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Revista Literaria AZUL@RTE

Adriana GOÑI GODOY/Mariano PACHECO

Adriana GOÑI GODOY/Mariano PACHECO

Adriana Goñi Godoy adrianagoni@terra.cl  

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MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL
Por Mariano Pacheco

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"... ¡Matamos para construir un mundo en el que nadie mate ya nunca mas! Aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra por fin de inocentes".

"... Me dijo que no había felicidad para él fuera de nuestra comunidad.
'Estamos nosotros, decía, la organización. Y después no hay nada. Es una orden de caballería'...".

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"... Vivimos lejos de él, encerrados en nuestras habitaciones, perdidos en nuestros pensamientos. ¿Y el pueblo nos quiere? ¿Sabe que le queremos? El pueblo calla. Que silencio, que silencio..."

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Albert Camus, Los Justos.

TIEMPO: Marzo 31. Año 1977.

ESCENA: una humilde casilla situada en la barriada popular de Monte -Chingolo, en la zona sur del conurbano bonaerense. Beto y Adriana duermen abrazados. Afuera, en las frías calles y avenidas del distrito de Lanús, los automóviles Ford-Falcon oscuros, sin patente, van y vienen en busca del enemigo de la patria.

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Son las cuatro de la madrugada. Hace cuatro horas que Adriana Lidia Kornblihtt dejó atrás sus dorados quince años. Es temprano. Tiene sueño, hace frío. Es su cumpleaños y le da fiaca levantarse. Mira a su compañero dormir y le dan ganas de quedarse. Pero se levanta. Sabe que ha elegido una vida que está llena de obstáculos. Son infinitas las dificultades. Desde las más grandes, como las que ponen en juego la continuidad de su vida, hasta las más simples, las más sencillas y cotidianas.

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Un camino surcado por las renuncias. Como la de observar el rostro de Beto y tener ganas de acostarse a su lado. Acurrucarse. No salir a la fría noche. Al mundo que niega al ser humano como ser humano. Pero se viste, le da un beso a Beto y parte. Porque el mundo, tal cual está, niega al ser humano como ser humano. Porque el país, como está, niega cualquier posibilidad de proyectarse, de proyectar la vida.

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Son las 4.30 de la madrugada. Adriana sube a un automóvil en el que se trasladan dos muchachos. Son jóvenes, como ella, aunque no tan jóvenes. Al menos, no adolescentes. Los tres son militantes revolucionarios, y juntos, conforman un Pelotón de Combate del Ejercito Montonero. Adri está comenzando su cumpleaños número dieciséis, pero hace un año que es soldado. Antes estaba en la Unión de estudiantes secundarios, la UES. Era una militante de superficie. Pero ahora es parte de la Estructura Militar.

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Desde hace un año, el país está asolado por una dictadura militar. Una dicta/dura, de verdad, terrible. No como las dicta/blandas de antaño que, por cierto, tuvieron cosas terribles. Y se cargaron a sus muertos. En 1955 la Marina de Guerra bombardeó Plaza de Mayo, intentando asesinar al presidente constitucional. Terminaron masacrando a la multitud desarmada, indefensa, que se concentró frente a la Casa de Gobierno para defender al gobierno popular. No estaban dispuestos a ver como se esfumaban las conquistas obtenidas en una década. Pedían armas; pero recibieron balas, sólo balas. Las armas las tenían los militares insurrectos. Las únicas balas que recibieron los trabajadores, fueron las que impactaron sobre sus cuerpos.

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Las armas que Evita había comprado para formar las milicias, Perón se las entregó a sus camaradas de armas. A esos que ahora lo derrocaban. El pueblo peronista pretendía resistir la embestida, pero el General prefería el tiempo. El tiempo, dijo, antes que la sangre. Pero la sangre, finalmente, corrió junto con el tiempo.

Al año siguiente fusilaron civiles y militares que se levantaron contra la Revolución libertadora de Aramburu... Aramburu fue, en mayo de 1970, ejecutado por un grupo de muchachos. Una nueva generación de jóvenes se asumía como peronista y luchaba por el socialismo. La influencia de la triunfante Revolución en Cuba. El cura Camilo Torres en la guerrilla Colombiana. Los procesos revolucionarios en China; Vietnam; Argelia, se plasmaban con "los caños y sabotajes" de la Resistencia de fines de los 50´. El peronismo como el "hecho maldito del país burgués", según había señalado J.W Cooke.

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A los militares de la anterior dicta-blanda, los de la autodenominada Revolución Argentina (que, por supuesto, no tuvo nada de revolucionaria ni de nacional), se los fue poniendo en jaque, poco a poco. Primero con la movilización de las masas. Luego con las puebladas y las acciones armadas de la guerrilla. Se tuvieron que ir. Volvieron a los cuarteles mientras el pueblo festejaba y ganaba las calles... y les gritaba en las caras "se van, se van y nunca volverán"...

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Pero volvieron. Y ahora todo era mas duro. Esta vez el enemigo golpeaba con mucha contundencia. Pero el pueblo había hecho su experiencia. Además contaba con ellos, que no aflojaban. No se rendían. Adriana, Beto y sus compañeros estaban dispuestos a todo; menos a bajar los brazos, todo. Había que persistir; soportar los golpes resistiendo, pensaba Adri.

