Blogia
Revista Literaria AZUL@RTE

Czeslaw MILOSZ

Czeslaw MILOSZ

  

"Es probable que no haya otra memoría aparte de la memoria de las heridas"
Czeslaw Milosz


Nació el 30 de junio de 1911 en Szetejnie, Lituania. Cursó estudios en la Universidad de Stephan Batory de Vilna y en la Alliance Française en París. Participó junto a la Resistencia polaca durante el transcurso de la II Guerra Mundial. Inicialmente aceptó al régimen de los soviéticos, impuesto en Polonia, porque lo veía como una forma de liberación y, de 1945 a 1950, hasta trabajó en el servicio diplomático. En 1951, decepcionado por los aires estalinistas en su país, emigró primero a Francia y, luego, a los Estados Unidos. En 1960 emigró a Estados Unidos y trabajó en la radio nacional y en el servicio diplomático, estando adscrito a la embajada en Washington en la década de los cuarenta. Adoptó la nacionalidad estadounidense en 1970. Entre 1961 y 1978 trabajó en la Universidad de California como profesor de Lenguas y literaturas eslavas. Su primera colección de poemas fue Poemas del tiempo congelado (1933), de corte neosimbolista. Escribió dos novelas autobiográficas El poder cambia de manos (1953) y El valle de Issa (1955), aunque su obra más famosa es El pensamiento cautivo (1953), conjunto de ensayos que analizan la aceptación del comunismo por parte de la intelectualidad polaca. En 1980 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura y, en años posteriores, se fueron publicando en diversos idiomas antologías de su obra poética, como la edición en español Poemas (1984). En los 90, tras la larga transición pacífica de los polacos del comunismo a la democracia, el poeta volvió a Polonia. Falleció como consecuencia de una aguda insuficiencia cardio-respiratoria el sábado, 14 de agosto de 2004, a los 93 años, en su casa de Cracovia.


http://www.milosz.pl/scan/r_krainapoezji.jpg 


Un poema para el final del siglo


Cuando todo estaba bien
Y el concepto de pecado había desaparecido
Y la tierra estaba lista
En paz universal
Para consumir y disfrutar
Sin dogmas y utopías,

Yo, por razones desconocidas,
Rodeado por los libros
De profetas y teólogos,
De filósofos, poetas,
Buscaba una respuesta,
Frunciendo el ceño, gesticulando,
Caminando de noche, refunfuñando al amanecer.

Lo que me oprimía en demasía
Era un poco vergonzoso.
Hablando de ello en voz alta
No mostraría ni tacto ni prudencia.
Podría incluso parecer un agravio
En contra del bienestar de la humanidad.

¡Ay de mí!, mi memoria
No quiere dejarme
Y en ella, la vida comienza
Cada una con su propio dolor,
Cada una con su propio morir,
Con su propia turbación.

¿Por qué entonces la inocencia
En playas paradisiacas,
Un cielo impoluto
Sobre la iglesia de la higiene?
¿Será porque eso
fue hace mucho?
  

*

UNA VIDA FELIZ


Su antigua edad cayó en años de abundante cosecha.
No había terremotos, sequías o inundaciones.
Parecía como si el cambio de las estaciones ganara en constancia,
Las estrellas crecían vigorosas y el sol aumentaba su poder.
Aún en remotas providencias no se agitaba la guerra.
Las generaciones crecían amistosas hacia el prójimo.
La naturaleza racional del hombre no era un motivo de irrisión.

Era amargo decir adiós a la tierra renovada.
Estaba envidioso y avergonzado de su duda,
Contento de que su lacerada memoria desaparecería con él

Dos días después de su muerte un huracán arrasó las costas.
Humo vino de los volcanes inactivos por un centenar años.
La lava se extendió por los bosques, viñedos y poblados.
Y la guerra comenzó con una batalla en las islas.


Versión de Rafael Díaz Borbón  

*

ELEGÍA PARA N. N.


Si es demasiado lejos para tí, dilo.
Habrías podido correr sobre las pequeñas olas del Báltico,
atravesar el campo de Dinamarca, la floresta de hayas,
virar hacia el océano, y ya está, cerca,
el Labrador, blanco en esta estación del año.
Tú, que soñabas una isla solitaria,
si temes las ciudades, el parpadeo de los fuegos sobre las autorrutas,
habrías podido tomar el camino de los bosques sordos,
sobre torrentes revueltos y azules, y rastros del ciervo y del reno,
hasta las Sierras, hasta las minas de oro abandonadas.
El Río Sacramento te habría llevado entonces,
por entre las colinas recubiertas de encinas espinosas.
Todavía un bosque de eucaliptos, y estarás en mi casa.

Es cierto, cuando la manzanita florece,
y la bahía es azul en las mañanas de primavera,
yo pienso a mi pesar en la casa entre lagos
y en las redes recogidas bajo el cielo Lituano.
La cabaña donde te despojabas de tu traje antes del baño
se cambió para siempre en un cristal abstracto.
Y en él está la oscura miel de la tarde, junto al balcón,
y las pequeñas lechuzas, graciosas, y el olor de los arneses.

Cómo podíamos vivir entonces, yo no puedo decirlo.
Las costumbres, los trajes, vibran imprecisos,
inconsistentes, tensos hacia el final.
Es tal vez que pensábamos en las cosas tal como son?
El saber de los años fogosos ha enrojecido los caballos ante la forja,
y las pequeñas columnas en el mercado de la aldea,
y los peldaños de madera y la peluca de Mamá Fliegeltaub.

Mucho hemos aprendido, tú bien lo sabes:
cómo nos es quitado, cosa por cosa, todo aquello que no podía ser,
la gente, las comarcas.
Y el corazón no muere cuando uno creyó que debería,
pero sonreímos, el té y el pan sobre la mesa.
Sólo el remordimiento de no haber amado como se debe
esa pálida ceniza de Sachsenhausen
con un amor absoluto, que no está a la medida del hombre.

Tú te has acostumbrado a nuevos inviernos, húmedos,
a la ciudad donde la sangre del propietario alemán
fue raspada de los muros, y a donde él jamás regresó.
Tampoco yo he llevado más de lo que podía, ciudades y país.
No se puede entrar dos veces en el mismo lago,
sobre hojas descompuestas de abedul,
y quebrando una estrecha estría de sol.

Tus faltas y las mías, no fueron grandes faltas,
tus secretos y los míos, no eran grandes secretos.
Cuando te anudan la mandíbula con un pañuelo,
cuando te ponen una cruz entre los dedos,
y a lo lejos un perro ladra, brilla una estrella.

No, no es porque estés tan lejos
que no has venido el otro día, la otra noche.
De año en año madura en nosotros y nos invadirá,
yo, como tú, lo he comprendido: la indiferencia.

Berkeley, 1963


Versión de William Ospina 

A leer:

http://www.elindependent.org/articulos/article.asp?id=337

http://es.wikipedia.org/wiki/Czes%C5%82aw_Mi%C5%82osz 

http://www.pachuca.com.mx/portal/albatros/007.htm

*  

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres