicas), se doctoró en 1928 con la tesis El concepto del amor en San Agustín. La joven se tomó en serio el análisis del término, el amor al mundo y a la vida, el "nacimiento" y no la muerte (Heidegger) como el principio de todo filosofar.Con escasa convicción se casó con Günther Stern, ex alumno de Heidegger. Hasta 1933 la pareja malvivió de becas, consagrada a sus trabajos intelectuales.

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H. A. investigaba la vida de una intelectual judía de la época de Goethe: Rahel Varnhagen, para escribir su biografía. Se sentía identificada con ella al adquirir conciencia de su propia singularidad como intelectual y judía en un ambiente cultural en el que se sabía desplazada por el clima político. La llegada de los nazis no la sorprendió: "Nuestros enemigos sabíamos de sobra quiénes eran, lo que nos sorprendió fue la reacción de nuestros amigos". El desprecio a los judíos fue general en la sociedad entera y en la universidad. Alemania se transformó en una loba feroz para disidentes y "diferentes", para cuantos se resistieron a la "uniformización", la nivelación absoluta de todos los ciudadanos bajo ese poder estatal que la propia H. A. definiría años más tarde como "totalitario". Hasta entonces "apolítica", escondió en su casa a sionistas y comunistas, hasta que su vida corrió peligro y abandonó la patria hacia el exilio. París la acogió. Allí ayudó a los refugiados, entre ellos a intelectuales como Walter Benjamin, que le confió algunos manuscritos de sus obras antes de suicidarse. El matrimonio con Stern fracasó; al poco tiempo H. A. conoció a Heinrich Blücher, un comunista autodidacta, el segundo "amor de su vida", con quien se casó en 1941. Cuando Francia fue ocupada, se establecieron en Nueva York. Blücher sería durante treinta años el camarada ideal de la pensadora; con él, que pensaba y discutía sus ideas, creó una pequeña "comunidad de pensamiento" que se extendería a círculos más amplios de amigos como Hermann Broch, Auden o Mary McCarthy.

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Los problemas políticos tras la II Guerra Mundial inclinaron a H. A. más que a ser una "filósofa" a convertirse en "pensadora política". Había que cambiar la metafísica por la comprensión del mundo "de aquí". En 1943 se sintió "horrorizada" con las primeras noticias sobre el exterminio judío. Que unos seres humanos puedan liquidar a otros como a ganado, y que estos otros se dejen exterminar debía de tener una explicación. Arendt consagraría el resto de su vida a tratar de explicárselo; también, a plantearse cómo tendrá que actuar un ser moral en un mundo en el que la vida humana es prescindible. ¿Cómo recuperar la confianza en la sociedad civil? De la estupefacción de H. A. ante los crímenes del nazismo, que ella definió por primera vez como "crímenes contra la humanidad", surgió el libro Los orígenes del totalitarismo (1951) y, más tarde, de sus reportajes para The New Yorker sobre el proceso al criminal nazi Adolf Eichmann, el polémico Eichmann en Jerusalén (1963). Por primera vez una pensadora unía nazismo y estalinismo bajo un mismo concepto: "Totalitarismo", que significa la supresión radical por parte del poder de "la política" (la actividad de los ciudadanos libres para interactuar en el mundo) y, con ello, la instauración como derecho de Estado del desprecio absoluto hacia los individuos, poco menos que objetos prescindibles.

Pero H. A. observó también que la maquinaria totalitaria necesita de asesinos semejantes a Eichmann, de seres incapaces de pensar, no malvados en sí, sino "banales", grises y mediocres para funcionar a pleno rendimiento. Estos "funcionarios del mal" son eficaces en la tramitación del exterminio dada su fidelidad al Estado. Los crímenes son horrendos y los criminales, banales, tipos incapaces de pensar, ya que "pensar" implica tener imaginación para ponerse en el lugar del otro. En definitiva, el pensamiento es también cáritas, amor mundi, y entraña un compromiso "moral". Ahora bien, quien piensa debe rebelarse frente a la opresión. Las "víctimas", en la medida en que puedan, tienen que ofrecer resistencia.

