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Revista Literaria AZUL@RTE

Mariana LLANO DE FANLO

Mariana LLANO DE FANLO

 

Nueva revista cultural ALGARROBO

Fin de Septiembre

En Barcelona, España 

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Información de Mariana Llano de Fanlo

mariana_llano@hotmail.com

http://www.marianallano.com  

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Mariana Llano, seudónimo de Geovana Rosa Yaipén Rodriguez Poeta, narradora, cantautora. Editora y promotora cultural, nacida el 17 de enero de 1959 en Chiclayo (Perú).Miembro de la APLIJ - Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil Directora-fundadora del Centro de Desarrollo Cultural Para El Joven y la Mujer "Umbral".Editora de las revistas "Solsticio", "Lundú" y "Taller" y de la serie de publicaciones "Algarrobo - Autores Norperuanos".Desde el año 2001, tras su matrimonio con el informático catalán Ismael Fanlo, reside en la ciudad de Barcelona (España), donde prosigue con su actividad literaria. 

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"Soñar no cuesta ¿nada?" por Mariana Llano 

Escrito por Ismael Fanlo  

"Imposible llamarla,
su gran obra de amor
era dejarme solo"

Pedro Salinas 

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De algo hay que vivir. Desde muy niño tuve miedo de mis sueños, siempre lo tuve. Recuerdo mi pequeño cuerpo tendido en el petate, buscando la posición correcta: manos entre piernas, pecho de costado, para no propiciar sueños innobles. ¡Pobre de mi alma si el cansancio de trajinar la tierra me vencía y, cara al cielo, fijado en las estrellas más lejanas, juntaba mis ojitos! ¡la noche era más larga, tan larga como aquella que velaron a Juaneco Mute y no pude conciliarme con el sueño! Horas de pesadilla me pateaban las entrañas, frío sudor corría por mi cuerpo y entonces, de seguro que meaba el petate ¡berrinche y paliza del abuelo! ¡puteada de la noche! y amanecer llorando mis presagios. Y lo peor era que nadie me creía, aunque jurara que sabía quién se había robado a mi hermana Jobita. 

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Los años no pasan de balde por los hombres del campo. Nos enseñan las mil caras de la soledad, la maña de cada estación y cada lluvia. Así fui aprendiendo a sacarle provecho al infortunio de soñar cosas prohibidas, malos presagios, augurios que yo no necesitaba para moverme como un cristiano más. Y cada corazonada, cada pesadilla fue templando mi carácter y mi forma de mirar al mundo de los vivos sin esquivar el mundo de los muertos. Un día de mi primera juventud, hasta los güevos de tanta mariconada, decidí desafiar al instinto del miedo, a mis entrañas explotando tibias en la noche, a la muerte que asomaba entre la quincha madura. Poco a poco fui tendiéndome en la estera, esperando por la sierpe pesadilla, la granputa mala hora y los sueños más terribles. Para domarlos luego como a las bestias alzadas del monte, como a la china chúcara para robarle un beso.  

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Y un día de cualquier día, supe que aquellos condenados sueños atravesados querían decirme del futuro, de las gentes, de las voces y los recuerdos. Así aprendí a distraer mi tiempo, acomodarme en la meada estera, a deletrear las líneas de la noche y dibujar mensajes y presagios. Fui guardando cada revelación en las alforjas de mi pecho receloso y taimado, hasta encontrar la ruta del encanto y la confianza, hasta el primer amigo que fuera revelado. Desde entonces me hice el más famoso soñador de aquellos pueblos cortados por caminos de herradura. El sabio de la estera, chamán de la verdad. La suerte me acogió bajo su amparo y no faltaron, desde entonces, sueños que ofrecer a las gentes del pueblo y de los pueblos viejos, esparcidos como retazos rotos de una vestido usado muchas veces. Regados por un río patizambo que no encontraba el mar. Todo marchaba de perlas divinas, el tiempo despacito me llevaba con la juventud airada y los bolsillos llenos. Era un principal en la comarca, casi un doctor o un cura, más que un maestro de escuela o el carnicero del mercado.

