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Revista Literaria AZUL@RTE

Aula de Escritores - Hijos del Hule

Aula de Escritores -  Hijos del Hule

Aula de Escritores-Hijos del Hule hijosdelhule@auladeescritores.e.telefonica.net 

Talleres Literarios y Cinematográficos

(Matrícula abierta)

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 http://www.auladeescritores.com/

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Aula de Escritores-Editorial Hijos del Hule

Dirección: c/ Sant Lluís nº 6, bajos - 08012 Barcelona

(Estamos en el barrio de Gràcia, muy cerca de los cines Verdi Park)
Teléfonos de contacto: 932102568 / 677727998

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http://www.auladeescritores.com/
 

E-mail: info@auladeescritores.com

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Con motivo de la entrada en vigor de la Ley 34/2002, de 11 de julio, de Servicios de la Sociedad de la Información y del Comercio Electrónico, te informamos que puedes revocar en cualquier momento, de forma sencilla y gratuita, el consentimiento para la recepción de nuestros servicios enviando un e-mail a la dirección info@auladeescritores.com  incluyendo en el asunto la palabra "baja"


 

Aula de Escritores

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Aula de Escritores-Editorial Hijos del Hule

Dirección: c/ Sant Lluís nº 6, bajos - 08012 Barcelona

(Estamos en el barrio de Gràcia, muy cerca de los cines Verdi Park)
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E-mail: info@auladeescritores.com 

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Aula de Escritores  

Actividades Noviembre - Diciembre 

(Entrada libre)

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Presentación del libro de relatos:

PUNTO Y KARCOMA Del Grupo Karcoma

Jueves 16 de Noviembre del 2006 a las 19:30 h,

en El Corte Inglés, Sala Àmbit Cultural (6ª Planta),

Portal del Ángel s/n  

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Presentación de la novela:

MAL NEGOCIO de Rosa-María Torrent Puig

Miércoles 29 de Noviembre del 2006 a las 19:30 h,

en El Corte Inglés, Sala Àmbit Cultural (6ª Planta),

Portal del Ángel s/n   

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Fiesta de Navidad

Bebida, comida y música. No te la pierdas!!!Lectura de relatos y poesía de los alumnos y mesa redonda-charla de la novela Mal negocio, de Rosa-María Torrent Puig.

Miércoles 20 de diciembre de 2006, a las 20 h.

Aula de escritores, C/ Sant Lluís 6     

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Con motivo de la entrada en vigor de la Ley 34/2002, de 11 de julio, de Servicios de la Sociedad de la Información y del Comercio Electrónico, te informamos que puedes revocar en cualquier momento, de forma sencilla y gratuita, el consentimiento para la recepción de nuestros servicios enviando un e-mail a la dirección info@auladeescritores.com  incluyendo en el asunto la palabra "baja".

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LAPSUS

LAPSUS

L A P S U S • collage editorial

http://www.lapsusweb.net/ 

E-mail: apsusweb@gmail.com 

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m e m o r i a · i n f i e l
PoquitaFe
por Giancarlo Huapaya Cárdenas

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Desde Salida al Mar en Buenos Aires, trazando la línea horizontal por las pampas templadas para llegar al Poquita Fe en Santiago, viajando por la orilla costera al lado —o encima— de la cordillera para el Novísima Verba en Lima y otro gran trazo cruzando el Océano Pacífico hasta el Estoy Afuera en el DF. Los festivales latinoamericanos de poesía joven se encuentran. Los poetas viajan con sus propuestas, experiencias, proyectos y búsquedas. Se produce la comunión ciudad-individuo y se inician historias.

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Hace unas semanas se realizó el desborde de fe del Poquita Fe. Santiago albergó y escuchó atentamente por seis días las líricas de jóvenes poetas provenientes de varias partes del continente. El Festival fue un intercambio, una interiorización, una intermitencia, un internuncio, una interpelación, una interposición, una interpretación y un intervalo de tiempo para deslucir los internados de la región.
 

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U n · t i e m p o · p a r a · P o q u i t a

Nunca le pregunté a ninguno de los organizadores el por qué del nombre Poquita Fe. No quise sus explicaciones porque decidí buscar mi propio concepto a partir de lo vivido; "Poquita Fe es irónico. No es una cuestión divina o de creencia ciega en algo que nadie entiende y que está por encima de nosotros. Poquita Fe es racional y está sostenida en el quehacer trajinado de las voces de quienes lo organizan y a quienes se les invita - además de los escuchas-. No es una oración para que se construya o se sane o no le pase nada y salga todo bien. Es una incertidumbre hecha a tinta y papel o dedos y computadora. Es una certidumbre hecha caminando por cada esquina. Poquita Fe significa muchísima fe en un poema y en una amistad. Es un proceso que comienza por su ironía y acaba en su contradicción".

Bien por eso.
 

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M e m o r i a · i n f i e l · y · t r a s · b a s t i d o r e s · p a r a · l a · F e 

Santiago de Chile, domingo 8, 19 horas.

Gregorio Alayón (Chile) fue el primer poeta que abracé, me recogió en la estación del Metro. Unas calles mas adelante Héctor Hernández Montesinos (Chile) alcoholizado me daba un calurosa recepción en una esquina. Unos pasos más, en la casa de Galo, una mesa de muchos libros y muchas voces esperaban. Un trago de mi primera cerveza chilena. El cansancio tenía que esperar desde ese día, siete días más. Luego de unas horas, íbamos rumbo, guiados por Pablo Paredes (Chile), al Espantagruélico, bar poético permanente para la trasnoche. Esa noche de primeros sobresaltos la pasión rondaba a los jóvenes poetas. Esa noche Nicolás Alberte (Uruguay) vulneró el noveno mandamiento y se enamoró perdidamente por unos días. Esa noche Ernesto Carrión (Ecuador) vulneró los límites del sueño, y perdió su billetera.  

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Santiago de Chile, lunes 9, 15 horas.

En el almuerzo las experiencias de Pablo Paredes - tengo una foto con Menen y estuve viajando con las mujeres menenistas. Conocí a un diputado chileno en una tormenta y fue a mi lectura en Méjico, entre otras no reproducibles por su extravagancia y megalomanía.- y un mini debate acerca de las nacionalidades que nos convirtió a Nicolás y a mí, en uruguayo y peruano de mierdas, nos ayudaron a la digestión. A las 17 era la lectura inaugural en la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), compartiría tribuna con Cuaderno de Agua de Jorge Solís (Méjico), Las cosas a descansar de Laura Lobov (Argentina) y Vacío en partes iguales del uruguayo de mierda. Mi pánico escénico dejaba de ser intuitivo.  

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Santiago de Chile, La Chascona, martes 10, 12: 30 horas.

Chascona significa despeinada. Leía nuevamente, esta vez del inédito Polisexual. Una especie de balcón atravesado por una rama era el escenario. Esa tarde nos atravesaban los inquietantes instantes de Litane de Alejandro Tarrab (Méjico), Violeta Kesselman (Argentina) silabeaba la forma visual de sus poemas, Víctor Hugo Díaz (Chile) sacudía la urbe, Alexander Ríos (Colombia) nos hablaba de las monedas falsas y nos repetía el valor del tiempo, Pablo Paredes (Chile) dedicaba un poema al responsable de la Fe, el único uruguayo hasta la fecha nos daba un vademécum y Raúl Zurita, maestro a quien ese instante di el último ejemplar de mi trascendencia, metía la mano en el sombrero de la historia para perennizar esa imagen. Esa tarde, luego de la chorrillana (papas, carne, huevos, cebollas) y las escudos respectivas (malta de cebada, lúpulo, agua, alcohol), el patio de la facultad de Derecho de la Universidad de Chile era escenario del segundo concierto poquitafeniano de la tarde. Entre la calle y la facultad nos contemplaba el fresco aire santiaguino. Otras escudos en lata, un brindis por el buen clima y la poesía visual de mi amigo Germán Gana (Chile) y comenzaron las baterías de Rodrigo Flores (Méjico).Era noche de performances. La espontaneidad hacía lo efímero imperecedero. El Espantagruélico era el fin de la maratón de ese día. El ruido se confundió con la poesía, se cansaron los oídos, las lunas se empañaron, el carrete (1) se apoderó del mundo, la neblina garantizó pocos recuerdos. Me desperté, aún de noche, con una copa de vino brindando con mi anfitrión Héctor Gonzáles. La casa de Héctor y Scott Meier me albergaba. Ellos (pareja profesional y creativa de la productora Giriaca(2)) comenzaban a tramar lo que sería el punto de permanencia más exacto del festival. Un audiovisual.

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Santiago de Chile, Casa de Héctor y Scott, miércoles 11, por la mañana.

