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Revista Literaria AZUL@RTE

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Philippe SOLLERS

Philippe SOLLERS

Philippe Sollers (Francia, 1936), escritor y filósofo francés, uno de los intelectuales más prestigiosos de la cultura europea contemporánea, es también autor de La escritura y la experiencia de los límites, Mujeres, El corazón absoluto, El secreto o Misterioso Mozart, entre otros muchos libros.

Fundador y principal impulsor de la revista de vanguardia Tel Quel. Nació en Burdeos, de verdadero nombre Philippe Joyaux, en el seno de una familia de la burguesía bordelesa. De madre católica tradicionalista y padre ateo antimilitarista, fue educado en los jesuitas, aunque después realizó estudios de comercio, que abandonó para dedicarse de lleno a la escritura.

Un primer relato, El desafío (1957), y luego una novela psicológica, Una curiosa soledad (1959), fueron destacados por François Mauriac y Aragon por su elegancia formal.

Otros títulos de Sollers son los ensayos Teoría de la excepción (1985), Improvisaciones (1991), La guerra del gusto (1994), El paraíso de Cézanne (1995), La palabra de Rimbaud (1999) y Elogio del infinito (2001), y las novelas Estudio (1997), Pasión fija (2000) y La estrella de los amantes (2002). Ha escrito también varias biografías, Casanova, el admirable (1998) y textos sobre arte.  

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Sinopsis del libro «Misterioso Mozart» de Philippe SOLLERS 

Este extraordinario recorrido mozartiano de Philippe Sollers comienza en París, en un taxi; el chofer asiático le ofrece poner música: Mozart, el Requiem, en una grabación de Karl Böhm de 1971. Entonces Sollers recuerda el ascensor de un hotel en Nueva York: allí, dentro de esa pequeña cabina destinada sólo a subir y bajar, se escuchaba la Sinfonía Nº40 en sol menor; y en el contestador telefónico de la agencia de alquiler de autos, la Pequeña música nocturna. "Y así sucesivamente - constata Sollers -, Mozart está en todas partes, parece ser una industria permanente." Sin embargo, para Sollers esta omnipresencia encierra un enigma: "A diferencia de lo que habrían pensado durante el siglo XIX y gran parte del XX, Mozart es una esfera cuya circunferencia está en todos lados y el centro en ninguno". Sollers recorre el territorio mozartiano: Salzburgo, Viena, París; revela la correspondencia del músico, visita los museos dedicados al compositor, pero el resultado no es una biografía. Tampoco un tratado de musicología, a pesar de sus penetrantes análisis - por ejemplo, La flauta mágica -, ni un ensayo sociomusical sobre la recepción de Mozart en el mundo actual.   

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Elogio del infinito (fragmento)

"No es lo escrito lo que está amenazado hoy día, sino el sistema nervioso central capaz de utilizarlo. En realidad, la crisis se presenta primero al interior de las elites. Son los responsables de lo escrito quienes están en caída libre: sus propietarios, sus agentes de transmisión, su clero. Nada más fácil de verificar. Un cura, por ejemplo, ignora su Biblia. Un filósofo no sabe muy bien lo que Nietzsche o Hegel han dicho. Un crítico literario es incapaz de distinguir un libro bien escrito de un volumen repleto de clichés. Un escritor profesional, más o menos embrutecido por la vida convencional que lleva, se contenta con volver a publicar, salvo con algunas variantes, el mismo libro. Un poeta está satisfecho con que se lo llame de esa manera, pero se vería en la imposibilidad de recitar de memoria diez versos de Baudelaire. Un periodista, a fuerza de leer los diarios para volver a copiarlos, no descifra más que la disminuida escritura periodística. Un editor, obsesionado por la lista de las mejores ventas, se olvida de abrir un libro durante el fin de semana, como lo demandaría su oficio. Todo el mundo cree saber un poco sobre casi todo. La verdadera causa es la inmensa, la inconcebible pereza de los funcionarios culturales. Entiéndase: funcionarios, editores, escritores, periodistas. Están ahí, cómodos, atiborrados de buenos pensamientos y de sermones democráticos, sabiamente anti-intelectuales (ya que los intelectuales se han equivocado siempre), satisfechos de su avance social, arribados providencialmente, y decididos a que no se mueva nada. "  

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El Poder de la Palabra: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2589 

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Naguib MAHFUZ

Naguib MAHFUZ

  

A los 95 años, murió el Nobel de Literatura egipcio había sido premiado en 1988 y es el único escritor en lengua árabe en recibir ese galardón   

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EL CAIRO .- El escritor egipcio y Premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz falleció hoy en un hospital egipcio a los 95 años, informó la agencia egipcia de noticia, MENA.

Mahfuz murió en el hospital de la Policía de El Cairo, en el que había permanecido más de tres semanas en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Hace tres años, el narrador fue hospitalizado tras sufrir una repentina crisis cardíaca. Su salud comenzó a deteriorarse en 1994, tras el atentado sufrido con un cuchillo que le causó graves daños en la visión y la audición, así como la parálisis del brazo derecho. Desde el pasado 18 de julio permaneció internado en el Hospital de la Policía de Al Aguza, de El Cairo, donde hoy falleció.

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El mayor cronista del actual

Egipto. El único escritor en lengua árabe premiado con el Nobel de Literatura, Naguig Mahfuz, que recibió ese galardón en 1988, fue considerado por la crítica el mayor cronista del actual Egipto.

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Orígenes.

Mahfuz, el menor de siete hijos de un funcionario de bajo rango, adquirió un profundo conocimiento de la literatura medieval y arábiga mientras aún estudiaba el bachillerato. Una vez en la universidad, donde estudió filosofía, comenzó a escribir artículos para revistas especializadas. Con el fin de perfeccionar su inglés, tradujo al árabe la obra de James Baikie El antiguo Egipto, en 1932.

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"Por haber creado un arte narrativo árabe,

rico en matices ora claramente realistas,

ora evocadoramente ambiguos''.

Inicio en las letras.

Terminados sus estudios comenzó a escribir ficción y publicó más de 80 relatos en el curso de los seis años siguientes. Su colección Susurro de locura apareció en 1938. Mientras trabajaba en el Ministerio de Asuntos Religiosos, entre 1939 y 1954, publicó tres volúmenes de una proyectada serie de 40 novelas históricas ambientadas en el periodo faraónico. Posteriormente abandonó este proyecto y se dedicó a escribir novelas sobre temas sociales, al tiempo que escribió varios guiones para la industria cinematográfica de su país.

En el clima de cambio político que siguió al derrocamiento de la monarquía egipcia en 1952, su Trilogía de El Cairo, formada por Entre dos palacios (1956), La azucarera (1956) y Palacio del deseo (1957), obtuvo un gran éxito. La novela El callejón de los milagros (1947), una de sus más conocidas, fue llevada al cine por el director mexicano Jorge Fons (1995) aunque la ambientó en el México actual. La película obtuvo el Premio Goya.

En 1990 la obra repitió este éxito al ser traducida a otras lenguas europeas. Entre sus numerosas obras cabe destacar Chicos de Gebelawi (1959), El ladrón y los perros (1961) y Miramar (1967). A lo largo de su carrera Mahfuz experimentó con la técnica del monólogo interior y la literatura del absurdo. En 1988 recibió el Premio Nobel de Literatura.

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Prosa Midaq Alley (Zuqaq al-Midaq) de Naguib Mahfuz   

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Naguib Mahfuz :Palacio del deseo (fragmento)

"El señor Ahmad Abd el-Gawwad cerró la puerta tras de sí y atravesó el patio con pasos relajados, bajo la débil luz de las estrellas, mientras la contera de su bastón se clavaba en la tierra polvorienta cada vez que se apoyaba sobre él en su marcha tranquila. Esperaba con ansiedad, ya que su cuerpo estaba ardiendo, el agua fría con el que se lavaría la cara, la cabeza y el cuello, para mitigar –siquiera por un momento- el calor de julio y el fuego que abrasaba sus entrañas y su cabeza.
(...)


