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Revista Literaria AZUL@RTE

Roland BARTHES

Roland BARTHES

  

Roland Barthes nació en Cherburgo el 12 de noviembre de 1915 y vivió en Bayona hasta 1924, cuando se trasladó a París. Tras licenciarse en lenguas clásicas en La Sorbona en 1939, fundó el Groupe de Théâtre Antique de París. Fue profesor en la capital francesa, en Biarritz y, posteriormente, en Rumania y Egipto. Estudioso de Marx y Michelet, en 1946 comenzó a colaborar en la revista de izquierdas Combat, con trabajos que fueron reunidos en el libro El grado cero de la escritura (1953). En este período, se descubre un primer Barthes muy próximo a las corrientes neomarxistas del momento, que se desplazará más tarde hacia el existencialismo y el estructuralismo.


En 1962 fue nombrado director de estudios de la Escuela Práctica de Estudios Superiores, donde explicó semiótica, enseñanza que años más tarde impartiría, como docente de Semiología Literaria, en el Collège de France.
En su primer libro, El grado cero de la escritura, al que siguieron, entre otros, Michelet según él (1954), Mitologías (1962), Sobre Racine (1963), Elementos de semiología (1965), Crítica y verdad (1966), El sistema de la moda (1967), S/Z (1970), El imperio de los signos (1970), Sade, Fourier, Loyola (1971), Escritores, intelectuales, profesores (1971), El placer del texto (1973), Fragmentos de un discurso amoroso (1977), La cámara lúcida (1980).
Murió en París el 23 de marzo de 1980, víctima de un accidente de automóvil cerca de La Sorbona.
  

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EL PENSAMIENTO 

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Escritor y pensador francés, cuya obra alcanza los campos de la crítica literaria, la comunicación, la filosofía y la sociología.
La publicación de su libro Sobre Racine, en 1964, suscitó una amplia polémica en el campo académico francés, a la que contestó con el libro Crítica y verdad (1966). Según Barthes, la obra literaria hay que analizar en el contexto del propio espacio de la obra y no a partir de valores externos a la misma.


Las contribuciones teóricas de Roland Barthes le convierten en uno de los pensadores más relevantes de Francia del pasado siglo, considerado como uno de los representantes del postestructuralismo y figura relevante en el desarrollo de la semiótica.
Su influencia en el campo teórico de la comunicación es significativa, especialmente por el papel que adquiere el análisis semiológico, que alcanzan a la fotografía, a la que dedica su último libro, La cámara lúcida (1980), la publicidad, la moda, etcétera. Todo discurso, su contenido, su referencia a lo real tiene connotaciones que le dan significación, le atribuyen valores. Todo discurso puede convertirse en signo, mito. Los mitos no crean lenguajes, pero los ponen al servicio de una ideología, haciendo hablar a las cosas por ella.


Barthes analiza el sistema de medios, la 'socio-media-manía', y en especial el mundo de las imágenes, aportando instrumental metodológico para el estudio de su expresión connotativa.  

