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Revista Literaria AZUL@RTE

Revista SAVIA MODERNA/Héctor de MAULEON

Revista SAVIA MODERNA/Héctor de MAULEON

 

Los 100 años de la Revista mexicana “SAVIA MODERNA”

por Héctor de Mauleón

01

En enero de 1906, la clausura del Café La Concordia emblematiza el verdadero final del siglo XIX, tan francés en sus letras. Ese año, en una pequeña casa de la calle de Soto, en la colonia Guerrero, algunos jóvenes escritores, fogueados en la tertulia de Jesús E. Valenzuela, fundador de la Revista Moderna, se reúnen domingo a domingo para leer a los griegos, revisar los Siglos de Oro, releer a Dante, Shakespeare y Goethe, y ponerse al día en “las modernas orientaciones artísticas de Inglaterra”. Jesús Villalpando les llama “los muchachos del grupo”. Leen incansablemente a Nietzsche y a Schopenhauer. Resienten la opresión intelectual que emana del porfiriato, y quieren diferenciarse de la generación anterior (Amado Nervo, José Juan Tablada, Marcelino Dávalos, Luis G. Urbina: la generación azul), a pesar del gran poder y prestigio intelectual de que goza ésta.

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Uno de ellos le ha robado a su madre cincuenta pesos para poder salir de la ciudad de León, y conocer a Nervo, quien le publica sus primeros versos; otro es ex cadete de la Escuela Náutica de Campeche, y acaba de pasar varios meses en prisión por haber protestado en los muelles contra la última reelección de Porfirio Díaz. También forma parte del grupo un joven extravagante, de vestido ridículo y voz tipluda, al que se considera el estudiante de arquitectura más destacado. El primero trabaja como mozo de escritorio en “La Gran Sedería”; el segundo es empleado de la Sección de Archivos y Biblioteca del ministerio de Instrucción Pública; el tercero, hijo de un antiguo burócrata que se ha pasado la vida realizando actividades menores. La historia literaria del siglo XX los recordará con los nombres de Rafael López, Roberto Argüelles Bringas y Jesús T. Acevedo. Tienen 33, 31 y 24 años, respectivamente. Están destinados a formar parte de una nueva era del pensamiento y de las letras mexicanas. A convertirse en precursores directos de la Revolución. Pero, por lo pronto, sólo quieren hablar, sólo quieren leer. Apuestan por el rigor en un país de improvisados.
Ahí, en la pequeña casa de la calle de Soto —el desperezo viene siempre envuelto en motivos espirituales, apunta Alfonso Reyes—, se comienzan a demoler, desde el terreno de las ideas, las bases anquilosadas del porfiriato: se anuncia el primer centro libre de cultura en la historia del siglo XX mexicano. 

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02

El dueño de la casa es Luis Castillo Ledón, poeta de 27 años y mediana fortuna, que en 1904 ganó los juegos florales de San Luis Potosí, y apenas recibir el premio decidió viajar a la capital, “atraído por la luz y la fama que entonces desprendía México”.En esa ciudad de carruajes, jardines, vecindades, edificios antiguos, conventos en ruinas, tranvías de mulitas y colonias recién inauguradas —por las que transitan, ruidosamente, algunos automóviles que dejan tras de sí “estelas de humo oscuro/ y flatulencias de carburo”, como reza el poema de Tablada—, las puertas de la casa se abren cada semana para reclutar a jóvenes talentosos, ávidos por lo nuevo, que quieren escapar de la momificación cultural del régimen, o por lo menos están fastidiados con la deshumanizada vertiente positivista que lo sustenta.

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Roberto Argüelles Bringas incorpora, por ejemplo, a Manuel de la Parra y Abel C. Salazar, que trabajan con él en la Sección de Archivo y Biblioteca. No tardan en llegar Antonio Caso (23 años) y Alfonso Cravioto (22). Todos se inclinan ante la inteligencia, cargada de dardos venenosos, de un estudiante de Jurisprudencia que habla con familiaridad de Ruskin, de Wilde, de Whistler. Se llama Ricardo Gómez Robelo, tiene 22 años y se dice que una noche cayó de rodillas para besar los pies de una prostituta, mientras gritaba, al igual que Rodión Romanovich Raskolnikoff: “¡No te beso a ti, sino a todo el sufrimiento humano!”. (Desde esa vez se le llamó Rodino).