¿Qué haces? Quieres llenarte los ojos de ella, reconócelo. Quieres tener las dimensiones de su elástico cuerpo..., contemplar su sonrisa y su modo de bajar los párpados..., seguir las yemas de sus dedos teñidas con alheña. ¿Adónde va a parar todo esto? Nada de eso te había pasado nunca con las que la superaban en hermosura, en belleza y en renombre... Esto es doloroso, y más doloroso aún el que tú la quieras... No te mientas a ti mismo; tú la quieres hasta morir. "

 

Timbre   

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Sitios:

http://nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1988/mahfouz-bio.html 

http://es.wikipedia.org/wiki/Naguib_Mahfouz#Vida_y_obra

http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1973  

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"El arte debe ser gusto, diversión y alucinación" Naguib Mahfouz 

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TyCol/Terror & Cultura on line

TyCol/Terror & Cultura on line

 

TERROR & CULTURA ON LINE 

No somos movimiento, ni participación, ni religión - No somos anarquía - No somos manifiesto - No somos garantía, más que honestidad a ultranza - No somos individuos, tampoco colectivos - No somos terroristas, aunque a nos gustaría (en condicional permanente) - No somos cultos ni avanzados, pero masticamos nuestra propia carne - No somos activistas, mucho menos pacifistas - No somos hippies, ni punkyes, ni electrónicos - No somos virus, ni bacterias - No somos historiadores, ni filósofos, ni sociólogos, ni artistas de ninguna especie - No somos nada (en los funerales nos da tristeza y alegría) - No somos diferentes a los demás - No queremos sorprender - No queremos agradar - No queremos desagradar - No queremos cambiar el mundo - No proponemos nada nuevo, y ésta es nuestra disyuntiva principal, sin embargo seremos un aporte

Somos ideologizados, porque no hay manera de escaparle y porque nos gusta - Somos vagos, ebrios y drogadictos; por lo mismo, somos educados, brillantes, genios - Somos absoluta y rigurosamente anónimos - Amamos y buscamos la contradicción, mas no la incoherencia - Renegamos de naciones tan bastardas como Artile y Chile, Pturoa, Argentina, México y Bolivia, en donde recae el vicio de la impronta y la desidia, una y otra vez.
Nuestra pobre ironía es resuelta en detrimento, real-directa a veces, contraria-difusa otras - Queremos desplegar las alas de la libertad por lo que nos hemos visto obligados a ingresar en tu listado, en tu hogar, en tu cama y en tu cocina - Somos terrorismo cultural, como una arepa sólida, un taco sin relleno, o un comino indeseable dentro de un ceviche - Somos hambrientos y sedientos Somos una mierda.  

Somos TyCol *

E-mail : terroryculturaonline@yahoo.com

Blog personal : http://terroryculturaonline.blogspot.com/

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"La carta de Lord Chandos", por Hugo Von Hofmannsthal

Carta que Philip, lord Chandos, hijo menor del conde de Bach, escribió a Francis Bacon para disculparse ante este amigo por su renuncia total a la actividad literaria.

Es usted muy benévolo, mi apreciado amigo, en pasar por alto mi silencio de dos años y escribirme de este modo. Es más que benévolo al dar su preocupación por mí, a su extrañeza por el entumecimiento mental en que cree que estoy cayendo, la expresión de la ligereza y la broma que sólo dominan a los grandes hombres que están persuadidos de la peligrosidad de la vida, y sin embargo no se desaniman.

Concluye usted con el aforismo de Hipócrates: Qui gravi morbo correpti dolores non sentiunt, iis mens aeggrotat (Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja están mentalmente enfermos), y opina que necesito la medicina no sólo para dominar mi mal, sino más aun para aguzar mi mente para el estado de mi interior. Quisiera contestarle como le merece de mí, quisiera abrirme del todo a usted y no sé cómo proceder. (...) ¡Quién es el hombre para hacer planes!


Yo también jugué con otros planes. Su benévola carta también los resucita. Hinchados con una gota de mi sangre, revolotean todos ante mí como mosquitos tristes junto a un muro sombrío sobre el que ya no cae el sol luminoso de los días felices.


Quería descifrar como jeroglíficos de una sabiduría inagotable y secreta, cuyo hálito creía percibir a veces como detrás de un velo, las fábulas, los relatos míticos que nos han legado los antiguos y por los que sienten un gusto infinito e irreflexivo los pintores y escultores.


Recuerdo aquel proyecto. Se basaba en no sé qué placer sensual y espiritual: así como el ciervo acosado ansía sumergirse en el agua, ansiaba yo sumergirme en esos cuerpos rutilantes, desnudos, en esas sirenas y dríadas, en esos Narcisos y Proteos, Perseos y Acteones: desaparecer quería en ellos y hablar desde ellos con el don de las lenguas. Yo quería eso. Yo quería muchas cosas más. Pensaba reunir una colección de apotegmas, como la que recopiló Julio Cesar; usted recuerda la cita en una carta de Cicerón. Allí pensaba recoger las frases más curiosas que hubiese conseguido juntar en mis viajes a través del trato con los hombres sabios y las mujeres ingeniosas de nuestro tiempo o con gentes excepcionales del pueblo o personas cultas y notables; a ellas quería añadir hermosas sentencias y reflexiones de las obras de los antiguos y de los italianos, y todas las joyas intelectuales que encontrase en libros, manuscritos o conversaciones; además, la clasificación de fiestas y procesiones de especial belleza, crímenes y casos de demencia curiosos, la descripción de los edificios más grandes y singulares de los Países Bajos, Francia e Italia, y muchas cosas más. La obra entera se titularía Nosce te ipsum.


En pocas palabras: sumido en una especie de embriaguez, toda la existencia se me aparecía en aquella época como una gran unidad: entre el mundo espiritual y el mundo físico no veía ninguna contradicción, como tampoco entre la naturaleza cortesana y animal, el arte y la carencia de arte, la soledad y la compañía; en todo sentía la naturaleza, en las aberraciones de la locura tanto como en el refinamiento extremo del ceremonial español; en las torpezas de unos jóvenes campesinos no menos que en las dulces alegorías; en toda la naturaleza me sentía a mí mismo; cuando en mi cabaña de caza bebía de un cuenco de madera la leche espumeante y tibia que una mujeruca greñuda ordeñaba de las ubres de una hermosa vaca de ojos tiernos, aquello no era distinto cuando, sentado en el banco de la ventana de mi estudio, bebía de un infolio el alimento dulce y espumeante del espíritu. Una experiencia era como la otra; ninguna era inferior, ni en naturaleza sobrenatural y fantástica, ni en fuerza material, y eso se repetía a todo lo ancho de la vida, a un lado y a otro; por todas parte estaba yo justo en medio y jamás percibí en ello una mera apariencia; o intuía que todo era una metáfora y cada criatura una llave de la otra y sentía que sería afortunado quien fuese capaz de empuñar unas tras otras y abrir con ellas tantas de las otras como pudiese abrir. Hasta aquí se explica el título que pensaba dar a aquel libro enciclopédico.


Es posible que quien esté abierto a tales puntos de vista, crea que se debe al plan bien trazado de una providencia divina el hecho de que mi espíritu tuviese que caer desde una arrogancia tan hinchada a este extremo de pusilanimidad e impotencia que es ahora el estado permanente de mi interior. Pero tales apreciaciones religiosas no tienen ningún poder sobre mí; pertenecen a las telarañas por las que mis pensamientos pasan raudos al vacío, mientras tantos compañeros suyos se quedan atrapados allí y encuentran un descanso. Los misterios de la fe se me han condensado en una alegoría sublime que se tiende sobre los campos de mi vida como un arco iris, en una lejanía constante, siempre dispuesto a retroceder si se me ocurriese correr hacia él para envolverme en el borde de su manto.

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Francis BACON


Sin embargo, mi estimado amigo, también los conceptos terrenales se me escapan de la misma manera. ¿Cómo tratar de describirle esos extraños tormentos del espíritu, ese brusco retirarse de las ramas cargadas de frutos que cuelgan sobre mis manos extendidas, ese retroceder ante el agua murmurante que fluye ante mis labios sedientos? Mi caso es, en resumen, el siguiente: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa.

Al principio se me iba haciendo imposible comentar un tema profundo, o general, y emplear sin vacilar esas palabras de las que suelen servirse habitualmente todas las personas. Sentía un incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las palabras "espíritu", "alma", o "cuerpo". En mi fuero interno me resultaba imposible emitir un juicio sobre los asuntos de la corte, los acontecimientos del parlamento o lo que usted quiera. Y no por escrúpulos de ningún género, pues usted conoce mi franqueza rayana en la imprudencia, sino más bien porque las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como saetas mohosas. Me ocurrió que por una mentira infantil, de la que se había hecho culpable mi hija de cuatro años Katharina Pompilia, quise reprenderla y guiarla hacia la necesidad de ser siempre sincera y, al hacerlo, los conceptos que afluyeron a mis labios adquirieron de pronto un color tan cambiante y se confundieron de tal modo que, balbuciendo, terminé la frase lo mejor que pude como si me sintiese indispuesto y, de hecho, con la cara pálida y una violenta presión en la frente, dejé sola a la niña, cerré de golpe la puerta detrás de mí y no me repuse suficientemente hasta que di a caballo una buena galopada por el prado solitario.