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el mensaje lingüistico

Por Roland BARTHES 

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¿Es cons­tan­te el men­sa­je lin­güís­ti­co? ¿Hay siem­pre un tex­to, ya sea den­tro, de­ba­jo o al­re­de­dor de la ima­gen? Pa­ra en­con­trar imá­ge­nes sin acom­pa­ña­mien­to ver­bal ten­dría­mos que re­mon­tar­nos a so­cie­da­des par­cial­men­te anal­fa­be­tas, es de­cir, a una es­pe­cie de es­ta­do pic­to­grá­fi­co de la ima­gen; de he­cho, des­de la apa­ri­ción del li­bro es fre­cuen­to la aso­cia­ción de tex­to e ima­gen; es­ta aso­cia­ción pa­re­ce no ha­ber si­do su­fi­cien­te­men­te es­tu­dia­da des­de un pun­to de vis­ta es­truc­tu­ral; ¿cuál es la es­truc­tu­ra sig­ni­fi­can­te de la “ilus­tra­ción”? ¿Du­pli­ca aca­so la ima­gen cier­tas in­for­ma­cio­nes del tex­to por un fe­nó­me­no de re­dun­dan­cia o bien es el tex­to el que aña­de in­for­ma­ción iné­di­ta a la ima­gen? Se po­dría plan­tear el pro­ble­ma de for­ma his­tó­ri­ca a pro­pó­si­to del Cla­si­cis­mo, que tu­vo una ver­da­de­ra pa­sión por los li­bros de es­tam­pas (no hu­bie­ran si­do con­ce­bi­bles en el si­glo XVIII unas Fá­bu­las de La Fon­tai­ne sin ilus­tra­cio­nes) y en el que al­gu­nos au­to­res, co­mo P. Mé­nes­trier, se preo­cu­pa­ron por las re­la­cio­nes en­tre las imá­ge­nes y el dis­cur­so. Hoy en día pa­re­ce ser que, en cuan­to a la co­mu­ni­ca­ción de ma­sas, el men­sa­je lin­güís­ti­co es­tá pre­sen­te en to­das las imá­ge­nes: bien ba­jo for­ma de ti­tu­lar, tex­to ex­pli­ca­ti­vo, ar­tí­cu­lo de pren­sa, diá­lo­go de pe­lí­cu­la o glo­bo de co­mic; es­to mues­tra que no es de­ma­sia­do exac­to ha­blar de una ci­vi­li­za­ción de la ima­gen: aún cons­ti­tui­mos, y qui­zá más que nun­ca, una ci­vi­li­za­ción ba­sa­da en la es­cri­tu­ra, ya que la es­cri­tu­ra y la pa­la­bra si­guen sien­do ele­men­tos con con­sis­ten­cia en la es­truc­tu­ra de la in­for­ma­ción. En rea­li­dad, lo que cuen­ta es la sim­ple pre­sen­cia del men­sa­je lin­güís­ti­co, ya que ni el lu­gar que ocu­pa ni su ex­ten­sión re­sul­tan per­ti­nen­tes (pue­den ocu­rrir que un tex­to lar­go, gra­cias a la con­no­ta­ción, no con­lle­ve si­no un sig­ni­fi­ca­do glo­bal, y ese sig­ni­fi­ca­do sea el que es­té en re­la­ción con la ima­gen). ¿Cuá­les son las fun­cio­nes del men­sa­je lin­güís­ti­co res­pec­to al (do­ble) men­sa­je icó­ni­co? Pa­re­ce te­ner dos: una fun­ción de an­cla­je y otra de re­le­vo. 

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Roland BARTHES

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To­da ima­gen es po­li­sé­mi­ca, to­da ima­gen im­pli­ca, sub­ya­cen­te a sus sig­ni­fi­can­tes, una ca­de­na flo­tan­te de sig­ni­fi­ca­dos, de la que el lec­tor se per­mi­te se­lec­cio­nar unos de­ter­mi­na­dos e ig­no­rar to­dos los de­más. La po­li­se­mia pro­vo­ca una in­te­rro­ga­ción so­bre el sen­ti­do; aho­ra bien, es­ta in­te­rro­ga­ción apa­re­ce siem­pre co­mo una dis­fun­ción, in­clu­so en los ca­sos en que la so­cie­dad re­cu­pe­ra di­cha dis­fun­ción ba­jo la for­ma del jue­go trá­gi­co (Dios, mu­do, no per­mi­te es­co­ger en­tre los sig­nos) o poé­ti­co (el “es­tre­me­ci­mien­to de los sen­ti­dos­”, pá­ni­co de los an­ti­guos grie­gos); in­clu­so en el ci­ne, las imá­ge­nes trau­má­ti­cas apa­re­cen acom­pa­ña­das de una in­cer­ti­dum­bre (de una in­quie­tud) so­bre el sen­ti­do de los ob­je­tos o de las ac­ti­tu­des. En to­da so­cie­dad se de­sa­rro­llan di­ver­sas téc­ni­cas des­ti­na­das a fi­jar la ca­de­na flo­tan­te de sig­ni­fi­ca­dos, con el fin de com­ba­tir el te­rror pro­du­ci­do por los sig­nos in­cier­tos: una de es­tas téc­ni­cas con­sis­te pre­ci­sa­men­te en el men­sa­je lin­güís­ti­co. Al ni­vel de men­sa­je li­te­ral, la pa­la­bra res­pon­de, de ma­ne­ra más o me­nos di­rec­ta, más o me­nos par­cial, a la pre­gun­ta ¿qué es eso? 