Me desperté sin recuerdos y sin resaca, vi a mi alrededor mi voz ronca y deshidratada. Me desperté sin sueño, oí a la calle entrar tirando la puerta. Me desperté para curarme de la nocturnidad con un poco de miel y limón. Felizmente que no leía hasta el jueves, tenía tiempo del antídoto. Esa mañana los videastas/anfitriones me grabaron desnudo en una bañera - según Alberte llena de champagne y leche de cabra- leyendo el poema de la axila al ano para su film del festival. 14 horas. Me recosté en el pasto de la Universidad de Santiago y percibí la fotosíntesis de Ramón Peralta (Méjico), volví a imaginar el revolcón con la rabbit de María Eugenia López (Argentina). Carrión me invitó un vaso descartable de vino, se sentó a ver el complejo panorama de las "Poéticas Actuales en Latinoamérica" y volvió a vulnerar los límites del sueño.  

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Santiago de Chile, SECH, miércoles 20 horas.

Un feliz encuentro con Abyecta (Chile), entre los ritmos violentos de Rodrigo Gómez (Chile) y la cadena limenticia de Ana Mazzoni (Argentina), renovó los bríos. Nada más necesité un asado con papas fritas y la noche continuó salvaje. Eran las 23:30 en el bar para la poesía y la trasnoche, mi voz seguía decayendo, otro era el espacio para los ritos. El segundo piso se había convertido en el lugar oscuro y viejo para las voces nuevas. Rodrigo Olavarría (Chile) capturó mi desidia por el conocimiento mientras apostaba un poema con Dora Moro (Méjico). Un extraño presentimiento me condujo a la zona de fumadores. Los humos apasionados calmaron mis pulsaciones. El baño alusivo a lo raro y bizarro con imágenes de Saudek quedaron en mi memoria.  

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Santiago de Chile, casa de Víctor Hugo Díaz, jueves 12, 15: 30 horas.

Una reunión de frijolitos con carne, una de las delicias del viaje. Mucho vino y poca poesía - felizmente-, mi voz susurraba en medio de los maravillosos recuerdos de Víctor Hugo acerca de las correrías nocturnas que tuvo en la última visita de Roger Santiváñez, el clima daba sus primeros golpes. Tras el almuerzo, mi disfonía tenía que terminar, me propuse acabarla a la mala. Para mi suerte me encontré al dueto ecuatoriano Luis Carlos Mussó (recién llegado para auxiliar a su corredor bucal) y Carrión en el camino al SECH. Les propuse un ron (palabras mayores en Chile). Mala idea, no lo acabé y me invadió el cansancio prestado de anoche. Me fui a echar una pequeña siesta, leía a las 23 horas en el Espantagruélico.

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Mi habitación, viernes media noche.

¿Qué hora serán? Habré dormido mucho.¡ Carajo 12 a.m! Corrí con la cama aún encima y sin voz. La siesta aguijoneó mi garganta. Llegué al bar y el nuevo ambiente preparado para las lecturas era desolador. Todo había concluido. Me sentí enfermo por primera vez, miré a mi alrededor la gente bebiendo y riendo y me fui a casa.  

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Mi habitación, viernes 9 horas.

Te visitan. El dueto ecuatoriano organizaba un recital en mi habitación.

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Viernes 9: 30 horas.

Se unió Lucía Bianco (argentina y compañera de piso de donde vivía) con su Diario de exploración, por el lapso de tres poemas.

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10 horas. Se unió María Eugenia y nos fuimos a desayunar vino. La lluvia de la intemperie mojó nuestros pasos y no paró hasta empapar las medias. Al regreso, una cola para el casting del film "Poquita Sed" pasaba los decibeles soporíferos. La productora Giriaca hacía sonar cada verbo en cada lugar verbalizado. Cada estación en la frecuencia de cada origen. Cada uno esperaba el registro digital del ojo de Héctor Gonzáles. Mañana era el estreno… 

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Continuación: http://www.lapsusweb.net/pages/p06/poquita.htm 

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Jaime LIZAMA

Jaime LIZAMA

 

Jaime Lizama gana concurso de ensayo 

La primera versión del Concurso de ensayo en Humanidades contemporáneas, convocado por el Goethe-Institut, el Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales y Artes y Letras de El Mercurio, ya tiene un ganador. 

Con el ensayo "La Ciudad Fragmentada", Jaime Lizama López ganó la primera versión de este concurso que versaba precisamente sobre el tema de la ciudad. El premio fue fallado el martes pasado por Carlos Peña González, rector de la Universidad Diego Portales; el profesor Dr. Horst Nitschack, en representación del Goethe-Institut; y por Pedro Gandolfo, editor de Artes y Letras.

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Al concurso se presentaron más de 50 trabajos. Entre las obras finalistas es interesante destacar también ensayos como "Iquique, ciudad cantada", "El pulso de la ciudad", "La Vuelta al barrio", "Carta de ciudadanía" e "Infancia y metrópolis".

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El jurado estuvo de acuerdo en destacar los méritos estilísticos y literarios del ensayo ganador de Lizama, su arraigo muy fuerte y actual con la ciudad de Santiago y un uso de fuentes bibliográficas nacionales bien asimiladas y tamizadas por la propia experiencia del autor de "La Ciudad Fragmentaria". La reflexión de Lizama se construye desde su propia experiencia de la ciudad de Santiago con la cual se cruzan categorías de análisis expuestas con claridad y persuasión.

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En la introducción, Lizama, quien posee estudios en Filosofía y es autor de obras poéticas y ensayísticas, señala que
"este es un breve ensayo citadino. Es una reflexión sobre Santiago de Chile y por añadidura una visión de la ciudad y de la no ciudad, es decir su negación conservadora o bien su huida ecológica o neorruralista. El Santiago que aquí se expresa es básicamente el que transcurre en la década de los 80, la década del 90 y en el inicio del nuevo siglo, es decir, se trata de un Santiago finisecular, que cruza, son zozobra el siglo XXI. Por lo mismo, se trata de una ciudad en la cual se ha vivido, deambulado y vagado intensamente; más que en su recorrido ilustrado que suele suponer identidades, se refiere más apropiadamente o impropiamente a su invención incesante, a su crecimiento, a sus desvíos y a sus contradicciones".

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El premio

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El concurso considera para su único ganador un premio consistente en la publicación del ensayo por la editorial de la Universidad Diego Portales, la difusión de un extracto del mismo texto en el cuerpo Artes y Letras de El Mercurio, junto con un incentivo en dinero de $ 4 millones de pesos.
 

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Articulo: Emol.com 

Ilustración : Siegfried Woldhek

http://www.woldhek.nl/

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Revista SAVIA MODERNA/Héctor de MAULEON

Revista SAVIA MODERNA/Héctor de MAULEON

 

Los 100 años de la Revista mexicana “SAVIA MODERNA”

por Héctor de Mauleón

01

En enero de 1906, la clausura del Café La Concordia emblematiza el verdadero final del siglo XIX, tan francés en sus letras. Ese año, en una pequeña casa de la calle de Soto, en la colonia Guerrero, algunos jóvenes escritores, fogueados en la tertulia de Jesús E. Valenzuela, fundador de la Revista Moderna, se reúnen domingo a domingo para leer a los griegos, revisar los Siglos de Oro, releer a Dante, Shakespeare y Goethe, y ponerse al día en “las modernas orientaciones artísticas de Inglaterra”. Jesús Villalpando les llama “los muchachos del grupo”. Leen incansablemente a Nietzsche y a Schopenhauer. Resienten la opresión intelectual que emana del porfiriato, y quieren diferenciarse de la generación anterior (Amado Nervo, José Juan Tablada, Marcelino Dávalos, Luis G. Urbina: la generación azul), a pesar del gran poder y prestigio intelectual de que goza ésta.

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Uno de ellos le ha robado a su madre cincuenta pesos para poder salir de la ciudad de León, y conocer a Nervo, quien le publica sus primeros versos; otro es ex cadete de la Escuela Náutica de Campeche, y acaba de pasar varios meses en prisión por haber protestado en los muelles contra la última reelección de Porfirio Díaz. También forma parte del grupo un joven extravagante, de vestido ridículo y voz tipluda, al que se considera el estudiante de arquitectura más destacado. El primero trabaja como mozo de escritorio en “La Gran Sedería”; el segundo es empleado de la Sección de Archivos y Biblioteca del ministerio de Instrucción Pública; el tercero, hijo de un antiguo burócrata que se ha pasado la vida realizando actividades menores. La historia literaria del siglo XX los recordará con los nombres de Rafael López, Roberto Argüelles Bringas y Jesús T. Acevedo. Tienen 33, 31 y 24 años, respectivamente. Están destinados a formar parte de una nueva era del pensamiento y de las letras mexicanas. A convertirse en precursores directos de la Revolución. Pero, por lo pronto, sólo quieren hablar, sólo quieren leer. Apuestan por el rigor en un país de improvisados.
Ahí, en la pequeña casa de la calle de Soto —el desperezo viene siempre envuelto en motivos espirituales, apunta Alfonso Reyes—, se comienzan a demoler, desde el terreno de las ideas, las bases anquilosadas del porfiriato: se anuncia el primer centro libre de cultura en la historia del siglo XX mexicano. 