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Las reuniones se trasladan a veces a la casa de Acevedo; andando el tiempo, el grupo se concentrará en la de Caso. Aunque en los albores de 1906 “los muchachos” se mueven con naturalidad entre el círculo de los consagrados (los primeros comentarios sobre Argüelles Bringas vinieron de Tablada; el nombre de Rafael López figura desde 1905 en todas las revistas de la época; el poema “Los Caballos”, de Luis Castillo Ledón, fue declamado en 1904 nada menos que por Manuel José Othón), dos sucesos catalizan las búsquedas inconscientes del grupo, hacia la renovación literaria e ideológica que vendrá después. El primero, la jugosa herencia que Alfonso Cravioto recibe a la muerte de su padre, cuatro veces gobernador del estado de Hidalgo. El segundo, la llegada a la ciudad del dominicano Pedro Henríquez Ureña quien, pese a sus 22 años, no tarda en convertirse en cabeza intelectual de la agrupación, a la que induce al estudio de corrientes filosóficas opuestas al positivismo, e incita a estudios y lecturas más amplios y exigentes. Considerado “nuestro Sócrates” por los jóvenes del grupo, les hace pasar “de la filosofía alemana al humanismo renacentista, a Wilde, a Bernard Shaw, al barroco, a muchas cosas más, para arribar siempre a Platón y deleitarse con la sabiduría helénica”.
Recordará Henríquez Ureña años después: Veíamos que la filosofía oficial era demasiado sistemática, demasiado definitiva para no equivocarse [...] Como mis amigos eran ya lectores asiduos de los griegos, mi helenismo encontró ambiente, y pronto ideó Acevedo una serie de conferencias sobre temas griegos, que nos dio ocasión de reunirnos con frecuencia a leer autores griegos y comentarlos.

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Gabriel Zaid ha observado que la renovación literaria de 1906 procede del encuentro entre dos juniors. Hijo de un ex presidente de su país, y con una vasta cultura a su disposición, que incluye una residencia de dos años en Nueva York, Henríquez Ureña influye para que el grupo se compacte y exprese en un medio anquilosado. Hijo de un gobernador que hizo su fortuna a la sombra de Díaz, y luego fue depuesto a capricho del dictador, Alfonso Cravioto se había erigido líder estudiantil en contra del gobernador que sustituyó a su padre, lo que le valió ser perseguido y finalmente encarcelado. Luego de pasar seis meses en prisión, se unió a los hermanos Flores Magón, pero en vez de acompañarlos a preparar la lucha armada en Estados Unidos, optó, como dice Zaid, por la acción cultural. Arribó a la ciudad de México en 1903, año del cierre de la Revista Moderna (1898-1903), colaboró con virulentos artículos contra Díaz en El hijo del Ahuizote, y de pronto se descubrió como “un junior con talento, con dinero, con experiencia como líder y con notable capacidad de convocatoria”. En un acto eminentemente político, en lugar de dedicarse a dilapidar su fortuna, decide reunir, en una revista, a la juventud talentosa de su tiempo. Sabe, como dice Reyes, que los cambios vienen siempre envueltos en motivos espirituales.
Pero a la mayor parte de ellos, ese cambio acabará por destruirlos.

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03

Setenta años antes, al poner la primera piedra en la historia de las letras del México independiente, los cuatro jóvenes que en un cuarto ruinoso fundaron la Academia de Letrán (Guillermo Prieto, los hermanos Lacunza y Manuel Tossiat Ferrer) sólo pudieron disfrutar, como banquete de inauguración, de una piña espolvoreada con azúcar.La revista fundada por Cravioto, en cambio, se instala con un lujo deslumbrante del que no existen precedentes en periódicos y revistas “de pocilgas, covachas y ratoneras”. La redacción está en el último piso de La Palestina, uno de los primeros edificios de seis pisos que existen en la capital, con vista exquisita hacia el nuevo boulevard 5 de Mayo. De un lado se ve la Catedral; del otro, los crepúsculos de la Alameda. El piso del edificio es de mármol. Abajo corren cafés, bares, tiendas, librerías. “Aquello era un Aeropago, un Parnaso, un palacio, una corte de los Medicis”, recuerda Jesús Villalpando.

