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Revista Literaria AZUL@RTE

Andrés Fabián VALDÉS

Andrés Fabián VALDÉS

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Bocetos… La Amada

Por Andrés Fabián Valdés 

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Estaba al salir por el patio de mi casa, cuando ella pasó montada en su bicicleta y despejada con la presencia de siempre; se le notaba joven, elegante, saludable y satisfecha. Llevaba un andar con movimientos serenos y fluidos. Airosa desfiló ante la esperanza de mi adoración, y jamás se percató de mi arrestada figura, de mi forma presa por sus atractivos; no desconcentró su vecinal paseo, ni por más que yo manifestase estridencia girando los goznes del viejo portón que resguardaba de la calle. Pasó ensimismada por delante de mis ojos suplicantes, que añoraban reflejar su sonrisa y su mirada. Tanto fue de ráfaga altanera, que inmediatamente de su fugaz actuación, el anhelo quedó abandonado en las ruinas de un monasterio construido en mi corazón; pero sin duda, a pesar de su desinterés por ser contemplada y admirada, era capaz de poner en funcionamiento la más agradable actuación donde ella era la principal protagonista de mis comedias y de mis dramas, ambos, escenarios cotidianos.

 

No quise prenderme del ingrávido suceso, y traté de no poseer una actitud pesimista ante los primeros pasos del día. Proseguí con  mi normal entusiasmo, que aunque modesto, me ayudaba a valorar el momento en el que me hallaba. Continué con lo predispuesto para la mañana, que en principio, era simplemente tomar un grato descanso en algún banco sombrío de la plaza. Preferentemente buscaba sentarme en una de las esquinas, para obtener una completa visión de la arboleda del lugar. Aunque… en realidad, no es mi deseo mentirles; la verdad no es otra que, siempre busco descansar en el primer banco libre al que accedo, generalmente ubicado en alguna esquina.

 

Un par de veces al mes comenzaba a sentir que les debía las horas de un paseo a los caminos del lugar donde fui niño, y donde luego, sin pretenderlo y sin notarlo, me hice extranjero. Dos veces al mes, mi filosofía deseaba formar parte de los códigos de un micro mundo concebido por inexpertos vecinos. Se me antojaban los sonidos y las brisas campestres de las calles donde crecí, donde en la juventud descubrí  el desencanto de ser alguien y donde con celo y resentimiento mordí los labios de una revolución nombrada adolescencia; dos veces cada unos treinta días aproximadamente, empezaba a sentir un inexplicable hambre por los cruces de sendas donde extravié la fe y donde me padecí puesto en prueba de inteligencia; un par de veces cada treinta noches, sentía una implacable sed por el aire fresco que asedaba en los extramuros de la ciudad y en cuyas esquinas donde avizoré el derrumbe de la mitad de mi orgullo y donde me sufrí fútil e impotente de conquistar el fin de mis nostalgias; existían dos días en el mes, en que se me antojaba pisar las piedras y el concreto de las calles donde aprendí la virtud de comprender, de perdonar y de ser paciente, y donde fui iluminado por el sol del amor, una y otra vez, entre apagones, eclipses y encierros ciegamente voluntariosos.

 

Ya faltaban escasas bocacalles para llegar a mi destino. Caminaba bordeando el cordón de una vereda, tanteándolo como a un barandal. Escuché gritos y risas, y advertí que a corta distancia un grupo de niños jugaban juntos; formaban un escandaloso rebaño de fieles arduamente traviesos. Entonces otra vez la encontré; allí estaba ella, siendo un pequeñuelo más que se entretenía fantásticamente, alardeando su chispa y entonando un cántico infantil. No sé si parecía una dulce mujer realizada niña o una precoz niña hecha una jovencita, pero se divertía con devoción y se esmeraba por recrear a sus pueriles colegas. Su voz, sus palabras y sus risas, eran gentiles que vagaban armoniosamente por un diminuto universo de espontaneidad, y su mirada de ensueño, era un ángel que alumbraba un sendero de felicidad infinita.

 

Pasé de largo frente a su dispersión y otra vez no se enteró de la franqueza de mi esperanza. De todas maneras, mi ánimo proseguía inflexible, aun teniendo la comparecencia de algún leve eco del recelo y de la soberbia.

 

Al llegar a la plaza donde descansaría bajo la sombra de la alameda, oí a un grupo de adolescentes, que acariciados por un aire con fresco aroma a hierba, tañían sus guitarras y alzaban sus voces. El tiempo matutino transcurría con agrado; la luz mañanera era sutil al igual que los transeúntes que se comportaban imperceptibles. Elevé la cabeza e imaginé un cielo de un color intransferible por donde atravesaban aves de diferentes especies. Entre la variedad de pájaros que desconocía, atendí el pasar melodioso de gorriones y jilgueros. Yo perseguía los distintos aleteos que oía y que me dejaban invadido por las ansias de tan salvaje libertad; una libertad que le devolvería la majestuosidad de la vida a cualquiera que esté degradado por la obligaciones de la más ingrata de las sociedades. Estaba por descender mi cabeza y sumergir la atención en la dulce fragancia a flores que la brisa hacía temblequear sobre la tierra, y entonces entre aleteos y graznidos, apareció ella, una vez más, la Amada, cantando a través de mis oídos como en un cuento fabuloso y flotando en el aire semejante a un rico perfume de primavera. Un brillo y una nitidez incomprensibles se cernieron ante el estupor de mis párpados. Se estremeció mi sed por la vida. Escuché mi nombre; aquel que desconozco. Quise mirar, ¿pero dónde?, ¿de qué manera? Mi corazón palpitó a un ritmo empeñoso. Yo caía dentro de algo. Respiraba profundamente. Me sentí extraño. ¡Ese algo se elevaba! Fui ajeno a este mundo. Estuve a gusto. Creí alejarme… Mis sentidos se desbordaron de una armonía con la que no alcancé fluir y ser uno en la chispa de segundo que es la eternidad. La experiencia me dejó más anhelante que nunca y tan alegre como fastuosamente serio. No sé si ella percibió mi cuerpo desgastado, mañoso, impostor y solitario, no sé si tomó conciencia de que la necesito, sin embargo, al cerrar mis ojos aún más, logré sentirme hondamente enamorado de ella… mi Amada.

 Aquel día, como tantos que le siguieron, no quise detenerme mucho tiempo en aquella plaza tan preferida, no deseaba estar inmóvil, por el contrario quería proseguir caminando e imaginando las cosas que apenas había visto cuando niño. Así que me alejé de allí escuchando el movimiento de la vida en mi alrededor y reconociendo el camino con el tanteo de mi bastón.

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 Ilustración: Denis CHIASSON

http://www.webstergalleries.com/chiasson.htm

                                                       

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1 comentario

Ernesto Cásares -

Un relato que se distingue por el dinamismo suave, también por el cambio de ritmo en lo que por un momento parecen dos dimensiones distintas y por la vuelta de llave que al final muestra otro panorama muy diferente al creído.
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