Sin embargo, poco a poco se fue extendiendo esa tribulación como la herrumbre que corroe todo lo que tiene alrededor. Hasta en la conversación familiar y cotidiana se me volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad sonámbula, que tuve que dejar de participar en tales conversaciones. Una ira inexplicable, que a duras penas podía ocultar, me invadía cuando escuchaba frases como: este asunto ha terminado bien o mal para tal y tal; el sheriff N. es una mala persona, el predicador T. es un buen hombre; el aparcero M. es digno de compasión, sus hijos son un derrochadores; otro es digno de envidia porque sus hijas son hacendosas; una familia está prosperando, otra decayendo. Todo esto me parecía sumamente indemostrable, falso e inconsistente. Mi espíritu me obligaba a ver con una proximidad inquietante todas las cosas que aparecían en tales conversaciones: igual que en una ocasión había visto a través de un cristal de aumento un trozo de piel de mi dedo meñique que semejaba una llanura con surcos y cuevas, me ocurría ahora con las personas y sus actos. Ya no lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre. Todo se me desintegraba en partes, las partes otra vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar en un concepto. Las palabras aisladas flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin Cesar y a través de los cuales se llega al vacío.


Hice un esfuerzo por liberarme de ese estado refugiándome en el mundo espiritual de los antiguos. Evité a Platón; pues me aterraban los peligros de su vuelo metafórico. Sobre todo pensé en guiarme por los textos de Séneca y Cicerón. Esperaba curarme con esa armonía de conceptos limitados y ordenados. Pero no podía llegar hasta ellos. Comprendía esos conceptos: veía ascender ante mí su maravilloso juego con bolas doradas. Podía moverme a su alrededor y ver cómo jugaban entre sí; pero sólo se ocupaban de ellos mismos, y lo más profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido de su corro. Entre ellos me invadió una sensación terrible de soledad; me sentía como alguien que estuviese encerrado en un jardín lleno de estatuas sin ojos; huí de nuevo al exterior.


Desde entonces llevo una existencia que transcurre tan trivial e irreflexiva que usted, me temo, apenas podrá comprenderla; una existencia que, desde luego, apenas se diferencia de la de mis vecinos, mis parientes y la mayoría de los nobles terratenientes de este reino y que no está del todo exenta de momentos dichosos y estimulantes. No me resulta fácil explicarle a grandes rasgos en qué consisten esos buenos momentos; las palabras me vuelven a faltar. Pues es algo completamente innominado y probablemente apenas nominable lo que se me anuncia en tales momentos, llenando como un recipiente cualquier aparición de mi entorno cotidiano con un caudal desbordante de vida superior. No puedo esperar que me comprenda sin un ejemplo y debo pedirle indulgencia por la ridiculez de mis ejemplos. Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos, y los otros mil similares sobre los que suele vagar un ojo con natural indiferencia, puede de pronto adoptar para mí en cualquier momento, que de ningún modo soy capaz de propiciar, una singularidad sublime y conmovedora; para expresarla todas las palabras me aparecen demasiado pobres. Es más, también puede ser la idea determinada de un objeto ausente, a la que se depara la increíble opción de ser llenada hasta el borde con aquel caudal de sentimiento divino que crece suave y súbitamente. Así había dado yo recientemente la orden de echar abundante veneno a las ratas que había en los sótanos de una mis granjas. Partí a caballo hacia el atardecer y no pensé más en el asunto, como bien puede usted imaginar. Entonces, cuando voy cabalgando al paso por la profunda tierra arada, sin nada más grave a mi alrededor que una cría de codorniz espantada y a lo lejos, sobre los campos ondulados, el gran sol poniente, se abre de pronto a mi interior ese sótano lleno de la agonía de esa manada de ratas.
  Todo estaba dentro de mí: el aire fresco y lóbrego del sótano, saturado de olor fuerte y dulzón del veneno, y el eco de los chillidos de muerte que se estrellaban contra los muros enmohecidos; esas convulsiones apelotonadas de impotencia, de desesperaciones frenéticas; la búsqueda enloquecida de las salidas; la mirada fría de la cólera cuando coinciden dos ante la rendija taponada. Pero ¿por qué intento emplear de nuevo unas palabras de las que he renegado? ¿Recuerda, amigo mío, en Livio el maravilloso relato de Alba Longa? Cómo vagan sus habitantes por las calles que no han de volver a ver...cómo se despiden de las piedras del suelo! Le digo, amigo mío, que yo llevaba eso dentro de mí y, al mismo tiempo, Cartago en llamas; pero era más, era más divino, más animal; y era presente, el presente más pleno y sublime. ¡Allí estaba una madre que tenía alrededor a sus crías moribundas y temblorosas, y que dirigía sus miradas no a los muros implacables, sino al aire vacío o, a través del aire, al infinito, y que acompañaba esas miradas con un rechinar de dientes! Si un esclavo que servía se encontró lleno de horror impotente cerca de la Niobe petrificada, debió sufrir lo que yo sufrí cuando, dentro de mí, el alma de aquel animal enseñaba los dientes al atroz destino.
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Platon

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Perdóneme esta descripción, pero no piense que era compasión lo que me llenaba. No debe pensarlo de ningún modo: si no, habría elegido mi ejemplo muy torpemente. Era mucho y mucho menos que compasión; una enorme participación, un transfundirse en aquellas criaturas o un sentimiento de que un fluido de la vida y la muerte, del sueño y la vigilia había pasado por un instante a ella... pero ¿de dónde? Puesto que tiene que ver con la compasión, con una asociación de ideas humanas comprensible, si otro atardecer encuentro bajo un nogal una regadera medio llena que ha olvidado allí un jardinero, y si esa regadera, y el agua dentro de ella, obscurecida por la sombra del árbol, y un ditisco que rema en la superficie de esa agua de una obscura orilla a la otra, si esa combinación de nimiedades me estremece con tal presencia de lo infinito, me estremece desde las raíces de los pelos hasta los tuétanos del talón de tal manera que desearía prorrumpir en palabras de las que sé que, si las encontrase, subyugarían a esos querubines en los que no creo; y que luego me aparte en silencio de aquel lugar y al cabo de las semanas, cuando divise ese nogal, pase de largo con una esquiva mirada, porque no quiero ahuyentar la postrera sensación de lo maravilloso que flota allí alrededor del tronco, porque no quiero expulsar lo más que terrenales escalofríos que todavía siguen vibrando cerca de allí, alrededor de los arbustos. En esos momentos, una criatura insignificante, un perro, una rata, un escarabajo, un manzano raquítico, un camino de carros que serpentea por la colina, una piedra cubierta de musgos, se convierte en más de lo que haya podido ser jamás la amada más apasionada y hermosa de la noche más feliz. Esas criaturas mudas y a veces animadas se alzan hacia mí con tal abundancia, con tal presencia de amor, que mi mirada dichosa no es capaz de caer sobre ningún lugar muerto alrededor de mí. Todo, todo lo que existe, todo lo que recuerdo, todo lo que tocan mis pensamientos más confusos, me parece ser algo. También mí propia pesadez, el restante embotamiento de mi cerebro, se me aparece como algo; siento en mí y alrededor de mí una equivalencia maravillosa, absolutamente infinita y entre las materias que juegan contraponiéndose no hay ninguna en la que yo no pudiese transfundirme. Entonces es como si mi cuerpo estuviese compuesto de claves que me lo revelasen todo. O como si pudiésemos establecer una nueva y premonitoria relación con toda la existencia, si empezásemos a pensar con el corazón. Pero cuando me abandona ese extraño embelesamiento, no sé decir nada sobre ello; y entonces no podría describir con palabras razonables en qué había consistido esa armonía que me invade a mí y al mundo entero no como se me había hecho perceptible, como tampoco podría decir algo concreto sobre los movimientos internos de mis entrañas o los estancamientos de mi sangre.

Aparte de estas curiosas casualidades, que, por cierto, no sé si debo atribuir al espíritu o al cuerpo, vivo una vida de un vacío apenas imaginable y me cuesta ocultar ante mi mujer el entumecimiento de mi interior o ante mis gentes la indiferencia que me infunden los asuntos de la propiedad. La buena y severa educación que debo a mi difunto padre y el haberme habituado tempranamente a no dejar desocupada ninguna hora del día, es, así me parece, lo único que, hacia afuera, sigue dando a mi vida una consistencia suficiente y una apariencia adecuada a mi condición y a mi persona.