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Con los primeros muebles empiezan a llegar los muchachos del grupo. Se decide poner a la revista un nombre absurdo: Savia Moderna. La bautizan de ese modo para que sea vista como una prolongación de la revista fundada a finales de siglo por los poetas mayores. “No fue una segregación de disidentes sino una prolongación afirmativa de una tendencia que aspiró a modernizar por completo la literatura mexicana [...] a inyectar savia nueva en el viejo tronco”, escribe Francisco Monterde.
No se trata, sin embargo, de una prolongación, sino del relevo de los jóvenes que están pidiendo a gritos que les abran paso. Gracias al redactor Jesús Villapando, y a un artículo suyo publicado el 5 de mayo de 1918 en El Nacional, poseemos la crónica exacta del instante fundador: Todo el día era una serie de momentos de sorpresa. Tocaban la puerta y aparecía un artista. Un día llegó Manuel de la Parra, todo tímido, como pajarito deslumbrado y anhelante de luz; otro, Rafael López apareció a las cinco y media de la tarde haciendo frases, elegancias y versos al hablar; tal se presentó Roberto Argüelles Bringas, con voz de sochantre y actitudes majestuosas de Duque; a la una de la tarde de un sábado se anunció un grupo de pintores y dibujantes, algo cohibidos, serios y sencillos; Diego Rivera, ocupado de un cuadro de Rubens o de un aguafuerte de Rembrandt, bueno y risueño, como un niño con su indomable e inseparable pipa y cuando todavía no pensaba en los abismos trágicos del futurismo; Saturnino Herrán, con su aspecto de colegial, afable, bondadoso, ingenuo y observador; Gonzalo Argüelles Bringas, gallardo Don Juan, lleno de gran amor por las flores, las mujeres y los paisajes; Antonio Garduño, alto como el edificio de nuestra redacción, seguro de sí mismo y de su color; Rafael de Lillo, con algo de Adonis y mucho de San Juan Bautista, antes de ir a predicar al desierto; Franciso de la Torre, silencioso, como un monje de la Trapa, impasible y melancolizado, soñador como noche de luna, reconcentrado, como un comprimido de Vichy, con algo de agua azul y tristeza de telaraña en estancia abandonada; Francisco Zubieta, miope y anguloso, de suavidades agresivas de caricatura fina y Martínez Carrión siempre muy triste.Recordará a su vez, en un artículo publicado en julio de 1913, el poeta Rafael López: En la ruidosa redacción de ese periódico, ruidosa con el entusiasmo y la alegría de los años en mocedad, nos sentíamos como en la propia casa. La redacción era pequeña, como una jaula, y, por lo mismo, algunas aves comenzaron allí a cantar [...] el alma obscura se bañaba con un poco de sueño y de infinito, sobre el bullicio de la gran ciudad que hacía rodar abajo todas sus tentaciones.

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Desde aquella altura habrá de caer la palabra sobre la ciudad. El primer número es lanzado a fines de marzo de 1906, con portada de cartulina que reproduce un óleo del artista catalán Antonio Fabrés. Alfonso Cravioto y Luis Castillo Ledón figuran como directores. El secretario de redacción es un muchacho de provincia, tocado por la sombra de mortales excitantes que no tardarán en asesinar su talento: José María Sierra. Treinta y tres poetas y escritores integran la nómina de colaboradores. Veinticuatro pintores y dibujantes, conforman la de artistas e ilustradores. Los fotógrafos son Lupercio, Kampfner y Casasola. La suscripción trimestral cuesta 1.50. La casa de peletería La Palestina, las máquinas de escribir W.M.A. Parker, los pianos Cable Company, los electricistas Sierra y Fernández, la Kalodermina Imperial (compuesto para el embellecimiento del cutis), la Emulsión de Scott y la Tabacalera Mexicana, son los anunciantes.