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Ayu­da a iden­ti­fi­car pu­ra y sim­ple­men­te los ele­men­tos de la es­ce­na y la es­ce­na mis­ma; cons­ti­tu­ye una des­crip­ción de­no­ta­da de la ima­gen ­(des­crip­ción par­cial, a me­nu­do) o, si­guien­do la ter­mi­no­lo­gía de Hjelms­lev, una ope­ra­ción (en opo­si­ción a la con­no­ta­ción). La fun­ción de­no­mi­na­do­ra vie­ne a co­rres­pon­der­se per­fec­ta­men­te con un an­cla­je de to­dos los sen­ti­dos po­si­bles (de­no­ta­dos) del ob­je­to, por me­dio del re­cur­so a una no­men­cla­tu­ra; an­te un pla­to (anun­cio de Amieux) pue­do te­ner du­das pa­ra iden­ti­fi­car for­mas y vo­lú­me­nes; el tex­to ex­pli­ca­ti­vo (arroz y atún con cham­pi­ño­nes) me ayu­da a dar con el ni­vel ade­cua­do de per­cep­ción; me per­mi­to aco­mo­dar, no só­lo la vis­ta, si­no tam­bién la in­te­lec­ción. En el ni­vel del men­sa­je “sim­bó­li­co”, el men­sa­je lin­güís­ti­co pa­sa de ser el guía de la iden­ti­fi­ca­ción a ser­lo de in­ter­pre­ta­ción, ac­tuan­do co­mo una es­pe­cie de ce­po que im­pi­de que los sen­ti­dos con­no­ta­dos pro­li­fe­ren bien ha­cia re­gio­nes de­ma­sia­do in­di­vi­dua­les (o sea, li­mi­tan­do la ca­pa­ci­dad pro­yec­ti­va de la ima­gen), bien ha­cia va­lo­res dis­fó­ri­cos; un anun­cio (con­ser­vas d’Arcy) re­pre­sen­ta unos cuan­tos fru­tos de es­ca­so ta­ma­ño di­se­mi­na­dos en tor­no a una es­ca­le­ra; la le­yen­da (co­mo si us­ted se hu­bie­ra da­do una vuel­ta por el jar­dín) ale­ja un po­si­ble sig­ni­fi­ca­do (ava­ri­cia, es­ca­sez de la co­se­cha), que se­ría de­sa­gra­da­ble, y orien­ta la lec­tu­ra ha­cia un sig­ni­fi­ca­do ha­la­güe­ño (el ca­rác­ter na­tu­ral y per­so­nal de los fru­tos de un jar­dín pri­va­do); el tex­to ex­pli­ca­ti­vo ac­túa en es­te ca­so co­mo un an­ti­ta­bú, com­ba­te el mi­to in­gra­to de la ar­ti­fi­cia­li­dad, idea que nor­mal­men­te se aso­cia con las con­ser­vas. Por su­pues­to que el an­cla­je pue­de ser ideo­ló­gi­co, y és­ta es sin du­da su fun­ción prin­ci­pal; el tex­to con­du­ce al lec­tor a tra­vés de los dis­tin­tos sig­ni­fi­ca­dos de la ima­gen, le obli­ga a evi­tar unos y a re­ci­bir otros; por me­dio de un dis­pat­ching, a me­nu­do su­til, lo te­le­di­ri­ge en un sen­ti­do es­co­gi­do de an­te­ma­no. Es evi­den­te que, en to­dos los ca­sos de an­cla­je, el len­gua­je tie­ne una fun­ción elu­ci­da­to­ria, pe­ro la elu­ci­da­ción es se­lec­ti­va; se tra­ta de un me­ta­len­gua­je que no se apli­ca a la to­ta­li­dad del men­sa­je icó­ni­co, si­no tan só­lo a al­gu­nos de sus sig­nos; el tex­to cons­ti­tu­ye real­men­te el de­re­cho a la mi­ra­da del crea­dor (y, por tan­to, de la so­cie­dad) so­bre­ la ima­gen: el an­cla­je es un con­trol, de­ten­ta una res­pon­sa­bi­li­dad so­bre el uso del men­sa­je fren­te a la po­ten­cia pro­yec­ti­va de las imá­ge­nes; con res­pec­to a la li­ber­tad de sig­ni­fi­ca­ción de la ima­gen, el tex­to to­ma un va­lor re­pre­sor, y es com­pren­si­ble que sea so­bre to­do en el tex­to don­de la so­cie­dad im­pon­ga su mo­ral y su ideo­lo­gía. 