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H. A. fue malinterpretada en este sentido por su beligerancia.Periodista e intelectual reconocida en todo el mundo -impartió clases en Berkeley, Princeton y Harvard y fue galardonada con múltiples premios internacionales-, fue conferenciante en Europa. En 1950 perdonó a Heidegger su pasado nacionalsocialista, pues los verdaderos nazis (los asesinos) se habían mofado de su nacionalismo trasnochado. Él no leyó los libros de la alumna, mientras que ésta editó los suyos en Norteamérica. Arendt lo respetó y lo quiso a pesar de todo. Pero ya no hubo entendimiento: optimista, frente al pesimismo heideggeriano, ella creía que los hombres podrían construir desde el diálogo la verdadera polis democrática y con ella un mundo en el que no cupiera más el desprecio al ser humano.

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Antes de su propio final, en diciembre de 1975, H. A. sufrió por la muerte reciente de dos de sus seres más queridos: Jaspers y su marido. Se consolaba pensando que la muerte es el precio que hay que pagar por haber vivido. A ella la alcanzó frente a su máquina de escribir, trabajando en La vida del espíritu. De su vivir y laborar nos dejaba libros tan imprescindibles como Hombres en tiempos de oscuridad, Sobre la revolución o Entre el pasado y el futuro. 

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Artículo: http://www.elpais.es/cultura.html 

A leer:http://www.spaceape.de/hannaharendt/index.php?value=bilder

http://es.wikipedia.org/wiki/Hannah_Arendt

http://www.institutoarendt.com.ar/ 

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Claudio MAGRIS

Claudio MAGRIS

Literatura y veneno
Cuando los escritores destruyen a sus colegas

por Claudio MAGRIS

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Según Brecht, Baudelaire es un poeta pequeño burgués cuyas palabras son como chaquetas usadas que han sido recicladas; mientras que para Tolstoi, las sensaciones evocadas en su lírica no le pueden interesar a ningún hombre sano. Brecht, por otra parte, es definido por Ionesco como un didascálico y estúpido creador de personajes acartonados y por Döblin como un romántico anticuado. Proust es liquidado con un sólo término, “patrañas”, por Beckett, y éste último es etiquetado a su vez como inútil epígono de Maeterlinck por Arno Schmidt. Para Voltaire, Homero es aburrido; y Joyce es un mediocre para Benn, Lawrence, Virginia Woolf, Pound y muchos otros. Nabokov considera una nulidad a Mann, Conrad, Cervantes, Camus, Eliot y Pound; la Divina Comedia, para el expresionista alemán Albert Ehrenstein, es la obra escolar, cerebral, pesada y sádica de un poeta musical, pero monótono. La lista podría seguir hasta donde se quiera.

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Los poetas insultan a los poetas —como dice el título de una antología de tales injurias compilada en alemán por Joerg Drews— con una ferocidad que difícilmente se verifica en las rivalidades rabiosamente existentes, como es obvio, también en otros campos, desde el político hasta el empresarial y el comercial. Los juicios de muchos grandes artistas sobre sus colegas revelan una singular obtusidad de juicio o una pálida y pueril envidia, incapaz de controlarse o de enmascararse. El artículo de Drews —pero no sólo este— muestra el escenario literario (y en general el artístico) como una arena de mezquindades y de rencores que parece exaltar a la enésima potencia las mezquindades y los rencores, la falta de amor, de generosidad y de liberalidad existentes en todo consorcio humano: en la familia, en la oficina, en el mercado y en el partido político. Este mezquino y faccioso desconocimiento del otro —que con tanta frecuencia le tuerce de envidia la boca a escritores que incluso, en otras circunstancias, han proferido grandes palabras de humanidad— a veces se justifica con la necesidad, para un artista, de afirmar su visión y representación del mundo negando aquellas, diversas o antitéticas, que podrían contraponerse a la suya, metiéndola en dificultades o por lo menos en discusión. Una gran obra clásica y armoniosa puede poner en crisis al autor de una gran obra fragmentaria y secular, poner en duda su legitimidad y, por lo tanto, empujarlo a rechazar sectariamente esa obra clásica, así como también puede suceder lo contrario. En tal caso, el juicio es descabellado, pero su unilateralidad se mueve desde un sufrimiento, desde una exigencia creativa, que no lo justifican pero lo explican y le confieren una humana dignidad. Conrad o Hamsun obviamente se equivocaron en censurar a Dostoievski y a Ibsen, pero se puede entender por qué tuvieron necesidad de hacerlo.