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02

El dueño de la casa es Luis Castillo Ledón, poeta de 27 años y mediana fortuna, que en 1904 ganó los juegos florales de San Luis Potosí, y apenas recibir el premio decidió viajar a la capital, “atraído por la luz y la fama que entonces desprendía México”.En esa ciudad de carruajes, jardines, vecindades, edificios antiguos, conventos en ruinas, tranvías de mulitas y colonias recién inauguradas —por las que transitan, ruidosamente, algunos automóviles que dejan tras de sí “estelas de humo oscuro/ y flatulencias de carburo”, como reza el poema de Tablada—, las puertas de la casa se abren cada semana para reclutar a jóvenes talentosos, ávidos por lo nuevo, que quieren escapar de la momificación cultural del régimen, o por lo menos están fastidiados con la deshumanizada vertiente positivista que lo sustenta.

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Roberto Argüelles Bringas incorpora, por ejemplo, a Manuel de la Parra y Abel C. Salazar, que trabajan con él en la Sección de Archivo y Biblioteca. No tardan en llegar Antonio Caso (23 años) y Alfonso Cravioto (22). Todos se inclinan ante la inteligencia, cargada de dardos venenosos, de un estudiante de Jurisprudencia que habla con familiaridad de Ruskin, de Wilde, de Whistler. Se llama Ricardo Gómez Robelo, tiene 22 años y se dice que una noche cayó de rodillas para besar los pies de una prostituta, mientras gritaba, al igual que Rodión Romanovich Raskolnikoff: “¡No te beso a ti, sino a todo el sufrimiento humano!”. (Desde esa vez se le llamó Rodino).

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Las reuniones se trasladan a veces a la casa de Acevedo; andando el tiempo, el grupo se concentrará en la de Caso. Aunque en los albores de 1906 “los muchachos” se mueven con naturalidad entre el círculo de los consagrados (los primeros comentarios sobre Argüelles Bringas vinieron de Tablada; el nombre de Rafael López figura desde 1905 en todas las revistas de la época; el poema “Los Caballos”, de Luis Castillo Ledón, fue declamado en 1904 nada menos que por Manuel José Othón), dos sucesos catalizan las búsquedas inconscientes del grupo, hacia la renovación literaria e ideológica que vendrá después. El primero, la jugosa herencia que Alfonso Cravioto recibe a la muerte de su padre, cuatro veces gobernador del estado de Hidalgo. El segundo, la llegada a la ciudad del dominicano Pedro Henríquez Ureña quien, pese a sus 22 años, no tarda en convertirse en cabeza intelectual de la agrupación, a la que induce al estudio de corrientes filosóficas opuestas al positivismo, e incita a estudios y lecturas más amplios y exigentes. Considerado “nuestro Sócrates” por los jóvenes del grupo, les hace pasar “de la filosofía alemana al humanismo renacentista, a Wilde, a Bernard Shaw, al barroco, a muchas cosas más, para arribar siempre a Platón y deleitarse con la sabiduría helénica”.
Recordará Henríquez Ureña años después: Veíamos que la filosofía oficial era demasiado sistemática, demasiado definitiva para no equivocarse [...] Como mis amigos eran ya lectores asiduos de los griegos, mi helenismo encontró ambiente, y pronto ideó Acevedo una serie de conferencias sobre temas griegos, que nos dio ocasión de reunirnos con frecuencia a leer autores griegos y comentarlos.

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Gabriel Zaid ha observado que la renovación literaria de 1906 procede del encuentro entre dos juniors. Hijo de un ex presidente de su país, y con una vasta cultura a su disposición, que incluye una residencia de dos años en Nueva York, Henríquez Ureña influye para que el grupo se compacte y exprese en un medio anquilosado. Hijo de un gobernador que hizo su fortuna a la sombra de Díaz, y luego fue depuesto a capricho del dictador, Alfonso Cravioto se había erigido líder estudiantil en contra del gobernador que sustituyó a su padre, lo que le valió ser perseguido y finalmente encarcelado. Luego de pasar seis meses en prisión, se unió a los hermanos Flores Magón, pero en vez de acompañarlos a preparar la lucha armada en Estados Unidos, optó, como dice Zaid, por la acción cultural. Arribó a la ciudad de México en 1903, año del cierre de la Revista Moderna (1898-1903), colaboró con virulentos artículos contra Díaz en El hijo del Ahuizote, y de pronto se descubrió como “un junior con talento, con dinero, con experiencia como líder y con notable capacidad de convocatoria”. En un acto eminentemente político, en lugar de dedicarse a dilapidar su fortuna, decide reunir, en una revista, a la juventud talentosa de su tiempo. Sabe, como dice Reyes, que los cambios vienen siempre envueltos en motivos espirituales.
Pero a la mayor parte de ellos, ese cambio acabará por destruirlos.

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03

Setenta años antes, al poner la primera piedra en la historia de las letras del México independiente, los cuatro jóvenes que en un cuarto ruinoso fundaron la Academia de Letrán (Guillermo Prieto, los hermanos Lacunza y Manuel Tossiat Ferrer) sólo pudieron disfrutar, como banquete de inauguración, de una piña espolvoreada con azúcar.La revista fundada por Cravioto, en cambio, se instala con un lujo deslumbrante del que no existen precedentes en periódicos y revistas “de pocilgas, covachas y ratoneras”. La redacción está en el último piso de La Palestina, uno de los primeros edificios de seis pisos que existen en la capital, con vista exquisita hacia el nuevo boulevard 5 de Mayo. De un lado se ve la Catedral; del otro, los crepúsculos de la Alameda. El piso del edificio es de mármol. Abajo corren cafés, bares, tiendas, librerías. “Aquello era un Aeropago, un Parnaso, un palacio, una corte de los Medicis”, recuerda Jesús Villalpando.

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Con los primeros muebles empiezan a llegar los muchachos del grupo. Se decide poner a la revista un nombre absurdo: Savia Moderna. La bautizan de ese modo para que sea vista como una prolongación de la revista fundada a finales de siglo por los poetas mayores. “No fue una segregación de disidentes sino una prolongación afirmativa de una tendencia que aspiró a modernizar por completo la literatura mexicana [...] a inyectar savia nueva en el viejo tronco”, escribe Francisco Monterde.
No se trata, sin embargo, de una prolongación, sino del relevo de los jóvenes que están pidiendo a gritos que les abran paso. Gracias al redactor Jesús Villapando, y a un artículo suyo publicado el 5 de mayo de 1918 en El Nacional, poseemos la crónica exacta del instante fundador: Todo el día era una serie de momentos de sorpresa. Tocaban la puerta y aparecía un artista. Un día llegó Manuel de la Parra, todo tímido, como pajarito deslumbrado y anhelante de luz; otro, Rafael López apareció a las cinco y media de la tarde haciendo frases, elegancias y versos al hablar; tal se presentó Roberto Argüelles Bringas, con voz de sochantre y actitudes majestuosas de Duque; a la una de la tarde de un sábado se anunció un grupo de pintores y dibujantes, algo cohibidos, serios y sencillos; Diego Rivera, ocupado de un cuadro de Rubens o de un aguafuerte de Rembrandt, bueno y risueño, como un niño con su indomable e inseparable pipa y cuando todavía no pensaba en los abismos trágicos del futurismo; Saturnino Herrán, con su aspecto de colegial, afable, bondadoso, ingenuo y observador; Gonzalo Argüelles Bringas, gallardo Don Juan, lleno de gran amor por las flores, las mujeres y los paisajes; Antonio Garduño, alto como el edificio de nuestra redacción, seguro de sí mismo y de su color; Rafael de Lillo, con algo de Adonis y mucho de San Juan Bautista, antes de ir a predicar al desierto; Franciso de la Torre, silencioso, como un monje de la Trapa, impasible y melancolizado, soñador como noche de luna, reconcentrado, como un comprimido de Vichy, con algo de agua azul y tristeza de telaraña en estancia abandonada; Francisco Zubieta, miope y anguloso, de suavidades agresivas de caricatura fina y Martínez Carrión siempre muy triste.Recordará a su vez, en un artículo publicado en julio de 1913, el poeta Rafael López: En la ruidosa redacción de ese periódico, ruidosa con el entusiasmo y la alegría de los años en mocedad, nos sentíamos como en la propia casa. La redacción era pequeña, como una jaula, y, por lo mismo, algunas aves comenzaron allí a cantar [...] el alma obscura se bañaba con un poco de sueño y de infinito, sobre el bullicio de la gran ciudad que hacía rodar abajo todas sus tentaciones.