Estoy reformando un ala de mi casa y de cuando en cuando logro departir con el arquitecto sobre los progresos de su trabajo; administro mis fincas, y mis aparceros y empleados me encontrarán probablemente más parco en palabras, pero no menos amable que antes. Ninguno de los que están con la gorra quitada delante de la puerta de su casa, cuando paso cabalgando al atardecer, se imaginara que mi mirada, que están acostumbrados a acoger respetuosamente, vaga con callada añoranza sobre los tablones podridos, bajo los cuales suelen buscar los gusanos para pescar; que se sumerge a través de la estrecha ventana enrejada en el lúgubre cuarto donde, en un rincón, la cama baja con sábanas multicolores parece esperar siempre a alguien que quiere morir o a alguien que debe nacer; que mi ojo se detiene largamente en los feos perros jóvenes o en el gato que se desliza elástico entre macetas; y que, entre todos los objetos pobres y toscos de una vida campesina, busca aquello cuya forma insignificante, cuyo estar tumbado o apoyado no advertido por nadie, cuya muda esencia se puede convertir en fuente de aquel enigmático, mudo y desenfrenado embelesamiento. Pues mi dichoso e innominado sentimiento surgirá para mí antes de un solitario y lejano fuego de pastores que de la visión del cielo estrellado; antes del canto de un último grillo próximo a la muerte cuando el viento de otoño arrastra nubes invernales sobre los campos desiertos, que del majestuoso fragor del órgano. Y a veces me comparo en pensamiento con aquel Craso, el Orador, del que cuentan que tomo un cariño tan extraordinario a una morena mansa de su estanque, un pez opaco, mudo, de ojos rojos, que se convirtió en tema de conversación de la ciudad; y cuando en cierta ocasión, Domiciano, queriendo tacharle de chiflado, le reprocho en el senado haber vertido lágrimas por la muerte de aquel pez, Craso le contestó: "De ese manera hice yo a la muerte de mi pez lo que vos no hicisteis al morir vuestra primera, ni vuestra segunda mujer".


No sé cuantas veces ese Craso con su morena me viene a la cabeza como un reflejo de mi propio yo, arrojado sobre mí por encima del abismo de los siglos. Pero no por la respuesta que dio a Domiciano. La respuesta puso a los reidores de su lado, de manera que el asunto se disolvió en una broma. Pero a mí el asunto me afecta, el asunto, que habría seguido siendo el mismo, aunque Domiciano hubiese vertido por sus mujeres lágrimas de sangre del más sincero dolor. En tal caso, Craso aún seguiría estando enfrente de él con sus lágrimas por su morena. Y sobre esa figura, cuya ridiculez y abyección salta tanto a la vista en medio de un senado que dominaba el mundo, que debatía las cuestiones más sublimes, sobre esa figura, un algo innombrable me obliga a pensar de una manera que me parece completamente insensata en el momento en que trato de expresarla con palabras.


La imagen de Craso está a veces en mi cerebro como una astilla alrededor de la que todo supura, pulsa y hierve. Entonces siento como si yo mismo entrase en fermentación, formase pompas, bullese y reluciese. Y el conjunto es una especie de pensar febril, pero un pensar con un material que es más directo, líquido y ardiente que las palabras. Son también remolinos, pero no parecen conducir, como los remolinos del lenguaje, a un fondo sin límite sino, de algún modo, a mí mismo y al más profundo seno de la paz.


Le he molestado en demasía, mi querido amigo, con esta extendida descripción de un estado inexplicable que normalmente permanece encerrado en mí.


Fue usted muy benévolo al manifestar su descontento por el hecho de que ya no llegue a usted ningún libro escrito por mí "que le resarza de verse privado de mi trato". Yo sentí en ese momento, con una certeza que no estaba del todo exenta de un sentimiento doloroso, que tampoco el año que viene, ni el otro, ni en todos los años de mi vida escribiré un libro en inglés ni en latín; y eso por un solo motivo cuya rareza, para mí embarazosa, dejo a la discreción de su infinita superioridad mental el ordenarla, con mirada no cegada, en el reino de los fenómenos espirituales y corpóreos extendido armónicamente ante usted: es decir, porque la lengua, en que tal vez me estaría dado no sólo escribir sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni un sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez desconocido.


Quisiera que me fuera dado comprimir en las últimas palabras de esta probablemente última carta que escribo a Francis Bacon, todo el amor y agradecimiento, toda la inmensa admiración que por el benefactor de mi espíritu, por el primer inglés de mi época, llevo en mi corazón y llevaré en él hasta que la muerte lo haga estallar.

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Ilustración : Siegfried Woldhek - http://www.woldhek.nl/ 

Charles JULIET/Samuel BECKETT

Charles JULIET/Samuel BECKETT

Samuel Beckett nació en Foxrock, cerca de Dublín, en 1906. Hijo de padres protestantes de clase media, estudió en el Trinity College de Dublín. En 1933, después de una estadía infructuosa en Londres, emigró a París. Allí conoció al escritor James Joyce (Ulises, Dublineses) otro dublines renegado, quien ejerce gran influencia en la obra de Beckett. Durante este período escribe Murphy (1938), la cual comienza con la célebre frase "El sol brilló, al no tener otra alternativa, sobre lo nada nuevo". En 1940 Beckett se unió a la Resistencia Francesa y en 1942 huye a la Francia Libre perseguido por la Gestapo. En los años cincuenta comienza su período más prolífico con una trilogía de novelas: Molloy (1951), Malone meurt (1952) La Innommable (1953). El 5 de enero se estrenó en París En Attendant Godot causando un impacto rotundo, sensacional y fulgurante hasta tal punto que el resto de su obra ha quedado en relegado a segundo término. Además de la ya mencionada trilogía, escribe las piezas teatrales Krapp's Last Tape (1959), Play (1964), además de otras piezas y textos varios para radio, televisión y cine. En 1961 le otorgan el premio Prix Formentor por su contribución a la literatura mundial y en 1969 gana el premio Nobel de Literatura. 

Sitios sobre Beckett:

http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1451

http://maruska.soria.org/beckett.htm 

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Beckett, el inconsolable 

A 100 años del nacimiento de este autor, editorial Siruela publica "Encuentros con Samuel Beckett", volumen que recoge las conversaciones, hasta ahora inéditas en castellano, que mantuvo con el periodista francés Charles Juliet. El libro llega a comienzos de septiembre.

Charles JULIET

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Llamo al interfón. Me invita a subir. Cuando salgo del ascensor casi me tropiezo con él. Me estaba esperando en el descanso. Entramos en su despacho. Me instalo en un canapé frente a su mesa de trabajo y él se sienta en un taburete, en línea oblicua respecto a mí. Ya ha adoptado la postura habitual en él cuando está sentado sin hacer nada: una pierna enroscada sobre la otra, la barbilla apoyada en la mano, la espalda inclinada, la mirada baja.

El silencio se ha apoderado de nosotros y sé que no va a ser fácil romperlo. Curiosa idea, pensé, interrogar a alguien que no es sino pregunta. (...) He aquí que estoy ante un hombre cuya obra tanto me ha aportado y con quien, en mi soledad, he mantenido interminables diálogos. (...) Durante esta entrevista me va a costar mucho trabajo coordinar esos datos tan agresivamente contrarios. (...)

Sé que durante estos últimos meses ha estado gravemente enfermo. Ésa ha sido precisamente la razón por la que este primer encuentro, que se había fijado para el 3 de mayo, no pudo llevarse a cabo. El día anterior había estado en la inauguración de la exposición de Hayden y por la noche se puso enfermo. La señora Beckett, que me recibió, pronunció la palabra gripe y decidimos no anular el encuentro previsto sino simplemente retrasarlo unos días. Sin embargo estuve esperando en vano una llamada telefónica.

Cuatro meses después supe que había tenido un absceso en el pulmón, y en seguida pensé en si no habría sido una tardía consecuencia de aquel día de preguerra cuando, una noche, en la calle y sin motivo alguno, lo apuñaló un mendigo.
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Samuel Beckett a Paris

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Le pregunto por su salud y me habla de ella. Después la conversación gira en torno a la vejez.

- Siempre he deseado tener una vejez tensa, activa...

El ser que no deja Le hago más preguntas. Pero no recuerda bien. O a lo mejor no quiere recordar aquella época. Me habla del túnel, del crepúsculo mental.

Después:

- Siempre he tenido la impresión de que dentro de mí había un ser asesinado. Asesinado antes de mi nacimiento. Tenía que encontrar a ese ser asesinado. Intentar devolverle la vida... Un día fui a escuchar una conferencia de Jung...

Habló de una de sus pacientes, una chica jovencísima... Al final, mientras la gente se iba marchando, se quedó callado. Y como hablándose a sí mismo, asombrado por el descubrimiento que estaba haciendo, dijo:

- En el fondo no había nacido nunca.Siempre he tenido la impresión de que yo tampoco había nacido nunca. (...)

En 1945, Beckett volvió a Irlanda para visitar a su madre, a la que llevaba sin ver desde que empezó la guerra. Después volvió a visitarla en 1946, y durante esa estancia tuvo la repentina revelación de lo que debía hacer.