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Sin embargo, todavía es más frecuente que estos vilipendios endogámicos, internos a la corporación, revelen un origen menos noble: un narcisismo exasperado, una pretensión celosa por ser el único dios creador que se pueda adorar, y una penosa inseguridad, que advierte todo homenaje que se le rinde a otro como un hurto y un atentado a la propia necesidad de ser amado y aceptado. En este sentido, los consumidores de arte —lectores, escuchas, espectadores— son mucho más libres y generosos (más poéticos que los productores de las obras que ellos aman y admiran, porque, en su sano politeísmo artístico, saben muy bien que amar a Mozart no significa quitarle nada a Beethoven y que se pueden y se deben amar a la vez a Brecht y a Baudelaire, a Proust y a Beckett. Como en la casa del Padre, según el proverbio de la Escritura, también en la casa del arte —de todo arte— existen muchas moradas y es lícito frecuentarlas y habitarlas todas sin agraviar a ninguna. Pero el poeta, que por una parte es mensajero y portador tan alto de humanidad, de poesía, a menudo parece someterse al más innoble de los vicios, la envidia: envidia que, a diferencia de los otros pecados capitales, no es el desorden de un impulso per se bueno (como la lujuria lo es del amor y del sexo o la soberbia del respeto a sí mismos), sino es per se completa y únicamente mal y negación, disgusto ante la visión de una alegría de los otros que no nos quita nada y debería alegrar a todos, porque la existencia de Ana Karenina es un enriquecimiento incluso para quien escribió Los Buddenbrook o El proceso. ¿El poeta, no como hombre que acaso se equivoca aunque siempre con magnanimidad, como lo quiere la retórica corriente, sino más bien como pecador mezquino, miserable y envidioso; ya no como sensual trasgresor o prometeico rebelde?

Los premios literarios, con sus batallas al interior de la rosa de los premiados, procrean odios y bajezas que al compararlas, las pugnas políticas y económicas, incluso las criminales, muestran un espesor más peligroso pero más digno de respeto. El narcisismo de los artistas se revela a menudo inhumano y mísero, como bien lo sabía Thomas Mann; no es casualidad que, entre los hijos de los grandes, los más infelices y lesionados en su propia persona sean los hijos de muchos artistas, evidentemente descuidados por sus padres no por meras exigencias de trabajo (como en el caso de los políticos, de los empresarios o de los marineros, siempre en viaje y poco en casa, pero no por esto poco afectuosos con su familia) sino por un frecuente y sustancial desinterés afectivo de los padres dedicados a las Musas. La intolerancia del artista —incluso aclamado—, ante las alabanzas que se le rinden a un colega suyo, revela cómo el artista está, a la par y acaso más que otros, obsesionado por el mecanismo de la competencia y por el temor de que cualquier éxito de un producto de los otros actúe en detrimento de su producto. No por casualidad, los insultos literarios más corrosivos son dirigidos a colegas contemporáneos activos en el mercado del espíritu y del dinero. Hace años, un escritor que yo apreciaba y sobre el cual escribí con entusiasmo, se ofendió profundamente conmigo porque yo también había escrito, con pasión, sobre otro escritor, y me dijo explícitamente que, en la ciudad en la que vivía, solamente había lugar para un escritor y no para dos y que, por lo tanto, mi artículo, en el que enaltecía al otro, lo había dañado. Incluso esta anécdota es sólo un ejemplo entre muchos, demasiados, que se podrían citar.

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Quizá uno de los muchos aspectos del mysterium iniquitatis del que habla la Escritura también es la frecuente y desconcertante contradicción frente a la cual nos ubica el arte y los artistas. Por un lado, a sus creaciones les debemos revelaciones altísimas de humanidad, que no sólo nos han hecho comprender intelectualmente sino vivir concretamente, casi físicamente, los sentimientos, las elecciones, los valores de la existencia; gracias a ellas realmente sabemos lo que es el amor, la valentía, la fidelidad, la bondad, la pasión erótica, la piedad, el delirio, el miedo, la traición, la infamia, la exigencia de justicia y de verdad, la búsqueda o el rechazo de Dios.