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Desde aquella altura habrá de caer la palabra sobre la ciudad. El primer número es lanzado a fines de marzo de 1906, con portada de cartulina que reproduce un óleo del artista catalán Antonio Fabrés. Alfonso Cravioto y Luis Castillo Ledón figuran como directores. El secretario de redacción es un muchacho de provincia, tocado por la sombra de mortales excitantes que no tardarán en asesinar su talento: José María Sierra. Treinta y tres poetas y escritores integran la nómina de colaboradores. Veinticuatro pintores y dibujantes, conforman la de artistas e ilustradores. Los fotógrafos son Lupercio, Kampfner y Casasola. La suscripción trimestral cuesta 1.50. La casa de peletería La Palestina, las máquinas de escribir W.M.A. Parker, los pianos Cable Company, los electricistas Sierra y Fernández, la Kalodermina Imperial (compuesto para el embellecimiento del cutis), la Emulsión de Scott y la Tabacalera Mexicana, son los anunciantes.

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Savia Moderna lanza su proclama desde la primera página: “Gustamos de las obras más que de las doctrinas. Clasicismo, Romanticismo, Modernismo... diferencias odiosas. Monodien las cigarras, trinen las aves y esplendan las auroras. El Arte es vasto, dentro de él, cabremos todos”. Prosigue Villalpando: La falange juvenil de aquellos que iba a continuar la tradición de los maestros iba engrosando; en cuanto Cravioto sabía de algún joven ignorado que empezaba a despuntar, no descansaba sino hasta dar con él e introducirlo al cenáculo. Y así fueron llegando con intervalos de horas o de días Alfonso Reyes, el más joven de todos, casi un niño, y que ya le hacía bellos sonetos a la Victoria de Samotracia; José M. Sierra, caballero electo de la muerte; el arquitecto Jesús Acevedo, que tenía más erudición que todos nosotros juntos; Gómez Robelo, con su boca enorme y que era una especie de Mauclaire en el grupo; Eduardo Colín, severo, metódico y sereno, un griego cerebral con gran seguridad en los pasos de su camino; Severo Amador, más fúnebre que un ataúd; Pepito Gamboa, con dramas sin terminar; Antonio Caso, a las puertas de la filosofía; Rodolfo Nervo, contagiado por el ambiente de su admirable hermano; Emilio Valenzuela, que continuaba la tradición lírica del magnífico Chucho Valenzuela; Ángel Zárraga, que estaba indeciso entre la literatura y la pintura y otros muchos attachés y principiantes ya fracasados que engrosaban la corte majestuosa del segundo renacimiento literario de México.

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El ambiente es de júbilo y camaradería. Diego Rivera, que hará las portadas desde el segundo número, instala su caballete junto a la ventana y comienza a pintar desde aquella perspectiva inédita. Los poetas Luis Rosado Vega y Delio Moreno Cantón se presentan para conocer las oficinas. Los recibe José María Sierra, absolutamente drogado, pero la labia de Ricardo Gómez Robelo, la erudición de Pedro Henríquez Ureña y unos versos “semejantes a armaduras de templados aceros”, que declama Roberto Argüelles Bringas, logran salvar la tarde. El siglo XX ha comenzado. Nadie sabe a cuantos cegará el polvo del camino. Pero en ese instante, los muchachos sienten, como cuenta Rafael López, que su destino duerme “en las manos cerradas de la vida”. El Imparcial dedica un amplio espacio para dar al público mexicano la buena noticia. Luis G. Urbina ve con buenos ojos la llegada de la publicación, y le atrae el disimulado apoyo del ministro Justo Sierra.
 

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04

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Los jóvenes lanzan la primera carga desde el número inicial. Parecen decir: “¡Aquí estamos!”. Poemas de Roberto Argüelles Bringas, Alfonso Cravioto, Eduardo Colín, Luis Castillo Ledón, Manuel de la Parra, Alberto Herrera y José María Sierra. Prosas, artículos y textos narrativos de Antonio Caso, Ángel Zárraga y Abel C. Salazar. Se reseñan libros, se revisa el panorama del teatro, se hace un directorio de revistas, sociedades artísticas y bibliotecas públicas. Se escriben notas necrológicas y pequeños ensayos. Uno de los capítulos más importantes para las letras mexicanas se abre en ese sitio, la tarde en que Alfonso Reyes, un joven preparatoriano de 17 años, sube las escaleras con un manojo de poemas que le cantan a la naturaleza. Reyes se deslumbra con la inteligencia apolínea de Caso, celebra a risotadas las feroces ocurrencias de Gómez Robelo, e inicia a muchos metros de la tierra no sólo la carrera que habrá de convertirlo en el mayor hombre de letras de la primera mitad de nuestro siglo XX, sino también su amistad con Pedro Henríquez Ureña, decisiva para la literatura mexicana. Recordará Reyes: Cuando lo encontré por primera vez en la redacción de Savia Moderna, me pareció un ser aparte, y así lo era. Su privilegiada memoria para la poesía —cosa tan de su gusto y que siempre me ha parecido la prenda mayor de una verdadera educación literaria— fue en él lo primero que me atrajo. Poco a poco sentí su gravitación imperiosa, y al fin me le acerqué de por vida. Algo mayor que yo (cinco años) lo consideré mi hermano y a la vez mi maestro. La verdad es que los dos nos íbamos formando juntos, pero él un paso adelante.

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La revista, afirma Villalpando, circula en toda la República y se vende como pan caliente. Pero los agentes no pagan y Savia Moderna se vuelve, desde el primer número, el más malo de los negocios. A Cravioto esto no le importa un bledo, quiere llevar adelante “su misión artística”, y está resuelto a gastar hasta el último centavo. Pasado el momento de unir a los literatos, extiende su radio de acción hacia los pintores. El 7 de mayo de ese mismo año, siguiendo una idea del recién llegado de Europa Gerardo Murillo, a quien Leopoldo Lugones bautizará como Dr. Atl, organiza en un suntuoso salón de la calle de Santa Clara, entre triunfales cortinajes de seda y púrpura, la primera exposición de pintura que se realiza en México sin ayuda oficial, y fuera de la academia.
José Juan Tablada toma la palabra esa noche para presentar a Murillo, quien ofrece “el regalo de una conferencia muy interesante y abundosa en altos conceptos e ideas novísimas acerca de las tendencias de la pintura y la escultura modernas”. A un lado cuelgan las obras de un conjunto de muchachos que andando el tiempo transformarán la plástica mexicana, y por lo pronto preludian la revolución pictórica dando un golpe mortal a la pintura académica que —la frase es de Alfonso Reyes—, esa misma noche “se atajó de repente”: Diego Rivera, Germán Gedovius, Francisco de la Torre, Jorge Enciso, Gonzalo Argüelles Bringas, Rafael Ponce de León, Antonio Garduño y, sobre todo, Joaquín Clausell, que dio a conocer sus paisajes impresionistas y fue celebrado, en otro acto eminentemente político, como el único artista plástico que no había egresado de San Carlos o de cualquier otra escuela de arte.Justo Sierra y Ezequiel A. Chávez, ministro y subsecretario de Instrucción Pública, respectivamente, visitan la muestra y celebran “el intento del grupo de hombres de buena voluntad” con una sonrisa apretada. Roberto Argüelles Bringas, Rafael López y Ricardo Gómez Robelo escriben sobre la exposición, que es como “cortar las rosas sobre el mal y el dolor” (López) y un “perseguido anhelo” que se alza sobre el “más hondo desconsuelo” (Argüelles Bringas).

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El mensaje es claro: la batalla se libra desde la rebeldía creadora, y la tribu va en contra de la dictadura positivista, organizando instituciones alternativas. “¡Momias a vuestros sepulcros! ¡Abrid el paso! ¡Vamos hacia el porvenir!”, dirá la proclama firmada un año después, en abril de 1907, cuando los muchachos encabecen un escándalo contra la segunda Revista Azul, que atacaba precisamente las libertades de la poesía procedente de Manuel Gutiérrez Nájera, y tomen las calles enarbolando la bandera del arte libre.
 