- Comprendí que aquello no podía seguir así. Entonces me contó lo que ocurrió aquella noche, en Dublín, al final del muelle, en medio de una fuerte tempestad. Y lo que me dijo es lo mismo que refiere el pasaje de "La última cinta" (de Krapp):

"Espiritualmente fue un año negro y pobre a más no poder hasta aquella memorable noche de marzo cuando, al final del muelle, en plena tormenta, no lo olvidaré nunca, todo se me aclaró. Por fin tuve la visión. Lo que vi de pronto era que la creencia que había guiado toda mi vida, a saber... grandes rocas de granito y la espuma que surgía a la luz del faro y el anemómetro que giraba como una hélice..., claro para mí por fin, que la oscuridad que siempre me había ensañado en reprimir es en realidad mi mejor... indestructible asociación hasta el último suspiro de la tempestad y de la noche con la luz del entendimiento y el fuego".

- Había que tirar todos los venenos... (con esta expresión se refiere sin duda a la decencia intelectual, al saber, a las certidumbres que uno mismo se impone, al deseo de dominar la vida...), encontrar el lenguaje apropiado... Cuando escribí la primera frase de Molloy no sabía a dónde me dirigía. Y cuando terminé la primera parte, ignoraba cómo iba a continuar. Todo ha ido viniendo solo. Sin tachar nada. No había preparado nada. No había elaborado nada.

Se levanta, saca de un cajón un cuaderno bastante grueso con la cubierta algo desgastada y me lo da. Es el manuscrito de Esperando a Godot. Es un cuaderno con las hojas cuadriculadas, con papel de la época de la guerra, gris, áspero, de mala calidad. Las únicas páginas escritas son las de la derecha, cubiertas de una escritura difícilmente legible. Lo hojeo con emoción. En la última parte ha escrito también en la izquierda, pero para leer hay que dar la vuelta al cuaderno. Efectivamente, el texto no tiene ningún retoque. Mientras yo intento descifrar algunas réplicas, él musita:

- Todo ocurría entre la mano y la página. No, no ha leído a los filósofos y pensadores orientales.- Proponen una salida y yo sentía que no la había. La solución es la muerte.

Le pregunto si escribe, si todavía puede escribir:

- El trabajo anterior prohíbe cualquier continuación de ese trabajo. Por supuesto, puedo escribir textos como los de Têtes-mortes. Pero no quiero. Acabo de tirar a la papelera una obrita de teatro. Cada vez hay que dar un paso adelante.

Largo silencio.

- La escritura me ha llevado al silencio. (...)

- Sin embargo tengo que continuar... Estoy frente a un acantilado y tengo que seguir adelante. Es imposible, verdad. Sin embargo, se puede avanzar. Ganar unos cuantos miserables milímetros...

Pero el médico le ha fijado normas estrictas. Es hora de que tome algunas medicinas y se disculpa por tener que interrumpir un momento nuestra entrevista. (...)

Mientras se levanta para coger uno de sus libros y lo coloca sobre la mesa para dedicármelo, dejo que mi mirada se posé largamente sobre él.Su belleza. Su seriedad. Su concentración. Su sorprendente timidez; la densidad de sus silencios. La intensidad con la que hace existir lo invisible.

Pienso que, si resulta tan impresionante, evidentemente es debido a que se nota que lo es, pero también, y sobre todo, a su absoluta sencillez. Una sencillez de comportamiento, de pensamiento, de expresión. Seguramente, alguien muy diferente. Un hombre superior. Quiero decir: un hombre humilde, sujeto a la intimidad de una permanente pregunta sobre lo fundamental. De pronto, esta evidencia: Beckett, el inconsolable...

En la escalera seguimos hablando un buen rato. Me explica que todavía está muy cansado y se disculpa por no poder invitarme a cenar. Pero nos hemos citado para la primavera siguiente y me asegura que entonces cenaremos juntos.Me pregunta con interés en qué voy a emplear mi estancia. Le respondo que no tengo ningún proyecto y que si he venido a París es exclusivamente para verlo.

- Pero no, no. No tenía usted que haber venido desde Lyon sólo para verme.


(24 de octubre de 1968) 

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Marqués de Sade

Marqués de Sade

  

La ley del talión
[Cuento. Texto completo]  

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Un honesto burgués de la Picardía, descendiente tal vez de uno de aquellos ilustres trovadores de las riberas del Oise o del Somme, cuya olvidada existencia acaba de ser rescatada de las tinieblas apenas hace diez o doce años por un gran escritor de este siglo; un burgués bueno y honrado, repito, vivía en la ciudad de San Quintín, tan célebre por los grandes hombres que ha dado a la literatura, y vivían allí honradamente él, su mujer y una prima en tercer grado, religiosa en un convento de la ciudad. La prima en tercer grado era una muchacha morena, de ojos vivaces, nariz respingona y esbelto talle. Fastidiada por tener veintidós años y por ser religiosa desde hacía ya cuatro, la hermana Petronila, pues ese era su nombre, poseía además una bonita voz y mucho más temperamento que religión. En cuanto a Esclaponville, que así se llamaba nuestro burgués, era un joven gordinflón de unos veintiocho años a quien por encima de todo le gustaba su prima y no tanto, ni muchísimo menos, la señora de Esclaponville, pues venía acostándose con ella desde hacía ya diez años y un hábito de diez años resulta verdaderamente funesto para el fuego del himeneo. La señora de Esclaponville -hay que hacer su descripción, pues, ¿qué ocurriría si no cuidásemos las descripciones en un siglo en el que sólo hay demanda de cuadros, en el que incluso una tragedia puede no ser aceptada si los vendedores de telones no ven en ella seis cambios de decorado, por lo menos-; la señora de Esclaponville, repito, era una rubianca algo insípida pero blanca como la nieve, con unos ojos bastante bonitos, algo entrada en carnes y con esos mofletes que se suelen atribuir a una buena vida.

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Hasta el momento en que nos hallamos, la señora de Esclaponville ignoraba que pudiera existir una forma de vengarse de un esposo infiel. Prudente como su madre, que había vivido ochenta y tres años con el mismo hombre sin haberle sido infiel jamás, era todavía tan ingenua y tan candorosa que no podía ni siquiera sospechar ese espantoso crimen que los casuistas han denominado adulterio y que los sofisticados, que todo lo suavizan, han calificado simplemente de galantería. Pero una mujer traicionada pronto recibe consejos de venganza de su resentimiento, y como nadie quiere quedarse a la zaga, en seguida que se le presenta la ocasión no hay cosa alguna que la arredre para que nada le puedan reprochar. La señora de Esclaponville se enteró, al fin, de que su querido esposo visitaba con excesiva frecuencia a la prima en tercer grado; el demonio de los celos se apodera de su alma, acecha, se informa y acaba por descubrir que hay muy pocas cosas en San Quintín tan probadas como los amoríos de su esposo y de sor Petronila. Segura de su efecto, la señora de Esclaponville declara finalmente a su marido que la conducta que observa la desgarra el alma; que ella nunca ha merecido un comportamiento semejante, y le ruega que no siga haciendo de las suyas.

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-¿De las mías? -le contesta flemáticamente su marido

- ¿No sabes, amiga mía, que acostándome con mi prima la religiosa gano mi salvación? Con una intriga tan santa el alma queda limpia; es como identificarse con el Ser supremo; es como si el Espíritu Santo tomara cuerpo dentro de uno mismo. No puede haber ningún pecado, mujer, con personas consagradas a Dios; purifican todo lo que se hace con ellas, y frecuentarlas suele despejar el camino hacia la beatitud celestial.

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La señora de Esclaponville; no muy satisfecha del éxito de su amonestación, no despegó los labios, pero jura en su fuero interno que ya sabrá encontrar alguna forma de elocuencia más persuasiva... Lo malo de esto es que las mujeres siempre encuentran lo que buscan: por poco atractivas que sean, no tienen más que invocarlos y los vengadores les llueven por todas partes.

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En la ciudad vivía cierto vicario de parroquia al que llamaban el padre Bosquet, un buen mozo de unos treinta años que andaba detrás de todas las mujeres y que estaba haciendo un bosque con las frentes de todos los maridos de San Quintín. La señora de Esclaponville corrió al vicario; como es inevitable, el vicario conoció a su vez a la señora de Esclaponville y los dos llegaron a conocerse tan a fondo que ambos hubieran podido pintar un retrato de cuerpo entero del otro sin temor a la más pequeña equivocación. Al cabo de un mes todos acudieron a felicitar al bueno de Esclaponville, que se jactaba de ser el único que había escapado a las temibles galanterías del vicario y de poseer la única frente aún no mancillada por aquel granuja.

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-Eso no puede ser -contesta Esclaponville a quienes se lo contaban-, mi mujer es tan virtuosa como una Lucrecia, no lo creería aunque me lo repitieran mil veces.

-Entonces, ven -le dice uno de los amigos-, ven y haré que te convenzas con tus propios ojos y luego ya veremos si sigues dudándolo.