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Savia Moderna lanza su proclama desde la primera página: “Gustamos de las obras más que de las doctrinas. Clasicismo, Romanticismo, Modernismo... diferencias odiosas. Monodien las cigarras, trinen las aves y esplendan las auroras. El Arte es vasto, dentro de él, cabremos todos”. Prosigue Villalpando: La falange juvenil de aquellos que iba a continuar la tradición de los maestros iba engrosando; en cuanto Cravioto sabía de algún joven ignorado que empezaba a despuntar, no descansaba sino hasta dar con él e introducirlo al cenáculo. Y así fueron llegando con intervalos de horas o de días Alfonso Reyes, el más joven de todos, casi un niño, y que ya le hacía bellos sonetos a la Victoria de Samotracia; José M. Sierra, caballero electo de la muerte; el arquitecto Jesús Acevedo, que tenía más erudición que todos nosotros juntos; Gómez Robelo, con su boca enorme y que era una especie de Mauclaire en el grupo; Eduardo Colín, severo, metódico y sereno, un griego cerebral con gran seguridad en los pasos de su camino; Severo Amador, más fúnebre que un ataúd; Pepito Gamboa, con dramas sin terminar; Antonio Caso, a las puertas de la filosofía; Rodolfo Nervo, contagiado por el ambiente de su admirable hermano; Emilio Valenzuela, que continuaba la tradición lírica del magnífico Chucho Valenzuela; Ángel Zárraga, que estaba indeciso entre la literatura y la pintura y otros muchos attachés y principiantes ya fracasados que engrosaban la corte majestuosa del segundo renacimiento literario de México.

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El ambiente es de júbilo y camaradería. Diego Rivera, que hará las portadas desde el segundo número, instala su caballete junto a la ventana y comienza a pintar desde aquella perspectiva inédita. Los poetas Luis Rosado Vega y Delio Moreno Cantón se presentan para conocer las oficinas. Los recibe José María Sierra, absolutamente drogado, pero la labia de Ricardo Gómez Robelo, la erudición de Pedro Henríquez Ureña y unos versos “semejantes a armaduras de templados aceros”, que declama Roberto Argüelles Bringas, logran salvar la tarde. El siglo XX ha comenzado. Nadie sabe a cuantos cegará el polvo del camino. Pero en ese instante, los muchachos sienten, como cuenta Rafael López, que su destino duerme “en las manos cerradas de la vida”. El Imparcial dedica un amplio espacio para dar al público mexicano la buena noticia. Luis G. Urbina ve con buenos ojos la llegada de la publicación, y le atrae el disimulado apoyo del ministro Justo Sierra.
 

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04

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Los jóvenes lanzan la primera carga desde el número inicial. Parecen decir: “¡Aquí estamos!”. Poemas de Roberto Argüelles Bringas, Alfonso Cravioto, Eduardo Colín, Luis Castillo Ledón, Manuel de la Parra, Alberto Herrera y José María Sierra. Prosas, artículos y textos narrativos de Antonio Caso, Ángel Zárraga y Abel C. Salazar. Se reseñan libros, se revisa el panorama del teatro, se hace un directorio de revistas, sociedades artísticas y bibliotecas públicas. Se escriben notas necrológicas y pequeños ensayos. Uno de los capítulos más importantes para las letras mexicanas se abre en ese sitio, la tarde en que Alfonso Reyes, un joven preparatoriano de 17 años, sube las escaleras con un manojo de poemas que le cantan a la naturaleza. Reyes se deslumbra con la inteligencia apolínea de Caso, celebra a risotadas las feroces ocurrencias de Gómez Robelo, e inicia a muchos metros de la tierra no sólo la carrera que habrá de convertirlo en el mayor hombre de letras de la primera mitad de nuestro siglo XX, sino también su amistad con Pedro Henríquez Ureña, decisiva para la literatura mexicana. Recordará Reyes: Cuando lo encontré por primera vez en la redacción de Savia Moderna, me pareció un ser aparte, y así lo era. Su privilegiada memoria para la poesía —cosa tan de su gusto y que siempre me ha parecido la prenda mayor de una verdadera educación literaria— fue en él lo primero que me atrajo. Poco a poco sentí su gravitación imperiosa, y al fin me le acerqué de por vida. Algo mayor que yo (cinco años) lo consideré mi hermano y a la vez mi maestro. La verdad es que los dos nos íbamos formando juntos, pero él un paso adelante.