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05

¿Cuántos se quedaron en el camino?, se pregunta en 1913, lleno de tristeza, Rafael López. Alfonso Cravioto, “tan joven y tan junior”, se casa a los pocos meses y sale en viaje de bodas rumbo a Europa, donde permanecerá un año. Mientras Gómez Robelo traduce a Poe y Manuel de la Parra escribe un cuento extraordinario (“El trasunto”), el director hace poemas sobre el océano, escribe crónicas desde la Coruña y envía su primera nota desde Francia. La revista queda en manos de los amigos. Los más activos, Rafael López, Gómez Robelo, Manuel de la Parra y Argüelles Bringas. En ausencia del director debutan los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña, y se organiza un banquete en honor del propio Rafael López, quien acaba de recibir la encomienda de declamar su “Oda a Juárez” ante la tumba del prócer, en la ceremonia oficial por el aniversario de su muerte.Sin el financiamiento de Cravioto, ante el fracaso comercial que impide sufragar su alto costo en buen cuché, la revista dura sólo cinco números y desaparece en julio de 1906 (Miguel Capistrán asegura que existe un sexto número, perdido).

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El grupo, formado por los dos géneros de escritores, los que escriben y los que no escriben, se refugia en el taller de Acevedo y comienza a manifestarse por vías extraeditoriales: marcha en defensa de Gutiérrez Nájera, funda una Sociedad de Conferencias para seguir teniendo trato directo con el público, vuelve a marchar en 1908 en defensa de la obra liberal de Gabino Barreda, que aunque positivista, estaba siendo atacado por católicos y consevadores, y da de ese modo la primera señal de una conciencia pública emancipada del régimen. “No es inexacto decir que allí amanecía la Revolución”, escribirá Reyes.
A fines de 1909, verificada ya la incorporación de José Vasconcelos, Julio Torri y Martín Luis Guzmán, los jóvenes fundan el Ateneo de la Juventud, lo transforman en el Ateneo de México, abren la Universidad Popular y finalmente se disgregan tras el cuartelazo de Huerta. Savia Moderna tiene la duración de una rosa.

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Alfonso Cravioto, que redactará la Constitución de 1917, va a ser encarcelado por el dictador. Con el tiempo seguirá los pasos de su padre, abandonará la poesía y se inclinará por la estética. Jamás llegará a escribir “todas sus invenciones y ocurrencias”. Rafael López aceptará un puesto en el gobierno de Huerta y a la caída de éste se verá odiado y perseguido: para seguir viviendo tendrá que firmar durante años con el anagrama de “Lázaro P. Feel”. Considerado por Tablada como uno de los mejores poetas de México, pasará sus días finales en el olvido; dejará sólo un par de libros, y un “Canto a la Bandera” que todos los lunes siguen entonando los niños de México. Hoy nadie lo recuerda. Reyes rescatará parte de su obra dispersa en 1957, y Serge I. Zäitzeff reúnirá sus poemas y crónicas en 1973.
Roberto Argüelles Bringas será el primero en caer. Después de ocupar puestos penumbrosos en el zapatismo, va a ser perseguido por los triunfadores y sucumbirá de fiebre tifoidea en 1915. Sin haber publicado un solo libro, y sin que se conozca en realidad su obra, durante algunos años gozará de prestigio entre los lectores más exigentes. A él también habrán de cubrirlo las sombras del olvido. Luis Castillo Ledón pedirá insistentemente que se recoja su obra, pero nadie llevará a cabo el proyecto. Zäitzeff lo hace medio siglo después, levantando de manos de su hijo varios poemas inéditos.Tres años más tarde, caerá Jesús T. Acevedo. Alfonso Reyes se lamenta en Pasado inmediato porque no van a poderse recoger jamás sus charlas, sus promesas, sus atisbos. Sólo queda un volumen de “aquel escritor posible” que en 1910 inició una cruzada en favor de la transformación de la arquitectura nacional. Luis Castillo Ledón, al igual que su amigo Cravioto, abandonará la lira para especializarse en la historia e incursionar en política. Gobernador de su estado por breve tiempo, va a dirigir durante años el Museo Nacional. Un destino más sosegado que el del diabólico Rodión, que en 1909 tomará partido por la candidatura de Ramón Corral, y no por la del padre de su amigo Alfonso —el general Bernardo Reyes—, y que en 1913 terminará sirviendo oscuramente en el gobierno de Huerta, lo que habrá de costarle el destierro.

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Gómez Robelo regresa al país en 1921, convertido en un crepúsculo del porfiriato. Viene enfermo de alcoholismo, y de una pasión que le devora las entrañas: la fotógrafa italiana Tina Modotti. El trueno de la Revolución ha sofocado los diálogos de aquella generación que agarrada de una tabla se ha dispersado por el mundo. Muchos de ellos no se perdonan. La sacudida que dieron se ha dejado sentir, como acota Reyes, en profundidades muy otras. Savia Moderna, rosa de la juventud a la que cantaba López, les explotó en las manos. ¿Cuántos quedaron en el camino?
Por influjo de Vasconcelos, Rodión dirige el Departamento de Bellas Artes. Ya no existen “las noches dedicadas al genio, por las calles de quietud admirable, o en la biblioteca de Antonio Caso”, en la que presidía un busto de Goethe en donde los muchachos del grupo colgaban sus sombreros.

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Gómez Robelo se ha convertido en una sombra que habita una casa en San Ángel, y escribe maquinazos, y sufre por Modotti. En el sexto piso de La Palestina ya no hay nada, o habrá alguna otra cosa.
La muerte lo sorprende a mediados de 1924. Los periódicos no le dedican una línea. En 1980, el Fondo de Cultura hace la edición facsimilar de los cinco números de Savia Moderna, pero la historia de esta revista, y de los muchachos que hace un siglo transformaron la vida intelectual de México, aún no ha sido escrita.

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De Mauleón. Su libro más reciente es Como nada en el mundo (Joaquín Mortiz, 2006).

Articulo: El Universal.com.mx – Confabulio 

A leer:

http://www.filosofia.org/ave/001/a249.htm 

http://redescolar.ilce.edu.mx/redescolar/publicaciones/publi_quepaso/antonio_caso.htm 

http://www.eluniversal.com.mx/graficos/confabulario/29-enero-05.htm 

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Jonathan LITTELL

Jonathan LITTELL

  

La lengua ajena 

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El norteamericano Jonathan Littell, que el lunes último ganó el Premio Goncourt, utiliza el francés como lengua de expresión literaria; en el siguiente artículo, Dominique Fernandez se pregunta qué llevó a tantos autores a adoptar ese idioma y analiza Les Bienveillantes, la polémica obra galardonada, que se mete en la piel de un nazi El término "francofonía", en el sentido de "movimiento a favor de la lengua francesa en el mundo", sólo apareció hacia 1960. El vocablo se ha vuelto ora elogioso (felicitamos a quienes, sin ser franceses, usan nuestro idioma), ora peyorativo: Francia perpetúa una especie de neocolonialismo.

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En realidad, el idioma francés no pertenece a los franceses. Hasta podría decirse que no se reduce a la sintaxis y el vocabulario nacionales, dada su fenomenal aptitud para incorporar palabras extranjeras. Escuchemos a Anna Moï, una novelista vietnamita que escribe en francés, en su "Lettre d une francophone aux indigènes de France":
"Francia es uno de los pocos países, si no el único, donde el idioma y la etimología dan pie a tantos coloquios y debates apasionados. ¡Tantos sedimentos contribuyeron a enriquecer el vocabulario! [...] El francés no se contenta con integrar un glosario internacional: como idioma de transcripción, restituye la memoria universal por medio de una larga tradición enriquecida por eruditos y escribas. Ellos registraron la historia y la cultura de Francia y de Europa en general, así como las de territorios visitados por sus escritores viajeros y anexados por sus guerras. Las tradiciones de los pueblos de Vietnam (los vietnamitas y las minorías étnicas: bahnar, jarai, h mong, etc.) fueron descritas con mucha mayor amplitud en francés que en vietnamita".

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A partir del siglo XVI, [...] el italiano y el español invadieron al francés. En 1635 se fundó la Academia Francesa, en parte, para resistir esta contaminación del idioma por los extranjerismos. Para depurarlo editando un diccionario y una gramática, establecer lo que llegaría a ser el francés clásico y eliminar la desviación hacia el barroquismo italiano y español. Desde entonces, en Francia, se libra un combate entre dos ambiciones contradictorias del francés: por un lado, la economía léxica y gramatical (Racine, Pascal, La Bruyère, Voltaire); por el otro, el enriquecimiento de esta lengua básica con aportes externos.

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El primer intento de enriquecimiento fue el Diccionario universal de Antoine Furetière -acto de rebeldía de un académico contra el purismo de sus colegas- publicado en 1690, dos años después de la muerte de su autor. Incorporaba al francés vocablos tomados de técnicas y oficios, de la caza, la agricultura, la zoología, así como giros arcaicos, populares y proverbiales. Los defensores de la "pureza" se escandalizaron a tal punto que, en 1685, excluyeron a Furetière de la Academia Francesa.