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Por otro lado, a menudo, el artista, casi como si realmente hubiese sido invadido por un dios que habla a través de él como lo quiere el mito, está entre los primeros en olvidar o en violar esa humanidad que le ha hecho descubrir a los otros. Goethe escribe la tragedia de Margarita y luego vota por la condena a muerte de una muchacha que tuvo un destino análogo; en Muerte a crédito, Celine presenta, genialmente, al antisemitismo como una villana imbecilidad, pero más tarde, paradójicamente, lo hará suyo; la lista, también en este caso, es larga. Nos gusta considerar a los escritores cual custodios de lo universal-humano —violado con mucha frecuencia por la política—; pero, por ejemplo, en la guerra que disgregó a Yugoslavia, fueron a menudo los escritores los que incitaron al más salvaje de los odios nacionalistas. Ni Pirandello, que se adhiere al fascismo inmediatamente después del asesinato de Matteotti; ni los escritores franceses que viajan a Moscú para asistir devotamente a la “Misa roja”, o bien, a las ejecuciones stalinistas de muchos de sus compañeros comunistas acusados de desviación; son un ejemplo recomendable de humanidad. Platón sabía que sólo la divina manía del arte expresa la esencia de la vida y de la verdad vivida, pero expulsaba a los poetas de su Estado ideal. Esa condena es injusta, potencialmente totalitaria, y es rechazada, pero de vez en cuando resulta necesario volver a ajustar cuentas con ella, con la verdad que ella, retorciéndola, contiene. La poesía no está llamada a subordinar la existencia a su significado más alto que la trasciende, como lo hace la filosofía. La manía —recuerda Livio Garzanti en su fascinante Amare Platón— “produce sueños que la razón, cuando se despierta, debe interpretar”. La poesía está llamada a expresar la verdad de la existencia, que también es brusca, imperfecta y cruel; a expresar el contradictorio corazón del hombre, en el que hay magnanimidad, pero también bajeza, vanidad y maldad.

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El arte ilumina a fondo estas contradicciones y para hacerlo está obligada —o naturalmente llevada— a identificarse con ellas, incluso con las peores; a mimar esa realidad mundana que para Platón es ya mimesis engañosa de lo verdadero, de lo que, por lo tanto, la poesía es mimesis al cuadrado. Doblemente falaz, por lo tanto, pero también necesaria para la verdad, porque es reveladora de ese mundo de sombras, que el hombre ve en la platónica caverna y que sólo son ilusorias sombras, pero, en cuanto tales, compañeras de toda la existencia humana. El Yo poético mismo se siente incierto como una sombra; el escritor deviene su propio ghost writer, como en la reciente y original novela de Ermes Dorigo Il finimento del Paese.

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El espíritu del hombre, se dice en el Fedro, es portado hacia lo alto y lo verdadero por un caballo; y arrastrado hacia lo bajo de sus propias miserias por otro. Quizá la función de todo arte, a diferencia de la filosofía o de la religión, es la de narrar y representar lo que le sucede al caballo que nos lleva hacia abajo, o mejor dicho, a nosotros, cuando lo dejamos con la brida suelta y lo seguimos, no sólo en desordenadas pero fuertes pasiones, sino también en vanas enconadas —también en las envidias que testimonian esos insultos entre poetas, quizá inevitables en la debilidad humana. Lo que no quita que definir “burdoal Quijote, como lo hace Nabokov, es un craso tropezón.

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Magris. Entre su obra destacan Utopía y desencanto y El anillo de Clarice.

Traducción de María Teresa Meneses.

Texto tomado de Il Corriere della Sera, 14 de julio de 2006. 

Ilustración: The Alcorn Gallery

http://www.alcorngallery.com/CelebratedAuthors/CA.php

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Andres BIANQUE

Andres BIANQUE

  

andres bianque andresbianque@hotmail.com    

El Paseo. Jira ó Un día de campo.

Primera parte.

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Se adentraron los cuervos en la inmensidad de los bosques logrados.
Devoraron las entrañas esparcidas a la veda del camino.
Despertaron de su letargo a los escarabajos dorados e indómitos.
Quisieron esclavizar la lluvia, los ríos y las casas pobres por doquier.

Talaron hasta el hueso de la canela rebelde en su hambre de poder.
Y así, codiciosos de todo lo que no era de ellos,
Comenzó el festín de mortandad.
Lo que no cabía en sus bolsillos, caía en las fauces criollas.

Todo era ensangrentado con el sol entremedio como testigo.

Nuestro carácter hospitalario, les abrió la puerta A esos perros sanguinarios.
Creímos que eran los hijos de un dios mayor.
En un pacto con el diablo nos hubiese ido mejor.
Alabados los que abrieron los ojos, ante tanto despojo.

Los ejércitos más fieros de su época aplastaban a los infieles hasta hacerlos,
Ver el infierno sin necesidad de morir.
Cayó la espada en nombre de reyes parásitos, dígase de paso,
Perpetuos en el tiempo. Ayer, hoy y siempre.

La mitad de lo que aprendieron del desierto lo sembraron a punta
De cuchillo sobre la frente de los herejes.
Aún salpicaba arena de sus bocas, pero sentíanse dueños del discurso,
Dígase de paso, hoy, ayer y siempre. 
 

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Segunda parte.

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Trajeron la brújula y la sarna, el compás y las armas, el espejo y los complejos.
Cualquier intento de rebeldía, callaban con la Biblia aplastante, mientras lucían a sus amantes.
Trajeron los cerrojos y los piojos, el astrolabio y los tarados, el candado y la peste.
Trajeron las tasas y la desgracia, repartieron los solares y los males.
Trajeron la coraza y la mordaza, la espada y la celada.
Trajeron los asentamientos y los degollamientos.

Se llevaron las rosas en sus lomos de mula, dejaron el estiércol como recuerdo.
Se llevaron las sonrisas en sus barcos de guerra
Y nos dejaron óleos, con sus caras de santos.
Se llevaron todo lo que brilla. Todo lo que mantiene y condimenta su carne.

Que bueno, que nunca fueron muy amigos del agua.

¿Cuántos indios decapitaron, para robarles chocolate y cacao?
Y nosotros les matamos el hambre con nuestras papas,
Les adornamos sus mesas con paltas y tomates.
Y para ustedes no era delito matar un salvaje.
Se llevaron el caucho, el hule, el maní y los pimientos,
Nos dejaron de herencia, siglos de sufrimientos.

Se llevaron el tabaco, nos dejaron el mal olor de sus sobacos.
Se llevaron el maíz, y dejaron epidemias en cada país.
Además, les fascinó el trueque,
Se llevaron el girasol, los frijoles y las batatas,
Y nos dejaron un nuevo tipo de rata.

Se rieron de buena gana en nombre del señor, al parecer fue el único que vino con ellos.
Su fealdad la aplacaban con el aceite, de algun indio soberbio achicharrado.
Si sólo hubiesen sabido que ni toda la grasa del mundo mejora un cerebro malogrado.

Trajeron la encomienda y toda su mierda, los curas y la basura.
Trajeron la peluca y la sangre, las balas y el hambre, las botas y el sudor.
Trajeron la pólvora y la sífilis, la cuchara y la amarra, el hacha y los esclavos.
Trajeron los sacos y el desfalco.
El suicidio y los mendigos, el látigo y los castigos. El caballo y los lacayos.

El cabildo y los cinismos. Los embalses y los pillajes.
Trajeron la venganza y las matanzas,

Que día de campo se dieron estos colonizadores, sí hasta las hormigas
Se escondían de sus dientes.
Que tiempos aquellos para estos soldados, si al parecer eran hijos de un ser sagrado.
Que no haya rencor ni quebranto, sólo fueron un par de siglos de espanto.
Que no se hable con envidia, alguien tenía que violar a las indias.

Todo era ensangrentado con el sol entremedio como un quejido.

Pausa. Entre paréntesis.
Todo no podía ser tristeza, soledad y destierro.
Sonrientes apostaban, cuanto duraba un indio cercado,
Contra diez perros hambrientos.
Una pieza de oro, del mejor banco, a que mis indios no gritan
Cuando se lanzan de los barrancos.
Masticando nuestro chicle o goma de mascar, siempre fue más entretenido saquear.

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Tercera parte.

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Pero en sus correrías sanguinarias, encontraron su tope,
Un indio más grande que todas las araucarias.
Creyeron que eran yanaconas, ya se sentían dueños de la zona.

Uno de los tantos caciques les habla en forma clara:
Mientras aún se escuche el aliento de un invasor, nuestro pueblo sentirá el dolor.
Puño a puño, mano a mano, ya veremos quien sale ganando.
No ganaron ayer, no ganaron hoy día, no ganaran mañana.
Puño a puño, mano a mano, ya veremos quien sale ganando.
Mientras sople viento en estas tierras, a cualquier explotador le daremos guerra.