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Hasta la tarde de agosto que vino a vivir al pueblo la Luzdina Huatay. La carroza del martes me trajo cascabeles y quebrantos ¡mal haya el sol de agosto y la puta espina que me clavó en el pecho con sus ojazos negros! Su familia se instaló en mi pueblo y desde entonces mi vida cambió. Acostumbrado, cholo vanidoso, a recibir tributo y buenos días de viejos y señoras, serranos y mulatos, la indiferencia de esas nuevas gentes me maltrató el buen nombre que ostentaba. En aquellas pobladas areniscas, sólo ellos supieron ignorarme ¡Tonterías de cholos! ¡Cojudeces! ¡Creeencias de ignorantes! y un bien nutrido etcétera que amenazaba terminar con mi fama de buen soñador. Luzdina despiadada, se me negaba a dar una mirada, la miel de su sonrisa. En vano los regalos y los versos que compré para ella al poeta del pueblo. Mi pecho se inclinaba a su paso descuidando la estera de presagios. Clientes apurados desesperaban cada anochecer, mientras mi corazón rondaba sus esquinas de viento y polvareda. De nada me valía tanta hembrita regalada, olvidada. Luzdina era mi dulce amapola, mi rosa de los vientos, luz divina. Pero la muy malvada desdeñaba mis horas al acecho de su paso, mis lágrimas caídas en su puerta. Mas, aún en mi desdicha, pude sacar partido de la situación. El desdén de mi chola consentida, me trajo la mayor clarividencia en cada sueño. El tiempo consumía mis esperas y un día de arrebatos y cañazo, no pude resistirme a la punzada del despecho y salí de mi casa a robar su encuentro. Me prendí de su talle, me trepé por su trenza, me arropé con su aliento y la hice mía. Difícil no me fue. Se resistió lo propio, pero al fin se dejó y fuimos tan felices esa noche, como nunca jamás. La muy ladina supo del jolgorio de mi cuerpo contra el suyo, se apretó con sus carnes redonditas a mi pecho y comenzó a quererme de pura compasión por tanto amor que le ofrecía yo. Iniciamos la vida hembra y varón, mi Luzdina golosa se tendía en la estera de querernos, a esperarme lueguito de los sueños bien pagados, para soñar conmigo un tiempo a solas. 

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Dicen que soñar no cuesta nada. Y desde entonces fue abandonándome la luz de los presagios, la forma de sentir antes del miedo, la voz alta y segura. Ensayé tantas mañas y lugares. La posición correcta, cara al cielo de los besos de Luzdina, quien con sus ojos de torcaza hechicera consumía mi tiempo de soñar un rito antiguo como mis manos averiguando todos los secretos de su cuerpo en cada noche que fui perdiendo el sueño. Así y como quien quiere no rendirse, pues tuve que inventarme los presagios por no romper con una clientela asegurada que cada noche, insaciable, pedía siempre más, consumiéndome todo, ardiendo en el infierno del cuerpo de mi china. Mi fama de soñador de pueblo creció con las mentiras de cada noche a ciegas y nunca fui más sabio en el consejo, y más afortunado con el billete que durante ese tiempo de sequia. Pero como en la vida nadita es eterno, la pasión de Luzdina fue menguando. Ya no eran sus manos hurgando los bolsillos de mis ansias, descosiendo los forros de mi latir desaforado, haciéndome olvidar cada presagio que la vida me gritaba al oído. Ni su trenza partida de reflejos retintos, la cadena invencible de mi tiempo. Se fue volviendo fría y silenciosa, tristísima y distante. Al volver de los ritos de fingir un llamado de los sueños, la encontraba dormida, o fingiendo dormir. Yo notaba sus cambios de calores y matices, sus sollozos a solas, sus instintos dormidos, sus ganas de volar. 

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Tan sólo se llevó su larga trenza, húmeda de lágrimas. Me dejó, en un adiós sin pañuelos, la casa desolada, la estera arrinconada contra el frío, sus vestiditos viejos, sus zapatitos rojos, el infierno de amanecer sin ella envuelto en el tufo del cañazo. Cuando la llamo a gritos y la busco en toditos los caminos que al infierno se irán un día cualquiera. Pregunto por su huella a cada piedra, a cada caminante, a cada hechicero, a las vírgenes locas, a los viejos mendigos con sus llagas abiertas yo les muestro mi pecho y mi llagas más hondas. A todo el mundo perro le pregunté por ella. Nadie me supo dar una respuesta. Lo único que regresó a mi estera podrida de llorarle a solas, fue la virtud sin luces del presagio. Pero ya nadie quiso acreditarme luego, un borracho de pena y de guarapo, perdido entre las calles, abandonado y loco, nada puede decir a los demás.

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Y la sigo buscando. Sé que se fue con otro, me lo dijo un presagio y no quise creerle a mi verdad. Tengo el puñal cebado y duermo a la intemperie con los ojos abiertos, repletitos de estrellas. El dolor de la ofensa me lleva a flor de piel y a su sombra de guarango tardío, tiendo mi estera para recordar, con dolor y con rabia. Aún pregunto por ella. ¡La mataré! ¡Lo juro por la noche maldita! Poco importa si olvido los presagios, si el río encuentra al mar, al fin y al cabo ¡de algo hay que morir!  

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Mariana Llano, 7-May-1999

Modificado el sábado, 02 de septiembre de 2006

 

Ilustración : DESSON

http://www.webstergalleries.com/chiasson.htm

 
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