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Revista Literaria AZUL@RTE

Dominique GASIEWICZ

Dominique GASIEWICZ

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Dominique GASIEWICZ dominiquemarie03@hotmail.com

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Serge Diaghilev, zar de la belleza

Por Ernesto Schoo 

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A principios del siglo XX, el arte ruso tuvo influencia sobre la estética occidental: inspiró a artistas y marcó la moda femenina. El artífice de esa invasión espiritual, Diaghilev, comenzó su campaña con Boris Godunov en París y la coronó con la creación de los Ballets Rusos   

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El próximo martes 17 subirá a escena en el Colón la nueva producción de Boris Godunov, la ópera de Mussorgsky, en la versión considerada definitiva, hecha por el propio compositor en 1872, distinta de la habitualmente representada cuya orquestación se debe a Rimsky-Korsakov. Resulta oportuno, entonces, recordar al hombre que dio a conocer a Occidente esa obra maestra: Serge Diaghilev, el creador de los Ballets Rusos y uno de los mayores artífices de la revolución artística del siglo XX, cuyos ecos resuenan todavía hoy. En gran medida, de él provienen los criterios actuales con que consideramos a las vanguardias en todas las artes, incluyendo el diseño, la publicidad, la moda; de él, también, la actitud expectante de quien intuye, en datos todavía brumosos, las formas del porvenir.

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Aunque la cabezota de Diaghilev -desproporcionada, pese a su estatura- fue reproducida con frecuencia por pintores, escultores y caricaturistas del mundo entero, quizá nadie captó su personalidad como su compatriota, el gran pintor Valentín Serov, en lo que es tan sólo el boceto de un retrato nunca completado. Allí asoman la boca sensual, subrayada por leve bigote, los ojos melancólicos y penetrantes, el célebre mechón de pelo canoso que inserta una suerte de penacho inesperado en la espesa mata renegrida. Pero es el ademán de la mano derecha -en alto, sobre el brazo reclinado en un apoyo, a punto de recibir el peso de la cabeza-, en el acto de flexionar la muñeca y curvar los dedos, el que otorga carácter al retrato. Un gesto a la vez indolente y autoritario, el del director de orquesta al ordenar un ataque, el del jefe que no admite réplica pero podría atenuar la fiereza que ya se diluye en la mirada benévola. Es a partir de estas cualidades contradictorias como tal vez se entienda la condición de líder que caracterizó a este hombre múltiple.
 Hijo de un oficial del ejército y de una dama noble, Serguei Pavlovich Diaghilev, nacido en Gruzino, provincia de Novgorod, el 19 de marzo de 1872, mostró desde niño predisposición hacia la música. Sus padres, en buena posición económica, lo enviaron a estudiar con Rimsky-Korsakov en el conservatorio de San Petersburgo, pero pronto el maestro enfrentó al discípulo con la realidad: carecía de dones para ese arte. El muchacho no se deprimió: no sería un músico profesional, pero la belleza sería su profesión. Con la gracia mundana un tanto displicente que le daría prestigio en los salones, explicaba: "Como tengo talento para muchas cosas, pero genio para ninguna, decidí promover el genio de los demás".  

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Fabricante de genios

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Palabra cumplida. Para explicar la trayectoria de este fabricante de genios, conviene remontarse a dos años antes de su nacimiento, a 1870, cuando Savva Mamontov, un noble riquísimo, mecenas de las artes, compró una casa de campo en los alrededores de Moscú, Abramtsevo (donde había vivido Gogol), e instaló en ella -influido por los principios del inglés William Morris y su movimiento Arts & Crafts- una fábrica de cerámica artística. Mamontov se rodeó de diseñadores, escultores y pintores, a los que mantenía y estimulaba con generosidad e imaginación. Amaba el teatro y tenía, en su mansión moscovita y en Abramtsevo, pequeñas salas privadas donde se presentaron las primeras escenografías inspiradas en el folklore eslavo, con su particular estilo "ilustración de cuento de hadas": coloridas, minuciosamente detalladas en clave fantástica, sin duda derivadas de los íconos bizantinos (origen de la pintura rusa) y de las imágenes populares con que los juglares trashumantes hacían entender sus leyendas a los campesinos analfabetos, en Rusia como en el resto de Europa. Las primeras pinturas de Kandinsky o las características cajitas esmaltadas en negro con delicadas figuras legendarias, en venta aún hoy, hablan ese mismo lenguaje, entre rústico y refinado, de la imaginería eslava. A ella debe sumarse también el aporte de los escitas nómadas y el del Asia Menor, desde las bestias fabulosas venidas de los santuarios de Siria hasta las miniaturas persas, cosechadas en el Camino de la Seda a través de ciudades cuyos nombres resuenan en Occidente con ecos de Las mil y una noches : Samarcanda, Basora, Ispahan.