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Esclaponville se deja llevar y su amigo le conduce a un paraje solitario, a una media legua de la ciudad, donde el Somme, encajonado entre dos arboledas frescas y cubiertas de flores, invita a los habitantes de la ciudad a un delicioso baile; pero como la cita era a una hora en la que por lo general nadie se está bañando todavía, nuestro infortunado esposo apura el amargo trago de ver cómo aparece primero su virtuosa mujer y acto seguido su rival sin que nadie venga a estorbarles.

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-¿Y qué? -le pregunta su amigo a Esclaponville-, ¿ya te empieza a picar la frente?

-Todavía no -contesta el burgués rascándosela, no obstante, sin darse cuenta-, a lo mejor viene aquí a confesarse.

-Entonces esperemos al desenlace -responde su amigo.

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No tuvieron que esperar demasiado. Nada más llegar a la deliciosa sombra del oloroso seto, el padre Bosquet se despoja de todo cuanto pudiera constituir un estorbo para los amorosos abrazos que maquina y pone manos a la obra santamente para elevar, quizá ya por trigésima vez, al bueno y honrado de Esclaponville a la altura de los restantes maridos de la ciudad.

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-Y bien, ¿ahora lo crees? -le pregunta el amigo.

-Volvamos -responde agriamente Esclaponville- porque a fuerza de creerlo podría muy bien matar a ese maldito cura y me harían pagarlo más caro de lo que vale; volvamos, amigo mío, y guardadme el secreto, os lo ruego.

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Sumido en la mayor turbación, Esclaponville regresa a su casa y su beatífica esposa aparece poco después para comer en su casta compañía.

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-¡Un momento! -exclama el burgués, furioso-. Mujer, siendo aún un niño juré a mi padre que nunca me sentaría a la mesa con prostitutas.

-¿Con prostitutas? -le contesta beatíficamente la señora de Esclaponville-. Amigo mío, vuestras palabras me asombran, ¿es que tenéis acaso algo que reprocharme?

-¡Pero cómo, carroña! ¿Que si tengo algo que reprocharos? ¿Qué es lo que habéis ido a hacer esta tarde a los baños con nuestro vicario?

-¡Oh, Dios mío! -responde la dulce esposa-. ¿Sólo es eso? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?

-¡Cómo, diablos, que si es eso todo...!

-Pero, amigo mío, yo he seguido vuestros consejos. ¿No me dijisteis que no había nada de malo en acostarse con gente de la Iglesia, que el alma se purificaba con una intriga tan santa, que era como identificarse con el Ser supremo, hacer que el Espíritu Santo entrara dentro de uno y abrirse; en una palabra, el camino de la beatitud celestial...? Pues bien, hijo mío, yo no he hecho más que lo que me indicasteis, por lo que soy una santa y no una ramera. ¡Ah!, y os añado que si alguna de esas almas elegidas de Dios tiene medios para abrir, como vos decíais, el camino de la beatitud celestial, tiene que ser, sin duda, la del señor vicario, pues yo no había visto nunca una llave tan grande.

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FIN 

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Leer más:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/sade/mds.htm 

http://www.sade.iwebland.com/

http://es.wikipedia.org/wiki/Marqu%C3%A9s_de_Sade 

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Roland BARTHES

Roland BARTHES

  

Roland Barthes nació en Cherburgo el 12 de noviembre de 1915 y vivió en Bayona hasta 1924, cuando se trasladó a París. Tras licenciarse en lenguas clásicas en La Sorbona en 1939, fundó el Groupe de Théâtre Antique de París. Fue profesor en la capital francesa, en Biarritz y, posteriormente, en Rumania y Egipto. Estudioso de Marx y Michelet, en 1946 comenzó a colaborar en la revista de izquierdas Combat, con trabajos que fueron reunidos en el libro El grado cero de la escritura (1953). En este período, se descubre un primer Barthes muy próximo a las corrientes neomarxistas del momento, que se desplazará más tarde hacia el existencialismo y el estructuralismo.


En 1962 fue nombrado director de estudios de la Escuela Práctica de Estudios Superiores, donde explicó semiótica, enseñanza que años más tarde impartiría, como docente de Semiología Literaria, en el Collège de France.
En su primer libro, El grado cero de la escritura, al que siguieron, entre otros, Michelet según él (1954), Mitologías (1962), Sobre Racine (1963), Elementos de semiología (1965), Crítica y verdad (1966), El sistema de la moda (1967), S/Z (1970), El imperio de los signos (1970), Sade, Fourier, Loyola (1971), Escritores, intelectuales, profesores (1971), El placer del texto (1973), Fragmentos de un discurso amoroso (1977), La cámara lúcida (1980).
Murió en París el 23 de marzo de 1980, víctima de un accidente de automóvil cerca de La Sorbona.
  

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EL PENSAMIENTO 

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Escritor y pensador francés, cuya obra alcanza los campos de la crítica literaria, la comunicación, la filosofía y la sociología.
La publicación de su libro Sobre Racine, en 1964, suscitó una amplia polémica en el campo académico francés, a la que contestó con el libro Crítica y verdad (1966). Según Barthes, la obra literaria hay que analizar en el contexto del propio espacio de la obra y no a partir de valores externos a la misma.


Las contribuciones teóricas de Roland Barthes le convierten en uno de los pensadores más relevantes de Francia del pasado siglo, considerado como uno de los representantes del postestructuralismo y figura relevante en el desarrollo de la semiótica.
Su influencia en el campo teórico de la comunicación es significativa, especialmente por el papel que adquiere el análisis semiológico, que alcanzan a la fotografía, a la que dedica su último libro, La cámara lúcida (1980), la publicidad, la moda, etcétera. Todo discurso, su contenido, su referencia a lo real tiene connotaciones que le dan significación, le atribuyen valores. Todo discurso puede convertirse en signo, mito. Los mitos no crean lenguajes, pero los ponen al servicio de una ideología, haciendo hablar a las cosas por ella.


Barthes analiza el sistema de medios, la 'socio-media-manía', y en especial el mundo de las imágenes, aportando instrumental metodológico para el estudio de su expresión connotativa.  

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el mensaje lingüistico

Por Roland BARTHES 

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¿Es cons­tan­te el men­sa­je lin­güís­ti­co? ¿Hay siem­pre un tex­to, ya sea den­tro, de­ba­jo o al­re­de­dor de la ima­gen? Pa­ra en­con­trar imá­ge­nes sin acom­pa­ña­mien­to ver­bal ten­dría­mos que re­mon­tar­nos a so­cie­da­des par­cial­men­te anal­fa­be­tas, es de­cir, a una es­pe­cie de es­ta­do pic­to­grá­fi­co de la ima­gen; de he­cho, des­de la apa­ri­ción del li­bro es fre­cuen­to la aso­cia­ción de tex­to e ima­gen; es­ta aso­cia­ción pa­re­ce no ha­ber si­do su­fi­cien­te­men­te es­tu­dia­da des­de un pun­to de vis­ta es­truc­tu­ral; ¿cuál es la es­truc­tu­ra sig­ni­fi­can­te de la “ilus­tra­ción”? ¿Du­pli­ca aca­so la ima­gen cier­tas in­for­ma­cio­nes del tex­to por un fe­nó­me­no de re­dun­dan­cia o bien es el tex­to el que aña­de in­for­ma­ción iné­di­ta a la ima­gen? Se po­dría plan­tear el pro­ble­ma de for­ma his­tó­ri­ca a pro­pó­si­to del Cla­si­cis­mo, que tu­vo una ver­da­de­ra pa­sión por los li­bros de es­tam­pas (no hu­bie­ran si­do con­ce­bi­bles en el si­glo XVIII unas Fá­bu­las de La Fon­tai­ne sin ilus­tra­cio­nes) y en el que al­gu­nos au­to­res, co­mo P. Mé­nes­trier, se preo­cu­pa­ron por las re­la­cio­nes en­tre las imá­ge­nes y el dis­cur­so. Hoy en día pa­re­ce ser que, en cuan­to a la co­mu­ni­ca­ción de ma­sas, el men­sa­je lin­güís­ti­co es­tá pre­sen­te en to­das las imá­ge­nes: bien ba­jo for­ma de ti­tu­lar, tex­to ex­pli­ca­ti­vo, ar­tí­cu­lo de pren­sa, diá­lo­go de pe­lí­cu­la o glo­bo de co­mic; es­to mues­tra que no es de­ma­sia­do exac­to ha­blar de una ci­vi­li­za­ción de la ima­gen: aún cons­ti­tui­mos, y qui­zá más que nun­ca, una ci­vi­li­za­ción ba­sa­da en la es­cri­tu­ra, ya que la es­cri­tu­ra y la pa­la­bra si­guen sien­do ele­men­tos con con­sis­ten­cia en la es­truc­tu­ra de la in­for­ma­ción. En rea­li­dad, lo que cuen­ta es la sim­ple pre­sen­cia del men­sa­je lin­güís­ti­co, ya que ni el lu­gar que ocu­pa ni su ex­ten­sión re­sul­tan per­ti­nen­tes (pue­den ocu­rrir que un tex­to lar­go, gra­cias a la con­no­ta­ción, no con­lle­ve si­no un sig­ni­fi­ca­do glo­bal, y ese sig­ni­fi­ca­do sea el que es­té en re­la­ción con la ima­gen). ¿Cuá­les son las fun­cio­nes del men­sa­je lin­güís­ti­co res­pec­to al (do­ble) men­sa­je icó­ni­co? Pa­re­ce te­ner dos: una fun­ción de an­cla­je y otra de re­le­vo. 