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La revista, afirma Villalpando, circula en toda la República y se vende como pan caliente. Pero los agentes no pagan y Savia Moderna se vuelve, desde el primer número, el más malo de los negocios. A Cravioto esto no le importa un bledo, quiere llevar adelante “su misión artística”, y está resuelto a gastar hasta el último centavo. Pasado el momento de unir a los literatos, extiende su radio de acción hacia los pintores. El 7 de mayo de ese mismo año, siguiendo una idea del recién llegado de Europa Gerardo Murillo, a quien Leopoldo Lugones bautizará como Dr. Atl, organiza en un suntuoso salón de la calle de Santa Clara, entre triunfales cortinajes de seda y púrpura, la primera exposición de pintura que se realiza en México sin ayuda oficial, y fuera de la academia.
José Juan Tablada toma la palabra esa noche para presentar a Murillo, quien ofrece “el regalo de una conferencia muy interesante y abundosa en altos conceptos e ideas novísimas acerca de las tendencias de la pintura y la escultura modernas”. A un lado cuelgan las obras de un conjunto de muchachos que andando el tiempo transformarán la plástica mexicana, y por lo pronto preludian la revolución pictórica dando un golpe mortal a la pintura académica que —la frase es de Alfonso Reyes—, esa misma noche “se atajó de repente”: Diego Rivera, Germán Gedovius, Francisco de la Torre, Jorge Enciso, Gonzalo Argüelles Bringas, Rafael Ponce de León, Antonio Garduño y, sobre todo, Joaquín Clausell, que dio a conocer sus paisajes impresionistas y fue celebrado, en otro acto eminentemente político, como el único artista plástico que no había egresado de San Carlos o de cualquier otra escuela de arte.Justo Sierra y Ezequiel A. Chávez, ministro y subsecretario de Instrucción Pública, respectivamente, visitan la muestra y celebran “el intento del grupo de hombres de buena voluntad” con una sonrisa apretada. Roberto Argüelles Bringas, Rafael López y Ricardo Gómez Robelo escriben sobre la exposición, que es como “cortar las rosas sobre el mal y el dolor” (López) y un “perseguido anhelo” que se alza sobre el “más hondo desconsuelo” (Argüelles Bringas).

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El mensaje es claro: la batalla se libra desde la rebeldía creadora, y la tribu va en contra de la dictadura positivista, organizando instituciones alternativas. “¡Momias a vuestros sepulcros! ¡Abrid el paso! ¡Vamos hacia el porvenir!”, dirá la proclama firmada un año después, en abril de 1907, cuando los muchachos encabecen un escándalo contra la segunda Revista Azul, que atacaba precisamente las libertades de la poesía procedente de Manuel Gutiérrez Nájera, y tomen las calles enarbolando la bandera del arte libre.
 

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05

¿Cuántos se quedaron en el camino?, se pregunta en 1913, lleno de tristeza, Rafael López. Alfonso Cravioto, “tan joven y tan junior”, se casa a los pocos meses y sale en viaje de bodas rumbo a Europa, donde permanecerá un año. Mientras Gómez Robelo traduce a Poe y Manuel de la Parra escribe un cuento extraordinario (“El trasunto”), el director hace poemas sobre el océano, escribe crónicas desde la Coruña y envía su primera nota desde Francia. La revista queda en manos de los amigos. Los más activos, Rafael López, Gómez Robelo, Manuel de la Parra y Argüelles Bringas. En ausencia del director debutan los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña, y se organiza un banquete en honor del propio Rafael López, quien acaba de recibir la encomienda de declamar su “Oda a Juárez” ante la tumba del prócer, en la ceremonia oficial por el aniversario de su muerte.Sin el financiamiento de Cravioto, ante el fracaso comercial que impide sufragar su alto costo en buen cuché, la revista dura sólo cinco números y desaparece en julio de 1906 (Miguel Capistrán asegura que existe un sexto número, perdido).

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El grupo, formado por los dos géneros de escritores, los que escriben y los que no escriben, se refugia en el taller de Acevedo y comienza a manifestarse por vías extraeditoriales: marcha en defensa de Gutiérrez Nájera, funda una Sociedad de Conferencias para seguir teniendo trato directo con el público, vuelve a marchar en 1908 en defensa de la obra liberal de Gabino Barreda, que aunque positivista, estaba siendo atacado por católicos y consevadores, y da de ese modo la primera señal de una conciencia pública emancipada del régimen. “No es inexacto decir que allí amanecía la Revolución”, escribirá Reyes.
A fines de 1909, verificada ya la incorporación de José Vasconcelos, Julio Torri y Martín Luis Guzmán, los jóvenes fundan el Ateneo de la Juventud, lo transforman en el Ateneo de México, abren la Universidad Popular y finalmente se disgregan tras el cuartelazo de Huerta. Savia Moderna tiene la duración de una rosa.

