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Revista Literaria AZUL@RTE

Oscar PORTELA

Oscar PORTELA

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Oscar Portela, nacido en la provincia de Corrientes (República Argentina) el 5/13/50, es considerado hoy por las más importantes voces de la literatura de su país, como una de las más potentes voces de la poesía y el pensamiento latinoamericano. Administrador Cultural, ha ocupado importantes funciones en su provincia y ha integrado por dos periodos consecutivos la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de la Argentina, presidente de la misma entidad en su Provincia, Director de revistas como Tiempo y Signos, entre otras, es y a sido Asesor de Cultura de la Honorable Legislatura de la Provincia de Corrientes. Doce títulos de su obra poética editadas (Senderos en el Bosque, Los Nuevos Asilos, Memorial de Corrientes, La Memoria de Láquesis, etc), y obras ensayísticas en las que se ocupa preferentemente del pensamiento filosófico contemporáneo, (Nietzsche sonámbulo del día), le han valido la consideración de importantes pensadores de su país. Ha publicado en España, México, Venezuela, Paraguay, y casi todos los medios de prensa de la Argentina y dictado conferencias en España, Paraguay y provincias Argentinas. Asimismo es especialista en critica e historia del cine y es autor de letras de obras musicales en su mayoría inéditas.

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E-mail : portelao@hotmail.com 

Página personal : http://www.universoportela.com.ar/ 

Otra : http://www.arrakis.es/~joldan/oportela.htm   

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EL GENIO DE MILOSZ Y LA PLEGARIA DE LA POESÍA

por Oscar Portela


Distinguir con meridiana claridad la diferencia que separa lo que Heidegger denominaba "stimung" - suspensión de sentido que afecta lo ontológico, (del mero «estado de ánimo» psicológico), por lo que el filósofo alemán denominaba «temple de ánimo» ,«temple» como la temperatura a través de la cual los metales alcanzan sus estados ideales, resulta, entre muchísimos nudos gordiano, absolutamente necesario para enfrentarse a la obra poética, y contradictoria o paradojalmente, a la del vidente lituano Oscar Wladislas, conde de Lubicz Milosz.


Quién fue o qué fue en esencia Milosz, es pregunta que puede aún alzarnos y alcanzarnos como un rayo, cuando de clasificar o buscar genealogías de obras se trata. El mismísimo Adolfo de Obieta comete el error de enumerar una larga lista de espíritus afines por el hecho de compartir, aspectos parciales de cualidades como el esoterismo, la nigromancia, la videncia, el hermetismo, citando desde Pitágoras a Wroski, Novalis, Hölderlin (poetas), hasta Bach, Wagner (entre los músicos), Swedemborg, (entre los visionarios) (así clasifica Obieta la traducción de Lisandro Z. D. Galtier), como Blake, entre los pintores (aunque Blake haya sido mucho más que un pintor), Cyrano entre los utopistas ¡vaya exageración!, hasta Hesse entre los novelistas.
 
Estas genealogías son amalgamas, que antes de singularizar y poner entre comillas la obra de un creador y la creación en estado de skepsis (preguntar es la plegaria del pensamiento), escribe Heidegger en "Preguntas Fundamentales", confunden y, bajo la necesidad de presentar presuntas afinidades, amontonan y enturbian.


Comencemos pues admitiendo que Milosz fue un poeta de cabo a rabo en sus primeros poemas, en sus poemas cortos, y que la lúgubre letanía cercana a la de Poe, distinguió desde el principio, el duelo inacabable que se prolongó trágicamente en su búsqueda plotiniana del Uno Derrida que pudiera devolver al niño expósito, desposeído de las imágenes madres y del útero de los arquetipos, la condición deyecta - caída - del mortal, por no decir abyecta.


¿Basta decir que Milosz trató a Fulcanelli para creer que todas las contestaciones están al alcance de la mano? La genealogía de Milosz es tan antigua como moderna: me atrevería a decir que Milosz sería típicamente un poeta moderno si su lenguaje, si su ropaje estético, no lo arroparan de un peculiar expresionismo, que nos lo muestra embarcado en la búsqueda del Uno "ver y describir lo que ve". El poeta pánico, el poeta dionisiaco, convive con los Dioses, juega con éstos y es víctima de la crueldad de toda trasgresión que no permita "ver" aquello que no puede ni debe ser "objeto" del deseo mortal, como le sucede al Acteón de "El baño de Diana" de Klossowsky.


Pero el todo heracliteano está lleno de Dioses y el Uno para reencontrarnos con los inmóviles arquetipos parmenídeos a los cuales el hombre ha abandonado y por lo cual paga con la cárcel del tiempo, en la traducción de Diels de la frase de Anaximandro.


En verdad es el alma un extraño en la tierra y el hombre un "nonato" aún interpreta Heidegger a Trakl, y esta feroz nostalgia, igual que la de Rimbaud cuando afirma que aún no estamos aquí, que no es ésta la verdadera vida, claro en éstos poetas sin apelar a la trascendencia de un mundo inteligible, son fenómenos expresamente modernos.
 
De todos los creadores en los cuales la melancolía de un paraíso perdido hace carne, sólo Nietzsche mira hacia el futuro. Las naves han partido y no existe ni el arriba ni el abajo, ni puertos donde guarecerse de las tormentas, menos aun la sombra de los arquetipos de soles muertos, mientras los simulacros nos muestran que lo que Blanchot denomina fragmentación, dispara sobre el poeta moderno su salva de letales perdigones.


"Bienvenida seas, soledad, madre mía", escribe Milosz después de haber llevado a Miguel de Mañara (Don Juan Tenorio) al purgatorio del arrepentimiento y a confesar que existe un solo amor que es el amor de "aquel que no puede ni debe ser nombrado". Debemos reconocer que Milosz, si bien no las busca, aunque elementos de índole estética le sobran, encuentra en su camino de despojamiento estético algunas de las imágenes más bellas de la poesía contemporánea.


Su sentido de amor a la naturaleza (Y, en la noche fragante, la jauría de la melancolía ladra en sueños), resulta siempre vencido por el pavor: sin embargo el zumbido de la reina de estío, - la abeja - revolotea de vez en cuando por sus páginas.


La madre Lituania, la madre carnal, - pero solo simbólicamente, porque se trata de la madre que pare sin engendramiento - lo han expulsado de aquellos "¡Antiguos días, antiquísimos días, tan bellos, tan puros!". Pero el pavor, afirmábamos, el pánico, solamente comparable al de Poe, pueden con el poeta que necesita lo que algunos denominan el "camino ascensional" que lo llevará al encuentro de aquello que Platón no encontró: "el huevo solar". El centro luminoso del Universo en el cual se mece increado aún, la archiescritura de los arquetipos: el niño de los niños antes de su fecundación.


Milosz dice en su obra cumbre e inclasificable "El cántico del conocimiento": "
Yo he visitado los dos mundos. El amor condujome hasta lo más profundo del ser".


Lo que hasta el momento se ha llamado poesía, constituye para Milosz un llamado al desierto de los símbolos que son meros simulacros. La tierra es la tierra baldía, en la cual la antigua raza que añora, suprimía las dicotomías de noche y día, de movimiento y dinamismo - el devenir -, y lo que denomina el "lugar" - el "Das-Sein" diríamos hoy -, en una repulsa de lo temporal, en un tiempo anterior al tiempo, y en esa raza anterior a toda raza, que no sean la de los demueles servidores de Dios, donde se establece el "páramo" y la dinámica de la "separación".


Y también escribe: "Yo escribo lo que veo". Y también escribe: "
Yo he visto. Y quien ha visto cesa de pensar y de sentir. Solo sabe describir aquello que ha visto": ¿Y que ha visto el poeta vidente?:



Porque hay un país donde el ser esta solo/ frente a si mismo.
Allí él se ama, y se desposa
y se crea.
Allí se glorifica.
Y el sitio es denominado por tus semejantes:
Lugar
de la Conjunción,
de la Feminidad Eterna y de la
Vida.



Solo desde ese sitio universal es posible ver sin conturbarse y leer la grafía de la verdadera escritura (la archiescritura derridiana), en la que podemos volver a ponernos en contacto con el absoluto, todo ello antes de la "caída, la Línea Recta, la primera". Empero, si el absoluto es sólo el margen móvil de la temporalidad, ¿qué función cumple ya aquí el lenguaje que sólo constata, que ya no puede ni debe salmodiar lo incognoscible?

El hermetismo puede desconstruirse. La mística termina en el silencio de la noche oscura del alma. La locura abre puertas impensadas al lenguaje como queda explícito en la obra de Hölderlin. Milosz termina en el Ofertorio, en la Misa Sagrada, desde cuyo púlpito sólo se puede volver a dictar un nuevo canon moral: el dictare (la orden) de una palabra que abre el camino hacia una visión maniquea del mundo. La feroz lucha entre la luz y las sombras, la cual siempre puede escribirse - no lo hizo David - un nuevo manual de moral sobre lo cual caminan sólo los genios, porque de este modo, la humildísima poesía, puede perder su calor humano y terrestre, que es lo único que la justifica ante los ojos impíos de los hombres.


La obra de Milosz permanecería después de un siglo desconocida, tal como él lo hubiese dehesado, si Lizandro. Z. D. Galtier, el gran poeta argentino de Lumiere du pampa, fundador del Círculo Hermético "Les amis de Milosz" que llevaba en sus manos el anillo del legítimo rey de Lituania, junto a Jaluc y otros, no hubiera hecho culto de la belleza a la que supo dedicar su vida el humilde y luminoso poeta europeo.


En sus últimos años Galtier se empeño en llevar a las tablas algo que tal vez tenga que ver con esa tradición que va de Calderón a Hoffmansthal, y que parece tan lejana a nosotros ahora, pero no pudo sino desear algo que tal vez hubiera resultado anacrónico, cuando Godot, ya no esperaba nada de la palabra soplada ni del absoluto.
     

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Oscar Wladislas de Lubicz Milosz

El viejo día

El viejo día sin meta quiere que vivamos
Y que lloremos y nos empapemos con su lluvia y su viento.
¿Por qué no quiere dormir siempre en el albergue de las noches
El día que amenaza las horas con su palo de mendigo?

Tibia es la luz en los dormitorios del hospital de la vida;
Queridos pensamientos forman el paciente blancor de los muros.
Y la piedad que ve que la dicha se aburre
Hace nevar el cielo vacío sobre los pobres pájaros heridos.

No despiertes la lámpara, el crepúsculo es nuestro amigo,
Nunca viene sin traernos un poco de buen viejo tiempo.
Si lo echases de nuestra habitación, la lluvia y el viento
Se burlarían de su triste manto gris.

Por cierto, ah, si existe dulzura aquí abajo
Sólo puede estar en los viejos cementerios graves y buenos
Donde ya no dice sí la debilidad, donde el orgullo ya no dice no,
Donde la esperanza no atormenta más a los hombres cansados.

Por cierto, ah, allá, bajo las cruces, cerca del mar indiferente
Que sólo piensa en el tiempo pasado, los que buscan
Hallarán por fin sus almas de sonrisas ansiosas por la espera
Y los seguros consuelos de las noches mejores.

Echa al fuego este alcohol, cierra bien la puerta,
Hay en mí pecho seres abandonados que tiritan de frío.
Se diría realmente que toda la música está muerta
Y las horas son tan largas.

No, no quiero verte más como mi amiga:
Sólo debes ser algo, créeme, sumamente grato,
Humo en el techo de una choza, en el ocaso:
Tienes el rostro de la buena jornada de tu vida.

Posa tu dulce cabeza otoñal en mis rodillas, cuéntame
Que hay un gran navío, muy solo, muy solo, mar adentro;
No olvides decirme que sus luces tienen frío
Y que sus ropajes de tela le dan risa al invierno.

Háblame de los amigos muertos desde hace largo tiempo.
Duermen en tumbas que no veremos nunca jamás,
Allá muy lejos, en un país color de silencio y de tiempo.
Si volviesen, ¡cómo sabríamos amarlos!

En la taverna junto al río hay viejos huérfanos
Que cantan porque el silencio de sus almas les da miedo.
De pie en el umbral de oro de la casa de las horas
La sombra hace el signo de la cruz sobre el vino y el pan.
 

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