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Toda este portentoso cargamento iconográfico, de una riqueza ornamental inigualada, se volcó en las escenografías creadas para los teatros de Mamontov, de cuyos talleres surgió, tras una primera etapa estrictamente privada, la segunda generación de los grandes escenógrafos que deslumbrarían a Occidente: Bilibin (1876-1928), Korovin (1861-1939), Golovin (1863-1930), Natacha Gontcharova (1881-1962; descendiente del poeta Pushkin), Larionov (nacido en 1881) y el acaso más famoso, León Bakst (1866-1924). Todos ellos y el gran Alexander Benois (1870-1961) acompañarían a Diaghilev en su asedio y toma de París, a partir de 1906.

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Examen de una estrategia

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Del examen de la carrera de Diaghilev nace, en principio, la hipótesis de una estrategia muy hábilmente concebida. Tal vez no haya sido así, pero los hechos parecerían probarlo. Su primer movimiento fue acercarse a la galaxia Mamontov -quien en 1898 había llevado su troupe a San Petersburgo- e integrarse a ella. En 1904 fundó la revista Mundo del Arte , órgano de la asociación artística del mismo nombre, y promovió la aparición de otras ( Apolo , El Vellocino de Oro ) en las que colaboraron los más importantes creadores en múltiples disciplinas. Ya en 1897, Serguei (conservaba todavía el nombre eslavo, que más tarde simplificaría en el Serge francés) había llamado la atención en San Petersburgo al organizar una exposición de acuarelas inglesas. Al año siguiente fue el turno del arte escandinavo, con idéntica repercusión. Y en 1905 llegó por fin la de arte ruso, en el espléndido palacio de Táurida: allí estaban todos, los orfebres de las estepas, las alfombras del Turquestán, los vidrios pintados por artesanos populares, los bocetos de los escenógrafos, los grandes pintores con el tradicional Repin y el moderno Serov a la cabeza. Y puesto que los decoradores de teatro eran también dibujantes, grabadores y pintores calificados, lo que ellos expusieron es, desde una mirada actual, la simiente del arte de vanguardia, tal como florecería inmediatamente después de la revolución de 1917 y que el estalinismo haría abortar.

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De la capital junto al Neva, la gran exposición del arte ruso se trasladó a la capital junto al Sena, donde el éxito fue deslumbrante. Hasta ese momento y con pocas excepciones, el resto de Europa miraba a Rusia con una mezcla de recelo y condescendencia: un pueblo de rústicos, pese a los esfuerzos de Pedro y Catalina -Grandes, ambos- por "occidentalizar" a sus paisanos. Y, de pronto, el sereno clasicismo francés, el de la mesura y el refinado equilibrio, en 1906 descubrió -apabullado, de veras conmovido- la explosión de color, pasión, misticismo y crueldad que llegaba de las estepas.

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El asedio de París

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Sin embargo, Diaghilev no había dado todavía el golpe maestro. En 1908 estrenó en París la ópera de Mussorgsky Boris Godunov (con la orquestación de Rimsky-Korsakov), con Fiodor Chaliapin como protagonista. Fue la locura, el desborde, el público y los críticos quedaron sin aliento: los magníficos decorados y trajes de Golovin, con las cúpulas doradas, en forma de bulbo, de las catedrales del Kremlin, los ropajes saturados de pedrerías, la belleza indescriptible de los coros y, sobre todo, la actuación de Chaliapin -bajo barítono que, más allá de su voz magnífica, era un actor insuperable- arrastraban al delirio.

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La Ciudad Luz, en ese momento capital artística del mundo, había sido tomada por asalto por un pacífico ejército eslavo. Faltaba un paso más. El 18 de mayo de 1909, la inmensa sala del Châtelet estaba colmada: ministros, embajadores, duquesas, académicos y cuanta celebridad pueda imaginarse, en cualquier disciplina, estaban allí para ver qué nuevo sofocón les habían preparado los rusos. Y fue, una vez más, la aprobación unánime, la gloria definitiva. Diaghilev había sustraído de los teatros imperiales de su país a los bailarines más diestros y famosos, para formar con ellos el elenco de los Ballets Rusos: Anna Pavlova (que sólo permaneció un año con él y formó después su propia compañía), Tamara Karsavina, Ida Rubinstein, Michel Fokine, Lydia Lopokova (que se casaría con el famoso economista John Maynard Keynes) y el primero entre todos, Vaslav Nijinsky. A las ocho y media de la noche se alzó el telón y comenzó el milagro: El pabellón de Armida , música de Gluck, coreografía de Fokine, trajes y decorados de Benois, y la pareja ideal: Pavlova y Nijinsky. Con la última pirueta, estalló la ovación sin límite: las duquesas parecían dispuestas a arrojar sus diademas al escenario, la sala entera se puso de pie, hechizada para siempre por el mago.