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Roland BARTHES

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To­da ima­gen es po­li­sé­mi­ca, to­da ima­gen im­pli­ca, sub­ya­cen­te a sus sig­ni­fi­can­tes, una ca­de­na flo­tan­te de sig­ni­fi­ca­dos, de la que el lec­tor se per­mi­te se­lec­cio­nar unos de­ter­mi­na­dos e ig­no­rar to­dos los de­más. La po­li­se­mia pro­vo­ca una in­te­rro­ga­ción so­bre el sen­ti­do; aho­ra bien, es­ta in­te­rro­ga­ción apa­re­ce siem­pre co­mo una dis­fun­ción, in­clu­so en los ca­sos en que la so­cie­dad re­cu­pe­ra di­cha dis­fun­ción ba­jo la for­ma del jue­go trá­gi­co (Dios, mu­do, no per­mi­te es­co­ger en­tre los sig­nos) o poé­ti­co (el “es­tre­me­ci­mien­to de los sen­ti­dos­”, pá­ni­co de los an­ti­guos grie­gos); in­clu­so en el ci­ne, las imá­ge­nes trau­má­ti­cas apa­re­cen acom­pa­ña­das de una in­cer­ti­dum­bre (de una in­quie­tud) so­bre el sen­ti­do de los ob­je­tos o de las ac­ti­tu­des. En to­da so­cie­dad se de­sa­rro­llan di­ver­sas téc­ni­cas des­ti­na­das a fi­jar la ca­de­na flo­tan­te de sig­ni­fi­ca­dos, con el fin de com­ba­tir el te­rror pro­du­ci­do por los sig­nos in­cier­tos: una de es­tas téc­ni­cas con­sis­te pre­ci­sa­men­te en el men­sa­je lin­güís­ti­co. Al ni­vel de men­sa­je li­te­ral, la pa­la­bra res­pon­de, de ma­ne­ra más o me­nos di­rec­ta, más o me­nos par­cial, a la pre­gun­ta ¿qué es eso? 

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Ayu­da a iden­ti­fi­car pu­ra y sim­ple­men­te los ele­men­tos de la es­ce­na y la es­ce­na mis­ma; cons­ti­tu­ye una des­crip­ción de­no­ta­da de la ima­gen ­(des­crip­ción par­cial, a me­nu­do) o, si­guien­do la ter­mi­no­lo­gía de Hjelms­lev, una ope­ra­ción (en opo­si­ción a la con­no­ta­ción). La fun­ción de­no­mi­na­do­ra vie­ne a co­rres­pon­der­se per­fec­ta­men­te con un an­cla­je de to­dos los sen­ti­dos po­si­bles (de­no­ta­dos) del ob­je­to, por me­dio del re­cur­so a una no­men­cla­tu­ra; an­te un pla­to (anun­cio de Amieux) pue­do te­ner du­das pa­ra iden­ti­fi­car for­mas y vo­lú­me­nes; el tex­to ex­pli­ca­ti­vo (arroz y atún con cham­pi­ño­nes) me ayu­da a dar con el ni­vel ade­cua­do de per­cep­ción; me per­mi­to aco­mo­dar, no só­lo la vis­ta, si­no tam­bién la in­te­lec­ción. En el ni­vel del men­sa­je “sim­bó­li­co”, el men­sa­je lin­güís­ti­co pa­sa de ser el guía de la iden­ti­fi­ca­ción a ser­lo de in­ter­pre­ta­ción, ac­tuan­do co­mo una es­pe­cie de ce­po que im­pi­de que los sen­ti­dos con­no­ta­dos pro­li­fe­ren bien ha­cia re­gio­nes de­ma­sia­do in­di­vi­dua­les (o sea, li­mi­tan­do la ca­pa­ci­dad pro­yec­ti­va de la ima­gen), bien ha­cia va­lo­res dis­fó­ri­cos; un anun­cio (con­ser­vas d’Arcy) re­pre­sen­ta unos cuan­tos fru­tos de es­ca­so ta­ma­ño di­se­mi­na­dos en tor­no a una es­ca­le­ra; la le­yen­da (co­mo si us­ted se hu­bie­ra da­do una vuel­ta por el jar­dín) ale­ja un po­si­ble sig­ni­fi­ca­do (ava­ri­cia, es­ca­sez de la co­se­cha), que se­ría de­sa­gra­da­ble, y orien­ta la lec­tu­ra ha­cia un sig­ni­fi­ca­do ha­la­güe­ño (el ca­rác­ter na­tu­ral y per­so­nal de los fru­tos de un jar­dín pri­va­do); el tex­to ex­pli­ca­ti­vo ac­túa en es­te ca­so co­mo un an­ti­ta­bú, com­ba­te el mi­to in­gra­to de la ar­ti­fi­cia­li­dad, idea que nor­mal­men­te se aso­cia con las con­ser­vas. Por su­pues­to que el an­cla­je pue­de ser ideo­ló­gi­co, y és­ta es sin du­da su fun­ción prin­ci­pal; el tex­to con­du­ce al lec­tor a tra­vés de los dis­tin­tos sig­ni­fi­ca­dos de la ima­gen, le obli­ga a evi­tar unos y a re­ci­bir otros; por me­dio de un dis­pat­ching, a me­nu­do su­til, lo te­le­di­ri­ge en un sen­ti­do es­co­gi­do de an­te­ma­no. Es evi­den­te que, en to­dos los ca­sos de an­cla­je, el len­gua­je tie­ne una fun­ción elu­ci­da­to­ria, pe­ro la elu­ci­da­ción es se­lec­ti­va; se tra­ta de un me­ta­len­gua­je que no se apli­ca a la to­ta­li­dad del men­sa­je icó­ni­co, si­no tan só­lo a al­gu­nos de sus sig­nos; el tex­to cons­ti­tu­ye real­men­te el de­re­cho a la mi­ra­da del crea­dor (y, por tan­to, de la so­cie­dad) so­bre­ la ima­gen: el an­cla­je es un con­trol, de­ten­ta una res­pon­sa­bi­li­dad so­bre el uso del men­sa­je fren­te a la po­ten­cia pro­yec­ti­va de las imá­ge­nes; con res­pec­to a la li­ber­tad de sig­ni­fi­ca­ción de la ima­gen, el tex­to to­ma un va­lor re­pre­sor, y es com­pren­si­ble que sea so­bre to­do en el tex­to don­de la so­cie­dad im­pon­ga su mo­ral y su ideo­lo­gía. 