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Esto no disuadió en absoluto a los extranjeros: siguieron adueñándose del francés y usándolo a su modo, o sea, en una forma enriquecedora e incorrecta. En el siglo XVIII hubo dos ejemplos espléndidos: el Manuscrito encontrado en Zaragoza , del polaco Jan Potocki, y, sobre todo, la Historia de mi vida , del veneciano Giacomo Casanova, una novela magnífica aderezada con sabrosos italianismos. La contraofensiva purista fue inmediata: el primer editor de Casanova le encargó a un profesor francés, Laforgue, que "limpiara" el manuscrito de sus descripciones demasiado subidas de tono y sus "errores" gramaticales. La versión auténtica -incorrecta, por cierto, pero de mayor valor literario- sólo se publicó en 1960.

Este episodio fue una nueva muestra de la guerra entre puristas y amalgamadores. [...]

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La guerra va más allá de los problemas del idioma: se extiende hasta el reino de la imaginación. En el siglo XIX, Alexandre Dumas utiliza el francés clásico, pero su técnica novelística no lo es. Dumas, nieto de una esclava negra de Santo Domingo, es el primer escritor "francófono", en el sentido moderno de la palabra. Elige el francés para escribir sus novelas, pero aporta a la novela francesa una dimensión lúdica y épica ajena a su tradición. La imaginación desbordada, la alegría, la vitalidad exuberante, la facundia inagotable, todo eso no le viene de su madre francesa, sino de su padre de tez morena: el general Dumas, hijo de esclava, descendiente de africanos llevados a América. [...] El liceo y la universidad excluyen a Dumas de sus programas; nunca lo estudian, so pretexto de que es un simple entretenedor, un autor para adolescentes, cuando el fondo de la cuestión es otro: no lo perciben como alguien completamente francés.

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La atracción de los escritores extranjeros por el francés experimentó una aceleración fulminante en el siglo XX. El rumano Panaït Istrati, nacido en los confines entre Rumania y Moldavia, introduce en la novela francesa la libertad y el sabor de los narradores orientales, mientras que la rusa Irène Nemirovski le inyecta el encanto eslavo y el norteamericano Julien Green envuelve sus relatos en una atmósfera misteriosa. Los tres emplean un lenguaje pulido; los tres procuran introducirse furtivamente en la más pura tradición del francés. [...]

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Después de la guerra, la francofonía adquiere un sentido más político. Al principio, reúne a escritores salidos de las antiguas colonias francesas (el Maghreb, el Africa Negra) y de territorios que siguieron siendo franceses (Martinica, Guadalupe). Simultáneamente con su acceso a la libertad, los africanos se inician en la escritura; utilizan el francés, pero para dar forma a su cultura. Lépold Sédar Senghor resumió esta paradoja en su célebre frase: "Escribo en francés, pero pienso en africano". Los escritores caribeños, mantenidos bajo el dominio político de Francia, echan mano a un recurso más drástico para manifestar su independencia. Siguen usando el francés, pero lo trufan con localismos, lo trituran y maltratan para diferenciarlo al máximo del francés de la metrópoli. Así reafirman su identidad. El ejemplo más brillante es Patrick Chamoiseau. En su novela Texaco , una anciana analfabeta narra un siglo y medio de historia de la Martinica, en un estilo épico y popular que entremezcla el francés y el criollo. [...]

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Haití es un caso aparte. Hace dos siglos, la antigua colonia francesa de Santo Domingo se rebeló y en 1804 conquistó su independencia. Así pues, sus escritores no necesitaron forzar el idioma para señalar que no eran franceses. Por el contrario, se esmeraron por expresarse en una lengua pura, apenas salpicada de algún que otro criollismo. Su originalidad no radica en las distorsiones léxicas y gramaticales, sino en la fantasía de su imaginario. Y creo que aquí llegamos a lo más preciado de la francofonía: la expansión del universo afectivo y mental. [...]

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Lo mismo cabría decir de los escritores que no son oriundos de países donde el francés se enseñaba y era el idioma oficial, sino de tierras en las que éste jamás penetró o lo hizo muy parcialmente. Ellos renuevan la literatura francesa por su concepción del mundo, ajena al modo de pensar francés, más que por su elaboración del idioma que, aunque notable, es mucho menos espectacular que la de los escritores africanos.

Con posterioridad a 1945, un número relativamente alto de grandes escritores extranjeros -y me refiero a los muy grandes- eligieron el francés para expresarse. El irlandés Samuel Beckett escribía en inglés, pero luego, para sus obras maestras, se pasó al francés. Un francés parco, minimalista, áspero hasta la desnudez y terriblemente eficaz para traducir la desolada absurdidad de un universo sin esperanza. [...] ¿Por qué eligió el francés? ¿Fue acaso porque creyó que "distanciándose" de su lengua materna podría alcanzar mejor el núcleo ontológico de unas vidas reducidas al grado cero de la existencia?

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La respuesta es incierta. En cambio, en otros escritores que trocaron su lengua materna por el francés, se capta mejor la causa de este viraje. Pienso en Héctor Bianciotti, nacido en la Argentina bajo la dictadura de Perón, de padres piamonteses que le prohibieron hablar en italiano, le impusieron el español y quisieron que se dedicara al pastoreo. Leyendo a Paul Valéry, el joven descubrió un tercer idioma que le ofrecía la posibilidad de evadirse. Se propuso llegar a ser un escritor francés y lo logró, con la dicha y el éxito conocidos.

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El francés se impondrá a otros escritores francófonos como un "idioma refugio", por razones inicialmente políticas. En 1975, el checo Milan Kundera, disidente bajo la dictadura comunista, se ve obligado a exiliarse. Se radica en Francia y comprueba que sus libros han sido pésimamente traducidos al francés. Adopta la nacionalidad francesa y decide escribir directamente en francés. Los primeros libros adolecen de una escritura bastante pobre. Después, adquiere el pleno dominio del idioma y, en 2003, publica La ignorancia , un hermoso libro, pero también una metáfora de los problemas en torno a la nacionalidad y la lengua materna. [...]

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El ruso Andrei Makine es otro ejemplo de trasplante lingüístico. En 1987 desembarca en Francia huyendo de la Unión Soviética. Para consumar este alejamiento y desarraigo, escribe sus libros en francés. Los editores rechazan sus novelas; el Estado le niega la naturalización. Makine dice que sus obras son traducciones del ruso: así, tal vez lo tomen en serio. Como le piden que presente los originales, las traduce al ruso. Finalmente, cuando ya va por el cuarto libro publicado, puede revelar su secreto. Ese libro es El testamento francés, le vale el Premio Goncourt y, a remolque, la naturalización. Para este extranjero arrancado de su tierra por la violencia de la Historia, la segunda patria no ha sido Francia, sino su idioma, transmitido por su abuela francesa, Charlotte Lemonnier. [...]

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¿Qué vinieron a hacer en Francia Héctor Bianciotti, Milan Kundera o Andrei Makine? En cierto modo, vinieron a tomar posesión de su herencia. Sólo el idioma francés pudo salvar en ellos el alma argentina, el alma checa, el alma rusa. Sin él, se habrían marchitado o se habrían visto constreñidos a guardar silencio en su pampa, sus bosques sombríos, su estepa helada. En Francia encontraron la luz, la calidez y la libertad necesarias para la creación. Fugitivos, errantes, sin domicilio fijo, se enriquecieron con un tesoro que había alimentado sus sueños, antes de nutrir su obra. Pero, al recibirlo de Francia, incrementaron ese tesoro y luego, lo devolvieron a los franceses considerablemente acrecido. El imaginario de los franceses se enriqueció con horizontes hasta entonces ignotos. Descubrieron las pampas americanas, los bosques de Europa Central y la estepa rusa. Sintieron cómo la fuerza inspiradora de los grandes espacios atravesaba y expandía hasta el infinito el territorio -un tanto estrecho, con excesiva frecuencia- de la novela francesa tradicional o experimental.

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El último retoño de la francofonía, completamente inesperado, vino de Estados Unidos. El caso de Jonathan Littell no se explica, pues, por razones políticas ni por la necesidad de exiliarse. Este joven norteamericano escribió directamente en francés una novela de casi mil páginas sobre un tema a primera vista desconcertante: la autobiografía imaginaria de un oficial alemán de la Segunda Guerra Mundial, un nazi y encima miembro de la SS.

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La apuesta era enorme: meterse en la piel de un profesional del horror y relatar, desde su punto de vista, el exterminio de los judíos. El que ese tal Max Aue, doctorado en derecho, repita más de una vez "soy un hombre como usted" y "perdóneme, pero lo inhumano no existe", no debería llevarnos a la conclusión de que el autor intentó rehabilitar a los bárbaros. Sería un caso tan difícil de demostrar como el del film La caída , acusado por todas partes de presentar un Hitler más "humano". Littell escribió una novela, esto es, intentó presentar desde adentro lo que había podido pasar en la mente de un individuo que no era bestial, antes de convertirse en agente activo del Holocausto.