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La pareja despareja

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Con la galera de copa balanceándose riesgosamente en su cabezota, el abrigo con cuello de piel, el bastón con pomo de oro, Diaghilev salió del teatro, entre aplausos y ramos de flores, imperturbable, como siempre. Con ese atuendo había visitado puntualmente, como lo haría cada noche de estreno a través de los años, todos los camarines, desde el de las estrellas hasta el de los partiquinos, impartiendo a cada cual la dosis de confianza y alegría con que debían enfrentar al público. Junto a él trotaba el pequeño demonio de rasgos tártaros que sería su creación y su tormento: Nijinsky, su amante, su discípulo, su inspiración. Nadie describió a la pareja con la agudeza y la ferocidad de Cocteau, tanto en una caricatura impiadosa como en un texto memorable:
"Nijinsky era de estatura mediana. En cuerpo y alma, todo él era de una deformidad profesional. Su cara, de tipo mongol, se unía al cuerpo mediante un cuello muy largo y muy ancho. Los músculos de muslos y pantorrillas abultaban la tela de sus pantalones y hacían ver sus pantorrillas como curvadas hacia atrás. Sus dedos eran cortos, como si les hubieran rebanado las falanges". Es probable que Diaghilev no viera, en esa noche luminosa de la primavera parisiense, ni el Sena, ni las torres de Notre Dame, ni el lomo húmedo de los puentes: veía la aurora de un mundo nuevo, el mundo que él -mezcla curiosa de gran señor y campesino- crearía, con todos los genios que su talento sabía reunir.

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En la segunda temporada, el 4 de junio de 1910, se presentó en la Opera de Paris (el Palais Garnier), Scheherezade , música de Rimsky-Korsakov, coreografía de Fokine, decorados y trajes de Bakst. Otro deslumbramiento, que repercutiría en la moda femenina y en la decoración de interiores. El modista Paul Poiret vestiría a las mujeres más bellas y elegantes del mundo como sultanas, odaliscas, bayaderas; verdes, amarillos, rojos, violetas estallarían en las habitaciones donde hasta entonces reinaban los estilos de los Luises; los suelos se poblarían de almohadones abigarrados, estridencias y discordancias cromáticas aportarían una vitalidad nueva, desconocida.

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De tumulto en tumulto

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Se sucedían los éxitos, pero no faltaban los trastornos: un compatriota joven, ambicioso, Igor Stravinsky, le proporcionó partituras a Diaghilev: El pájaro de fuego (1910), Petrushka (1911) y, en fin, La consagración de la primavera , que en 1913 ocasionaría, en el Théâtre des Champs-Elysées uno de los escándalos más memorables en la historia del espectáculo. La agresividad de la música y la inédita potencia expresiva de la coreografía creada por Nijinsky (un ritual de fertilidad en una Rusia primitiva, salvaje) enfurecieron al público, entre el que se hallaba Victoria Ocampo, quien a partir de esa noche se convertiría en ferviente admiradora del compositor. Otro tumulto similar produjo, en 1912, L après-midi d un faune , que sobre el poema de Mallarmé y con música de Debussy, coreografió Nijinsky. La sexualidad explícita de la danza, la perturbadora sensualidad de la música, la ceñida malla del protagonista (diseño de Bakst) y sus gestos de erotismo animal escandalizarían a no pocos espectadores.

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Casi todos los grandes artistas de la época colaboraron con los Ballets: Picasso, Braque, Derain, Marie Laurencin, firmarían los decorados; Debussy, Ravel, Honegger, Milhaud, Erik Satie, Prokofiev, Falla, Richard Strauss, las partituras. Diaghilev era el promotor de todas las audacias, de todas las vanguardias. Ni siquiera la Primera Guerra Mundial interrumpiría el flujo creador. Con su instinto soberano de gran empresario, Serge previó la Era del Jazz, los Años Locos, la Generación Perdida. Entre 1914 y 1918 llevó su compañía a España neutral y a una gira por las Américas, en cuyo transcurso perdería a Nijinsky, quien se casó en Buenos Aires, en 1917, en la iglesia de San Miguel, con una mediocre bailarina polaca, Romola de Pulsky. Diaghilev no se lo perdonó nunca y Vaslav enloqueció: murió en un hospicio de Londres, en 1950, a los sesenta años de edad, sin volver a bailar jamás.

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Muerte en Venecia

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Demás está decir que la Revolución de Octubre de 1917, que derrocó a la milenaria dinastía de los Romanoff e instaló al régimen soviético, determinó que ni Diaghilev ni sus artistas regresaran a Rusia.
Diaghilev, espléndido y pródigo, siguió acumulando éxitos y prestigio, pero no dinero. Carecía de fortuna personal. "No hace falta ser millonario -decía-, basta con vivir como si uno lo fuera". Murió en la pobreza más absoluta y en Venecia, como corresponde a un romántico, en 1929. Su gran amiga y colaboradora, la célebre modista Coco Chanel, y la excéntrica Misia Sert, pagaron su sepelio en el cementerio de San Michele, donde dos de sus discípulos, Serge Lifar y Léonide Massine, tuvieron el gesto shakesperiano de pelearse a mordiscos sobre la tumba recién cubierta. Cerca de él yacen los restos de Stravinsky (1882-1971). 

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