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El an­cla­je es la más fre­cuen­te de las fun­cio­nes del men­sa­je lin­güís­ti­co.Es más ra­ra la fun­ción de re­le­vo (al me­nos por lo que res­pec­ta a la ima­gen fi­ja); es­ta fun­ción se en­cuen­tra so­bre to­do en el hu­mor grá­fi­co y el co­mic. En es­tos ca­sos, la pa­la­bra (ca­si siem­pre un frag­men­to de diá­lo­go) y la ima­gen es­tán en re­la­ción com­ple­men­ta­ria; de ma­ne­ra que las pa­la­bras son frag­men­tos de un sin­tag­ma más ge­ne­ral, con la mis­ma ca­te­go­ría que las imá­ge­nes, y la uni­dad del men­sa­je tie­ne lu­gar a un ni­vel su­pe­rior: el de la his­to­ria, la anéc­do­ta, la dié­ge­sis (lo cual vie­ne a con­fir­mar que se de­be tra­tar la dié­ge­sis co­mo un sis­te­ma au­tó­no­mo). La pa­la­bra­ “re­le­vo”, de ra­ra apa­ri­ción en la ima­gen fi­ja, al­can­za una gran im­por­tan­cia en el ci­ne don­de el diá­lo­go no tie­ne una fun­ción sim­ple­men­te elu­ci­da­to­ria, si­no que con­tri­bu­ye real­men­te a ha­cer avan­zar la ac­ción, dis­po­nien­do a lo lar­go de los men­sa­jes sen­ti­dos que no se en­cuen­tran en la ima­gen. Es evi­den­te que las dos fun­cio­nes del men­sa­je lin­güís­ti­co pue­den coe­xis­tir en un mis­mo con­jun­to icó­ni­co, pe­ro el pre­do­mi­nio de uno u otro no es in­di­fe­ren­te, cier­ta­men­te, a la eco­no­mía ge­ne­ral de la obra; cuan­do la pa­la­bra tie­ne un va­lor die­gé­ti­co de re­le­vo la in­for­ma­ción re­sul­ta más tra­ba­jo­sa, ya que se ha­ce ne­ce­sa­rio el apren­di­za­je de un có­di­go di­gi­tal (la len­gua); cuan­do tie­ne un va­lor sus­ti­tu­ti­vo (de an­cla­je, de con­trol), la ima­gen es la que so­por­ta la car­ga in­for­ma­ti­va, y co­mo la ima­gen es ana­ló­gi­ca, la in­for­ma­ción, en cier­to sen­ti­do, es más “pe­re­zo­sa” en cier­tos co­mics des­ti­na­dos a una lec­tu­ra “ace­le­ra­da”, la dié­ge­sis apa­re­ce con­fia­da en su ma­yor par­te a la pa­la­bra, mien­tras que la ima­gen re­co­ge las in­for­ma­cio­nes atri­bu­ti­vas, de or­den pa­ra­dig­má­ti­co (sta­tus es­te­reo­ti­pa­do de los per­so­na­jes): se ha­ce coin­ci­dir el men­sa­je más tra­ba­jo­so con el men­sa­je dis­cur­si­vo, pa­ra evi­tar al lec­tor apre­su­ra­do el abu­rri­mien­to de las “des­crip­cio­nes” ver­ba­les que, por el con­tra­rio, se con­fían a la ima­gen, es de­cir, a un sis­te­ma me­nos “tra­ba­jo­so”.    

*

Sitio : http://www.infoamerica.org/teoria/barthes1.htm 

Illustracion :  Elliott Banfield http://www.elliottbanfield.com

POESÍA JAPONESA

POESÍA JAPONESA

 

Esto es un ser humano por Tamiki Jara

Esto es un ser humano.
Mirad en lo que la bomba atómica lo ha convertido
y cómo hombres y mujeres son reducidos
a una sola forma.
"¡Auxilio!" quiere decir ese grito apagado
que se escapa de los labios hinchados.
Este horrible y calcinado caos que supura
es un ser humano,
esto es el rostro de un hombre. 
 

*

Es una rosa por Ichiro Ando

Hay un horizonte que tiembla
en una rosa

Hay un horrible mapa de sueños
en una rosa

Y no hay rosa
en una rosa 
 

*

Una máquina por Fuiujiko Kitagawa

Las paredes de mi corazón
Están hechas de acero,
No vaya a ser que la sangre
se escape como el vapor.
Cualquier mujer que rompa esta pared
será quemada como un pájaro
bañado en su propia sangre. 
 

*

Subway por Etsuro Sakamoto

Todos los días comparto un ataúd
con los extraños.
Clavando de prisa
mi propio ataúd,
me dirijo a la ciudad
para ser enterrado vivo. 
 

*

Hacia allá por Koíchi Kijara

¿De dónde vienes? -Desde una piedra ciega,
del interior del capullo de una rosa

¿Dónde estás ahora? -Frente a un espejo
que refleja aquellos que van a morir
y aquellos que van a nacer

¿A dónde vas?
-A un sitio
donde las alas de los pájaros no pueden llegar,
donde los peces del mar no pueden vivir 
 

*

El fruto por Shigueyi Tsuboi

De muy lejos viene esta tormenta
que disipa el último calor del verano.
Un azul ultraterreno
nos llega a través del firmamento
mientras el nuevo espíritu
se prepara en nosotros.

Presuroso madura el fruto
y, cuando viene la noche,
zumban los insectos como si se tratara de una fiesta
o como si estuvieran orando.
Mientras el tiempo se amontona sobre el tiempo,
giran en lo alto las estrellas
y el movimiento de los cuerpos celestes
encuentra eco en mi sangre.
Un fruto madura lentamente en mi corazón.
Yo no conozco su dulzura,
sólo sé cuán dura y amarga es su semilla. 
 

Junto al mar por Iaso Saiyo

Las estrellas son siete,
los dorados faros nueve;
innumerables las ostras blancas
tras de las rocas,
pero mi solitario empeño
es solo uno.

*

*

Tomado de Poesía Japonesa Contemporánea
Editado por Carlos Dupuy, bajo los auspicios de la
Universidad de los Andes y de la Embajada de Japón en Bogotá (1965)

Rubén DARIO

Rubén DARIO

 

Rubén DARIO, poeta nicaragüense nacido en Metapa, hoy Ciudad Darío, en 1867. Fue, sin duda alguna, uno de los poetas hispanoamericanos que más decididamente cambió el rumbo de las letras hispánicas.Publicó sus primeros versos a los once años, y a finales del siglo XIX, ya consagrado, publicó "Azul", obra con la que se inició «oficialmente» el Modernismo Hispanoamericano.Al final de su vida se hundió en un ambiente bohemio, muriendo olvidado por todos en 1916. 

*

¡CARNE, CELESTE CARNE DE LA MUJER!

¡Carne, celeste carne de la mujer! Arcilla
-dijo Hugo-, ambrosía más bien, ¡oh maravilla!,
la vida se soporta,
tan doliente y tan corta,
solamente por eso:
roce, mordisco o beso
en ese pan divino
para el cual nuestra sangre es nuestro vino.
En ella está la lira,
en ella está la rosa,
en ella está la ciencia armoniosa,
en ella se respira
el perfume vital de toda cosa.

Eva y Cipris concentran el misterio
del corazón del mundo.
Cuando el áureo Pegaso
en la victoria matinal se lanza
con el mágico ritmo de su paso
hacia la vida y hacia la esperanza,
si alza la crin y las narices hincha
y sobre las montañas pone el casco sonoro
y hacia la mar relincha,
y el espacio se llena
de un gran temblor de oro,
es que ha visto desnuda a Anadiomena.

Gloria, ¡oh Potente a quien las sombras temen!
¡Que las más blancas tórtolas te inmolen,
pues por ti la floresta está en el polen
y el pensamiento en el sagrado semen

!Gloria, ¡oh sublime, que eres la existencia
por quien siempre hay futuros en el útero eterno!
¡Tu boca sabe al fruto del árbol de la Ciencia
y al torcer tus cabellos apagaste el infierno!

Inútil es el grito de la legión cobarde
del interés, inútil el progreso
«yankee», si te desdeña.
Si el progreso es de fuego, por ti arde.
¡Toda lucha del hombre va a tu beso,
por ti se combate o se sueña!

Pues en ti existe Primavera para el triste,
labor gozosa para el fuerte,
néctar, Ánfora, dulzura amable.
¡Porque en ti existe
el placer de vivir hasta la muerte
ante la eternidad de lo probable…!
 

*

FRANCISCA, SÉ SUAVE...


Francisca, sé suave,
es tu dulce deber;
sé para mí un ave
que fuera una mujer.

Francisca, sé una flor
y mi vida perfuma,
hecha toda de amor
y de dolor y espuma.

Francisca, sé un ungüento
como mi pensamiento;
Francisca, sé una flor
cual mi sutil amor;
Francisca, sé mujer,
como se debe ser...

Saber amar y sentir
y admirar como rezar...
y la ciencia del vivir
y la virtud de esperar.
 

*

VOY A CONFIARTE, AMADA

Voy a confiarte, amada,
uno de los secretos
que más me martirizan. Es el caso
que a las veces mi ceño
tiene en un punto mismo
de cólera y esplín los fruncimientos.
O callo como un mudo,
o charlo como un necio,
suplicando el discurso
de burlas, carcajadas y dicterios.
¿Que me miran? Agravio.
¿Me han hablado? Zahiero.
Medio loco de atar, medio sonámbulo,
con mi poco de cuerdo.
¡Cómo bailan en ronda y remolino,
por las cuatro paredes del cerebro
repicando a compás sus consonantes,
mil endiablados versos
que imitan, en sus cláusulas y ritmos,
las músicas macabras de los muertos!
¡Y cómo se atropellan,
para saltar a un tiempo,
las estrofas sombrías,
de vocablos sangrientos,
que me suele enseñar la musa pálida,
la triste musa de los días negros!
Yo soy así. ¡Qué se hace! ¡Boberías
de soñador neurótico y enfermo!
¿Quieres saber acaso
la causa del misterio?
Una estatua de carne
me envenenó al vida con sus besos.
Y tenía tus labios, lindos, rojos
y tenía tus ojos, grandes, bellos...
 

*

Ilustración : DESSON

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