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Su protagonista es un hombre culto. En las campañas de Ucrania y Georgia, evoca a Chejov en Yalta y a Lermontov en el Cáucaso. Adora a Rameau, a quien interpreta en piano y coloca a la misma altura que Bach. En Berlín, conoce a Jünger. En París, a Rebatet y Brasillach, de quienes traza retratos muy acertados. Durante la debacle de la Wehrmacht , lee La educación sentimental en francés. Homosexual, el único motivo de su ingreso en la SS es evitar una condena por inmoralidad. Es valiente y lo demuestra en la batalla de Stalingrado. Con todo esto en su haber, participa en la matanza de judíos en Kiev, supervisa la organización de Auschwitz y, en forma incesante, quiere justificar sus actos. Es allí, en sus alegatos, donde no debemos olvidar que Littell procura restablecer la verdad interior y comprender las motivaciones de su personaje, sin asumirlas en lo más mínimo.

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Aue dice obsesionarse por lo Absoluto, largamente representado por Dios y, después, por la Nación, un concepto tan abstracto como la idea de Dios. Lo Absoluto ha encontrado, por fin, sus raíces.
"El nacionalsocialismo alemán ha querido anclarlo en el Volk [pueblo, nación], una realidad histórica: el Volk es soberano y el Führer expresa, representa o encarna esta soberanía." Y prosigue su razonamiento: el verdugo de los campos de concentración, como hombre, al principio se horroriza de lo que hace; para llevar a cabo su obra con pleno conocimiento de causa, debe interiorizar la Ley que lo obliga a matar. Otra explicación del genocidio -que, por lo demás, no tiene "ninguna utilidad económica o política"- es que al establecer un vínculo entre quienes participan en él e impedirles definitivamente volver atrás, aglutina a Alemania en un inmenso sacrificio ritual. Estas frases escalofriantes suscitarán un debate que, a su vez, sólo será y se mantendrá honesto si ve en ellas los elementos de una psicología del nazi.

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Hay otros temas controversiales. El paralelo entre nazis y soviéticos: aquellos reservan para la raza el concepto de pureza que éstos aplican a la clase. La idea de que, de haber triunfado los alemanes, habrían pasado por criminales los rusos, y aun los norteamericanos y los ingleses. Pero yo no querría hacerles creer que las apostillas teóricas quitan fluidez e interés al relato. Abundan los episodios novelescos: por ejemplo, la muerte extraordinariamente digna del viejo sabio judío, un checheno, a quien los alemanes hacen cavar su tumba antes de fusilarlo. Como en toda gran novela, hay una imbricación de la vida pública y la privada que en ningún momento aburre al lector.

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Queda un interrogante: ¿por qué este joven norteamericano prefirió escribir su libro en francés, antes que en inglés? Dejemos a un lado los motivos personales que, por ahora, ignoramos. El francés, antiguo idioma universal, es tenido por el más analítico, racional y preciso de todos, fino y acerado como un escalpelo. ¿Habrá sido para Littell un medio de distanciarse de una realidad demasiado monstruosa para afrontarla en su lengua materna?

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© Dominique Fernandez Traducción: Zoraida J. Valcárcel

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El héroe nazi de Jonathan Littell

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"Una venenosa flor del mal". Así definió Claude Lanzmann, el director de Shoah , el caso literario más resonante de la temporada literaria francesa . Les Bienveillantes ("Las benevolentes" o "Las Furias") de Jonathan Littell, primera novela del escritor norteamericano de 39 años, de origen judío-polaco, ya vendió trescientos mil ejemplares, antes de obtener el Premio Goncourt. Se trata de un volumen de 912 páginas, publicado por Gallimard, donde se narra el Holocausto por medio de las confesiones de un oficial de las SS (Max Aue), una reconstrucción bastante minuciosa del exterminio y de la transformación de un intelectual refinado en un técnico del horror.

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"Pensaba vender como mucho treinta mil ejemplares", dijo hace un tiempo el autor. En cambio, el libro se convirtió de repente en best seller y obtuvo el Goncourt, el más prestigioso de los premios franceses. El triunfo de Littell ha recibido objeciones de Lanzmann y de algunos críticos (pocos, de todos modos, en comparación con el generalizado coro de elogios), que definieron como "peligrosa" la idea de hacer de un nazi un héroe de novela, o que objetaron como ridícula cierta parte de la trama (el amor incestuoso del protagonista por las dos hermanas y el matricidio).

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Hubo un libro anterior de Littell, Bad Voltage , de 1989, relato cyberpunk), que escribió por encargo para ganar dinero. El novelista no lo considera parte de su obra que, en verdad, comienza con el éxito de Les Bienveillantes . Littel escribió esta novela en un año y medio, pero tuvo la idea de su libro cuando aún no había cumplido los veinticinco años.

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Durante un período bastante prolongado, el escritor se consagró a tareas humanitarias en distintas ciudades y países conflictivos del mundo. Estuvo, por ejemplo, en el sitio de Sarajevo y también en Asia Central, en el Cáucaso.

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Con frecuencia se le ha reprochado a Littel que el héroe de su narración sea un nazi. El autor explica el asunto con claridad:
"Plantear la cuestión del genocidio es plantear la cuestión de los alemanes. Y las víctimas no sirven para aclarar por qué y cómo se produjo esa matanza. Por eso le di la palabra a un nazi".

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En la ceremonia de premiación del Goncourt, en París, Jonathan, hijo del periodista y escritor Robert Littell, no estaba. Su ausencia no dejó de desencadenar de inmediato conjeturas y rumores:
"Nada de falta de respeto hacia el jurado", dijo el editor. "Jonathan está contento, pero para él la literatura no es nunca espectáculo". Por eso, Littell, se quedó en Barcelona, donde vive desde hace tiempo. Y, en apariencia, ni siquiera ha festejado el hecho de ser el primer norteamericano que ganó el Goncourt. Pero la ausencia, más o menos estudiada, en la mesa de entrega de la distinción ya sirvió para encender los intereses de posibles editores (lo único seguro hasta ahora es que Les Bienveillantes se publicará en los Estados Unidos en 2008 con el sello Harpers Collins y el título probable de The Kindly Ones . Por otra parte Littell, sabiamente, sólo concedió a Gallimard los derechos de la versión francesa y se reservó para sí los de todas las otras ediciones en otras lenguas.


Stefano Bucci © Corriere della sera

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NADAR/Marcelo SOMARRIVA

NADAR/Marcelo SOMARRIVA

 

Nadar en la bohemia

Por Marcelo SOMARRIVA 

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Las fotos de Nadar conservan, después de más de un siglo, un misterioso poder de encantamiento, que puede ponerse a prueba en la exposición que acaba de inaugurarse en el Museo de Bellas Artes y que permanecerá abierta hasta el 3 de diciembre. 

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El fotógrafo Nadar decía que tenía cinco mil amigos entre los artistas e intelectuales más destacados del París de mediados del siglo XIX. Aun cuando pueda tratarse de una exageración, Nadar pasó a la historia como el autor de una galería de retratos de mentes brillantes provenientes de ese montón de amigos. Lo curioso es que estas fotos fueron tomadas en un período de trabajo que no pasó de los seis años, bastante poco tiempo en medio de una vida tan exagerada y ajetreada como la suya. Tampoco basta con tener amigos ilustres para pasar a la historia, las fotos de Nadar conservan después de más de un siglo un misterioso halo de encantamiento, que puede ponerse a prueba en la exposición que acaba de inaugurarse en el Museo de Bellas Artes y que permanecerá abierta hasta el 3 de diciembre.

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Gaspar-Félix Tournachon nació en París en 1820 y pasó su infancia en Lyon. Pertenecía a lo que podría llamarse una burguesía intelectual de provincias y su padre tenía grandes planes para él. Lo matricularon en la escuela de medicina, donde Félix se dedicó más a la literatura que a los estudios de anatomía. Hasta que su padre quebró y Félix, sin la menor pena, tuvo que dejar sus aportillados estudios y se puso a buscar un medio para ganarse la vida. Se le ocurrió -con poco tacto- que una buena forma de hacerlo sería dedicándose a la literatura. Regresó a París a los 18 años, con un flamante seudónimo, "Nadar", y serias intenciones de tomarse la ciudad por asalto a punta de pequeños artículos periodísticos. Era uno más de entre los millares de jóvenes provincianos que llegaban a la capitalcon idénticos propósitos. Pero él, tenía algunos contactos; su tío el caricaturista Gavarni, colaborador del célebre diario satírico "Le Charivari", lo impulsó a probar suerte en la caricatura, una ocupación de moda en esos años y Nadar comenzó a dibujar, mientras escribía artículos y novelas y estudiaba pintura. Se integró a un lote de jóvenes de su edad que vivían en pobres pensiones y buhardillas del Barrio Latino, por esos años un rincón periférico y mal iluminado, con calles estrechas y cafés baratos. Algunos de sus colegas eran los escritores Champfleury y Henri Murger; este último, autor de una famosísima serie de artículos que más tarde reunió bajo el título de "Escenas de la vida Bohemia", un libro que instauró y consolidó el mito dorado de la bohemia, causando estragos en generaciones de jóvenes de todo el mundo. Esta bohemia o "proletariado intelectual" tenía diversos estratos, y a Nadar y a sus amigos podía encontrárseles en la planta más baja.