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El an­cla­je es la más fre­cuen­te de las fun­cio­nes del men­sa­je lin­güís­ti­co.Es más ra­ra la fun­ción de re­le­vo (al me­nos por lo que res­pec­ta a la ima­gen fi­ja); es­ta fun­ción se en­cuen­tra so­bre to­do en el hu­mor grá­fi­co y el co­mic. En es­tos ca­sos, la pa­la­bra (ca­si siem­pre un frag­men­to de diá­lo­go) y la ima­gen es­tán en re­la­ción com­ple­men­ta­ria; de ma­ne­ra que las pa­la­bras son frag­men­tos de un sin­tag­ma más ge­ne­ral, con la mis­ma ca­te­go­ría que las imá­ge­nes, y la uni­dad del men­sa­je tie­ne lu­gar a un ni­vel su­pe­rior: el de la his­to­ria, la anéc­do­ta, la dié­ge­sis (lo cual vie­ne a con­fir­mar que se de­be tra­tar la dié­ge­sis co­mo un sis­te­ma au­tó­no­mo). La pa­la­bra­ “re­le­vo”, de ra­ra apa­ri­ción en la ima­gen fi­ja, al­can­za una gran im­por­tan­cia en el ci­ne don­de el diá­lo­go no tie­ne una fun­ción sim­ple­men­te elu­ci­da­to­ria, si­no que con­tri­bu­ye real­men­te a ha­cer avan­zar la ac­ción, dis­po­nien­do a lo lar­go de los men­sa­jes sen­ti­dos que no se en­cuen­tran en la ima­gen. Es evi­den­te que las dos fun­cio­nes del men­sa­je lin­güís­ti­co pue­den coe­xis­tir en un mis­mo con­jun­to icó­ni­co, pe­ro el pre­do­mi­nio de uno u otro no es in­di­fe­ren­te, cier­ta­men­te, a la eco­no­mía ge­ne­ral de la obra; cuan­do la pa­la­bra tie­ne un va­lor die­gé­ti­co de re­le­vo la in­for­ma­ción re­sul­ta más tra­ba­jo­sa, ya que se ha­ce ne­ce­sa­rio el apren­di­za­je de un có­di­go di­gi­tal (la len­gua); cuan­do tie­ne un va­lor sus­ti­tu­ti­vo (de an­cla­je, de con­trol), la ima­gen es la que so­por­ta la car­ga in­for­ma­ti­va, y co­mo la ima­gen es ana­ló­gi­ca, la in­for­ma­ción, en cier­to sen­ti­do, es más “pe­re­zo­sa” en cier­tos co­mics des­ti­na­dos a una lec­tu­ra “ace­le­ra­da”, la dié­ge­sis apa­re­ce con­fia­da en su ma­yor par­te a la pa­la­bra, mien­tras que la ima­gen re­co­ge las in­for­ma­cio­nes atri­bu­ti­vas, de or­den pa­ra­dig­má­ti­co (sta­tus es­te­reo­ti­pa­do de los per­so­na­jes): se ha­ce coin­ci­dir el men­sa­je más tra­ba­jo­so con el men­sa­je dis­cur­si­vo, pa­ra evi­tar al lec­tor apre­su­ra­do el abu­rri­mien­to de las “des­crip­cio­nes” ver­ba­les que, por el con­tra­rio, se con­fían a la ima­gen, es de­cir, a un sis­te­ma me­nos “tra­ba­jo­so”.    

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Sitio : http://www.infoamerica.org/teoria/barthes1.htm 

Illustracion :  Elliott Banfield http://www.elliottbanfield.com

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