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Alfonso Cravioto, que redactará la Constitución de 1917, va a ser encarcelado por el dictador. Con el tiempo seguirá los pasos de su padre, abandonará la poesía y se inclinará por la estética. Jamás llegará a escribir “todas sus invenciones y ocurrencias”. Rafael López aceptará un puesto en el gobierno de Huerta y a la caída de éste se verá odiado y perseguido: para seguir viviendo tendrá que firmar durante años con el anagrama de “Lázaro P. Feel”. Considerado por Tablada como uno de los mejores poetas de México, pasará sus días finales en el olvido; dejará sólo un par de libros, y un “Canto a la Bandera” que todos los lunes siguen entonando los niños de México. Hoy nadie lo recuerda. Reyes rescatará parte de su obra dispersa en 1957, y Serge I. Zäitzeff reúnirá sus poemas y crónicas en 1973.
Roberto Argüelles Bringas será el primero en caer. Después de ocupar puestos penumbrosos en el zapatismo, va a ser perseguido por los triunfadores y sucumbirá de fiebre tifoidea en 1915. Sin haber publicado un solo libro, y sin que se conozca en realidad su obra, durante algunos años gozará de prestigio entre los lectores más exigentes. A él también habrán de cubrirlo las sombras del olvido. Luis Castillo Ledón pedirá insistentemente que se recoja su obra, pero nadie llevará a cabo el proyecto. Zäitzeff lo hace medio siglo después, levantando de manos de su hijo varios poemas inéditos.Tres años más tarde, caerá Jesús T. Acevedo. Alfonso Reyes se lamenta en Pasado inmediato porque no van a poderse recoger jamás sus charlas, sus promesas, sus atisbos. Sólo queda un volumen de “aquel escritor posible” que en 1910 inició una cruzada en favor de la transformación de la arquitectura nacional. Luis Castillo Ledón, al igual que su amigo Cravioto, abandonará la lira para especializarse en la historia e incursionar en política. Gobernador de su estado por breve tiempo, va a dirigir durante años el Museo Nacional. Un destino más sosegado que el del diabólico Rodión, que en 1909 tomará partido por la candidatura de Ramón Corral, y no por la del padre de su amigo Alfonso —el general Bernardo Reyes—, y que en 1913 terminará sirviendo oscuramente en el gobierno de Huerta, lo que habrá de costarle el destierro.

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Gómez Robelo regresa al país en 1921, convertido en un crepúsculo del porfiriato. Viene enfermo de alcoholismo, y de una pasión que le devora las entrañas: la fotógrafa italiana Tina Modotti. El trueno de la Revolución ha sofocado los diálogos de aquella generación que agarrada de una tabla se ha dispersado por el mundo. Muchos de ellos no se perdonan. La sacudida que dieron se ha dejado sentir, como acota Reyes, en profundidades muy otras. Savia Moderna, rosa de la juventud a la que cantaba López, les explotó en las manos. ¿Cuántos quedaron en el camino?
Por influjo de Vasconcelos, Rodión dirige el Departamento de Bellas Artes. Ya no existen “las noches dedicadas al genio, por las calles de quietud admirable, o en la biblioteca de Antonio Caso”, en la que presidía un busto de Goethe en donde los muchachos del grupo colgaban sus sombreros.

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Gómez Robelo se ha convertido en una sombra que habita una casa en San Ángel, y escribe maquinazos, y sufre por Modotti. En el sexto piso de La Palestina ya no hay nada, o habrá alguna otra cosa.
La muerte lo sorprende a mediados de 1924. Los periódicos no le dedican una línea. En 1980, el Fondo de Cultura hace la edición facsimilar de los cinco números de Savia Moderna, pero la historia de esta revista, y de los muchachos que hace un siglo transformaron la vida intelectual de México, aún no ha sido escrita.

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De Mauleón. Su libro más reciente es Como nada en el mundo (Joaquín Mortiz, 2006).

Articulo: El Universal.com.mx – Confabulio 

A leer:

http://www.filosofia.org/ave/001/a249.htm 

http://redescolar.ilce.edu.mx/redescolar/publicaciones/publi_quepaso/antonio_caso.htm 

http://www.eluniversal.com.mx/graficos/confabulario/29-enero-05.htm 

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2 comentarios

Supra TK Society -

Keeping looking and listening and keep my brain active. We are never too old to learn. It's a good behavior.

Victor Macias -

un texto excelente; que has publicado? donde estan los pies de pagina?
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