En el cenit de los problemas, por supuesto cambiaron de estratagema.
Permutaron la riña por la biblia.
Y así, entre cruces, sotanas y oraciones, comenzó nuevamente el festín de los ladrones.
Que conveniente es ser cristiano.
Dios quizás es feliz con lo robado.

Trajeron el rosario y los sicarios. Los anteojos y los despojos.
Campos y bosques había que ocupar, mejor que lo haga un capellán.

Luego, sin regimientos vinieron los desacreditamientos y los fingimientos. Cómo puede un indio holgazán y bebido, ser dueño de su destino. Si son inferiores, son como monos. Sin embargo, nuestros hermanos menores.
Pero, no tienen modales, educación, ni cultura, mejor que duerman entre la basura.
Y así, un temporal de mentiras y estigmas aún cabalga por las colinas.
No sólo mataron, todo lo bello tergiversaron, lo enajenaron.

Después, como si fuera una nueva moda se levantaron los guachos, contra sus padres.
Avariciosos, criollos y bastardos no aceptaron migajas, querían todo el fardo.
Y así, entre nobles penitentes y europeos de segunda, nació nuestro continente.
Su rebeldía, crecía como un maleficio, pero aún seguían admirando sus inicios.
Como no ser amos de todo, sí aquí no saben de ropa, hay que importarla desde Europa.
Sólo un puñado de estos criollos, merece ser honrados.

Su odio, resentimiento y complejo de inferioridad, moldeó nuestra nacionalidad.
Al indio, se le desprecia por su cara y su color, aunque fuera nuestro único defensor.
Somos poca cosa, a veces los peores, pero hay que buscar la causa,
En la historia de los invasores.

Todo era ensangrentado, con el sol entremedio como un castigo.

Trajeron un tipo de escritura y un mar de tipos caradura.
Trajeron los cañones y los matones, el horario y los mercenarios.
Trajeron los arcabuces y los embustes.
Trajeron la real hacienda y toda su violencia. Los carniceros y los floreros
Trajeron lo más selecto de su país, dejando cárceles y puteríos sin su habitual cariz.

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Cuarta parte.

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Indicación colonial par el buen vivir entre los indígenas,
Aborígenes, pueblos originarios o vernáculos.

Si no lo soporta, se le ahorca, si no obedece, se le cuece.
Si no quiere a su amo, se le cortan las manos, si es obstinado, debéis quemarlo.
Si es un rebelde consumado, no perdáis tiempo, simplemente empaladlo.
Menester es deciros que si no le gustan los setos, mejor os entenderá en el cepo.
Lo que se mueve, se come. Lo que sirve, se lleva.
Lo que no, se quema
Otra de sus bonitas estratagemas.

En el colmo de lo absurdo y siniestro, si vamos a sus países
Nos tratan como excrementos.
Sólo queremos ver como brilla el oro, la plata y el cobre de nuestros ancestros.
Sólo queremos sentir como sabe la carne, con especias y sangre.

Disculpen si delinquimos por falta de educación, aunque, fijo,
Ustedes saben, tenemos cien años de perdón.
Si la iglesia acepta sus errores, ¿Por qué no imitan
A sus santos patrones, a sus gestores y claman perdones?
Todos a coro como en un rasgueo, pidan disculpas por los saqueos.
Una cosita más, se les olvido llevarse un poquito de humildad.

Trajeron los conventos y los tormentos, los doctores y los horrores.
Trajeron algunas artes y todos los desastres. La inquisición y toda su corrupción.

Todo era ensangrentado, con el sol entremedio como mendigo.
No solamente trajeron, aún nos siguen trayendo.
Además, no necesitan enviarnos traidores,
Aquí en América latina, crecen por montones.

¿Cuántas celebraciones indígenas encuentras en el calendario?
No muchas por supuesto, son mejores, las de tono publicitario.
Y es que algunos se acostumbraron al factor hereditario
De entregar nuestras riquezas al mejor depositario.
Se reprodujeron en el tiempo, todas esas familias ingratas,
Piensan que el país de allá es el mejor socio.
Y ven a nuestra patria solamente como un negocio.