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Buitre cultural

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Su proyecto de enriquecerse marchaba lento, pero Nadar no pasaba inadvertido. Como escribió John Updike, el hombre no sólo era bastante alto y tenía una abundante melena roja, sino que además era extremadamente sociable. Fue el rey sin corona del autobombo y un entusiasta natural que se matriculaba con la mayor alegría en cualquier clase de proyecto. El joven ambicioso no sólo oficiaba de artista, sino que también se convirtió en un "buitre cultural", un coleccionista de cabezas prominentes. Nadar tenía a sus pies a lo mejor de la intelectualidad francesa gracias a su natural simpatía y a su tan raro como genuino talento para admirar y celebrar los méritos ajenos.

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La personalidad explosiva de Nadar y su exagerado tren de vida no tardaron en pasarle la cuenta, hasta que un amigo le anunció que alguien vendía un equipo fotográfico completo por pocos francos. Nadar lo compró e instaló un estudio fotográfico en el boulevard des Capucines a cargo del imbécil de su hermano, quien no tardó en llevar el promisorio negocio a un estado terminal. Nadar tuvo que entrar a levantarlo, y de la noche a la mañana se vio convertido en fotógrafo. Había empezado practicando en su casa, utilizando su jardín como estudio y a sus amigos artistas e intelectuales como modelos. Se tomaba su tiempo para cada sesión. Cuidaba la iluminación. Como él mismo escribió, el "sentido de la luz" y
"la apreciación artística de los efectos producidos por la variación y la combinación de las fuentes de luz" eran asuntos que no podían aprenderse en un cursillo rápido, sino que eran parte de sus dones de artista.

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Por su estudio comenzó a desfilar la crema artística e intelectual parisina. Cabezas brillantes como Delacroix, Doré, Saint Beuve, Baudelaire y hasta Bakunin se sentaron pacientemente ante su cámara. Todos ellos miembros de esa legión de amigos por quienes sentía una cercanía espiritual que para él fue la clave de lo que llamó "el parecido íntimo", que logró en sus fotos y que se distinguía de cualquier "
reproducción plástica indiferente, banal y fortuita, al alcance de cualquier simple ayudante de laboratorio". Gisèle Freund advirtió que Nadar "fue el primero en redescubrir el rostro humano por medio del aparato fotográfico". Según esta escritora y fotógrafa Nadar representó la expresión esencial de la persona a través de su rostro sin retoques usar y ni elementos decorativos, como muebles o tapices. Sólo les pedía a sus modelos paciencia y que mantuvieran una expresión serena -en lugar de hacer las muecas teatrales que estaban en boga-. Lo que no podía pedirle a sus amigos era plata. Entonces ¿Dónde estaba el negocio? Detrás de su galería de bohemios célebres, había una estrategia comercial. Los artistas e intelectuales, ayer y hoy, han sido objeto de deseo y un medio de distinción social y Nadar vendía bohemia como cuchuflíes, a quienes estuvieran dispuestas a ser diferentes. Entre 1855 y 1860 Nadar vivió su esplendor. Le compró a su hermano su parte del estudio y amplió sus dependencias. En la fachada puso su firma alumbrada con gas y el negocio comenzó a llenarse de ciudadanos parisinos anhelantes de ser inmortalizados por el maestro de la bohemia. Cobraba cien francos por retrato pero esta clientela burguesa lo aburría y dejó el trabajo en manos de sus asistentes.

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La vida en globo

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El auge de la fotografía coincidió en París con el esplendor de los globos aerostáticos. Los hermanos Godard tenían a la ciudad sin aliento, y con el cuello torcido, gracias a sus proezas áereas y Nadar sucumbió ante esta fiebre. Se propuso llevar su cámara a los cielos, pero sus primeros intentos de foto aerostática fracasaron. Recién en la primavera de 1856 pudo sorprender al público con sus primeras vistas aéreas. El entusiasmo de Nadar se infló tanto, que se mandó a construir un globo con una hélice y 20 kilómetros de seda. Era el globo más grande del mundo y lo llamó "El Gigante", y el 4 de octubre de 1863, todo París fue a presenciar el acontecimiento que fue un fracaso. El 18 de octubre Nadar volvió a la carga, esta vez acompañado por su mujer y un grupo de amigos. El globo voló hasta Hanover, donde aterrizó tan mal, que por un pelo no murieron todos. Pero siguió intentándolo, hasta que sus esfuerzos por hacer volar a su armatoste le consumieron toda su fortuna.

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Nadar volvió a ser pobre y volvió a su oficio más pedestre de fotógrafo de estudio y a retratar a la interminable fila de arribistas. Pero esta vez no tuvo escrúpulos para satisfacerlos con retoques y otras gentilezas. El estudio adquirió dimensiones industriales, pero el maestro siguió ligado a las nuevas tendencias. En 1874, en una parte de su estudio se presentó la primera exposición impresionista, y un año antes de su muerte en 1910, le envió un telegrama de saludo al piloto Louis Blériot que había cruzado el Canal de la Mancha.

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Cuando Nadar tomaba sus fotos estaba plenamente consciente de ser un artista. Para él la foto era sólo un medio. No imitaba a la pintura; sólo hacía retratos.

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Daumier hizo una caricatura muy cómica de Nadar tomando fotos desde su globo sobre París. Al pie del dibujo se lee la frase
"Nadar elevando la fotografía al nivel del arte", y la caricatura está llena de sutiles ironías. Daumier se burla de los objetivos artísticos y las fanfarronadas aerostáticas de su amigo fotógrafo. París es un hormiguero de estudios de fotógrafos y el canastillo del globo de Nadar lleva impresa la firma del artista, la misma que puede verse escrita con mano temblorosa en algunas de sus fotos y que adornaba con un destello de luz de gas las ventanas de su estudio. 

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Y ingenio inquieto

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Nadar fue el primero en tomar fotos con luz artificial y en 1866 tomó fotos de las catacumbas y las cloacas de París. También patentó su invento de tomar fotografías aéreas, que le pareció interesante al ejército. Durante la guerra franco prusiana, cuando las fuerzas alemanas sitiaron París, Nadar fue nombrado comandante de una compañía aerostática para seguir los movimientos del enemigo desde su globo y en lo posible tomar fotos.
  

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Articulo: elmercurio.com

A consultar:

http://usuarios.lycos.es/luniorni/newpage2.html 

http://es.wikipedia.org/wiki/Gaspard-F%C3%A9lix_Tournachon

http://www.fotorevista.com.ar/Maestros/Maestros.htm

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A la Feria del libro, México

A la Feria del libro, México

 

Regalan libros de Toni Morrison, Nobel de Literatura, en Viena 

Con motivo de la 59 feria del libro en la capital austríaca dan ejemplares de Ojos azules, debut novelístico de la autora estadounidense  

El ayuntamiento de Viena regala a partir de hoy 100.000 libros de la autora estadounidense y premio Nobel de literatura Toni Morrison, con motivo de la 59 feria del libro en la capital austríaca.

El libro que se regala en la iniciativa "Un libro.Una Ciudad" es el debut novelístico de Morrison, titulado Ojos azules (1970).

La feria del libro, emplazada en el Ayuntamiento neogotico de Viena, se inaugura mañana y se prolonga hasta el día 19 con la presencia de 149 editoriales alemanas y más de un centenar de actividades culturales.

Entre los autores invitados más destacados se encuentra el premio Nobel de Economía y ex economista jefe del Banco Mundial, el estadounidense Joseph Stiglitz, que presentará su última obra, Making Globalization Work.

Por el lado de los reconocimientos, será distinguido con el premio de honor de los libreros austríacos a Klaus Wagenbach, creador de la editorial alemana que lleva su apellido y autor de varios ensayos sobre el escritor Franz Kafka.

Este premio reconoce el compromiso y la tolerancia hacia otras lenguas y culturas y esta dotado con 7 mil 200 euros.

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Articulo : el Universal.mx.com

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