Si alguien piensa que exagero con decir parias y traidores
Vayan echándole una mirada a los alrededores.
¿Cuántas calles y plazas llevan el nombre
De los asesinos de nuestra raza?
¿Cuántos billetes circulan de mano en mano
Llevando impresa la cara de los primeros tiranos?
Si es por dar ejemplos, me faltaría tiempo.

Ahora somos herederos de su sapiencia
Marcamos a fuego las diferencias.
Su triste escuela, nos dejó secuelas...
Nuestro continente dividido como parcela.
Cada país, el pétalo de una flor...
Una flor llamada América.

Que ironía, ustedes fumándose nuestro tabaco
Y pretenden que besemos vuestros zapatos.
Que horrible sarcasmo, les enseñamos a reemplazar vuestros perfumes,

Por el baño y aún nos miran como un rebaño.
¿De que les sirvió todo lo robado?, sí al final de cuenta
Su pueblo pobre sabe lo que es vivir en un país subdesarrollado.

No necesitan enviarnos traidores,
En América Latina crecen por montones.

Sin embargo;
No ganaron ayer.
No ganaron hoy día.
No ganaran mañana.
Puño a puño.
Mano a mano.
Ya veremos quien sale ganando.

B.S.M, S.S.S: (Besa Sus Manos a Su Santísima Señoría)

Andrés Bianque.

Ilustración: Simón Silva

http://www.masarte.com/index.html

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Omar REQUENA

Omar REQUENA

Omar REQUENA nació en Caracas en 1972. Vive actualmente en Ocumare del Tuy, la primera capital estatal mirandina. Cursó estudios de Derecho y Artes Visuales en la misma ciudad. Actualmente inicia el segundo semestre de Comunicación Social en la U.B.V. (Universidad Bolivariana de Venezuela) Tiene inéditos un poemario y una colección de piezas breves para teatro. Trabaja actualmente en su primer libro de relatos.

E-mail : omarrequena@yahoo.es   

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Historia intima

A Blanca Libia Herrera Chávez  

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Una amiga me ha contado por carta que posee un método muy singular para medir la calidad de sus días, y así saber si éstos han sido amables con ella o no. Todas las noches al llegar a casa, se sienta en el borde de la cama y abre su blusa con manos veloces; luego saca el corazón tibio y lo coloca en un vaso con agua, a la que previamente ha añadido unas gotas de alcanfor. Ocurre entonces un curioso fenómeno: el líquido toma una coloratura según los vaivenes y altibajos de sus deseos, expectativas, de sus renuncias y silencios. Verdes, azules, naranjas, leonados, violetas, son algunos de los matices que ve pasar mi amiga frente a sus ojos como franjas vertiginosas o corpúsculos que estallan lentamente, pesadamente, igual a pequeños planetas que han decidido metamorfosearse en amebas. Es un ritual privado, tranquilo, del cual obviamente he recibido ya mucho al conocer de su existencia; mi amiga es reservada en cuanto a su intimidad, y no suele hacer confidencias de buenas a primeras.  Sobre todo considerando el peso absurdo de las horas, la mancha de mar que nos separa. 

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Sin embargo las preguntas están ahí, en puntas de pié, como niños untados de curiosidad. Inevitables. Y las ganas tremendas que tengo muchas veces de averiguar si el agua del vaso se ha enturbiado tanto que la asusta hasta las lágrimas o si, en cambio, existen días tan ligeros para ella que los tonos sean igualmente leves y dulzones... si su corazón tibio posee olor y sabor, si tiene ojos para mirarla igual.    

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EXAGERACIONES 

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Otra leyenda refiere a Papini, harto de libros, decidido a irse a la selva con los monos. La cosa marcha bien al inicio: fruta abundantìsima y los aguaceros constantes logran diluir el recuerdo del tráfago en la calle Guerrazzi No. 10. Papini cree haber encontrado su lugar. Un día, sin embargo, sobreviene aquel mal –tan bien conocido- Papini toma la hoja de una bromelia y escribe en ella una larga reflexión que no se cuida luego de destruir. Los monos, por su parte, temieron siempre lo peor. 

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En un mes había sobrepasado, en proporción de dos volúmenes a uno, a la mayor biblioteca de Florencia.

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Ilustración: Siegfreid WOLDHEK

http://www.woldhek.nl/index.asp