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Alrededor de las cinco de la madrugada el automóvil se acerca a la comisaría de Monte -Chingolo. Afuera no había nadie. La operación era sencilla: colocar un caño (artefacto explosivo casero) en el lugar y partir. Se hacía con frecuencia: era una forma de demostrar que los Montoneros estaban ahí, luchando. Desde hacía un tiempo que la Organización había comenzado a desarrollar el Ejercito Montonero como estructura especializada, junto con la Milicias.

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Las milicias permitían que los militantes de los frentes de masas vayan adquiriendo una práctica militar. Realizaban pequeños combates, de baja intensidad: como la que realizaron el 22 de agosto de 1974, para recordar a los fusilados en Trelew, ocurridos dos años antes.

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En esa campaña nacional murió Eduardo "Roña" Beckerman, secuestrado en Bernal (Partido de Quilmes, Provincia de Buenos Aires) por una patota de la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A.

Al principio, durante el 74 y el 75, los militantes realizaban actividades milicianas mientras continuaban con su labor diaria en las Agrupaciones de superficie. Pero a partir del golpe del 24 de marzo el trabajo público ya no era posible.

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Fue para esa época que Adriana pasó a la estructura de Ejercito. Antes había estado en la UES. Primero en Capital, cuando comenzó el secundario en el Nacional de Buenos Aires (junto a su hermana Vicky, que también militaba en la misma agrupación y que, por entonces, era la compañera del responsable de la UES Capital, nada menos; con lo cual, Adri vivía rodeada de integrantes de la conducción). Luego pasó a la UES Avellaneda y finalmente a la de Lanús, donde conoció a Beto.

Con sus 14 años, Adri, "La Turca" para sus compañeros (nombre de guerra que tomó del primer sobrenombre de su hermana Vicky), fue una de las más decididas a la hora de abandonar sus tareas en un colegio de alto nivel, en la metrópoli, y pasar a cursar sus estudios en un colegio del Gran Buenos Aires. No le importó tener que viajar todos los días, dejar a Laura, Gabriela, Moira, su grupo de amigas, y cambiar de ambiente social. La convicción ideológica pudo más que todo.

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Tras las movilizaciones obreras de junio-julio del 75', que desbordaron a la burocracia sindical, fortaleciendo los cuerpos de delegados y las comisiones internas nucleadas en las Coordinadoras inter-fabriles; que desbarataron el plan económico del gobierno, obteniendo aumentos salariales; y que, finalmente, lograron expulsar del gobierno y del país al siniestro Brujo López Rega (organizador de las bandas para-policiales de las 3A) Montoneros fortaleció su posición de priorizar sus vínculos con los trabajadores industriales de los grandes centros urbanos del país.

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Y allí marchó la Turca: a vincularse con los colegios técnicos del Conurbano Bonaerense, semillas de los futuros obreros que protagonizarían la revolución en Argentina. De Capital a Avellaneda y de allí a Lanús. De la UES a la estructura de Ejercito. De la casa de sus padres a la convivencia con su compañero.

Cuatro días antes de su cumpleaños, el domingo 27 de marzo, "La Petiza Pelirroja", como le decía Laura, su hermana mayor (que militaba en el Ejercito Revolucionario del Pueblo), se puso a escribirle una carta. A ella, que se encontraba exiliada en Roma y a Vicky, exiliada en Milán. Aquellas líneas, escritas en la localidad bonaerense de Hudson, donde Adri se refugiaba con Beto para descansar, también estaban destinadas a su cuñado Esteban y sus sobrinos "Este" y "Pauli". En la carta les contaba de lo cansador y mal pago de su nuevo trabajo en un taller textil, y de lo bien que se llevaban con Beto.

Cosiendo bombachas, al son de la recta, el oberlock y el zig-zag, Beto y Adri comenzaron a buscar una "sorpresa". Aunque en la carta aclaran: "todavía sin novedad". Finalmente, su percepción de la situación política: "Por acá las cosas andan mas o menos jodidas, como siempre. Pero las cosas siguen y con muchas ganas de seguir adelante".

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Para adelante. Beto y Adri encararon sus días mirando para adelante. No estaban dispuestos a mirar para otro lado: como Garcín, el personaje Sartreano de la pieza teatral A puerta cerrada, querían mirar la situación de frente. Estaban dispuestos a sortear las dificultades: la falta de trabajo en el caso de Beto; el bajo salario en el de Adriana.

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Alrededor de las seis de la mañana, tras una pesadilla, Beto se despierta. La Turca debería haber llegado ya. Su sueño fue espantoso: estaba sentado en la mesa; se sirve un vaso de soda y, de repente, el sifón estalla en su mano izquierda. Con la otra se saca los pedazos de vidrio, esparcidos por sus dos brazos, el pecho y la cara. Asustado, se seca el sudor de la frente, mira el reloj y vuelve a dormirse.

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Dos horas mas tarde ya estaba fuera del lugar: Adri debería haber vuelto a la casa, para vestirse e irse a trabajar. Beto comienza a angustiarse: piensa lo peor. Esta ansioso, no deja de mirar por la ventana. Pero las ocho de la mañana es el tope del horario de emergencia y debe retirarse. La operación era sencilla. Todo había quedado claramente planificado en la noche del 30, cuando realizaron la ultima reunión. Un compañero iría como chofer del automóvil; el responsable permanecería junto al auto, atento y preparado para disparar su pistola 9 mm, si es que algún policía aparecía de improviso. La Turca colocaría el explosivo. Nada complicado. A las 5.30 horas llegaron a la comisaría. Afuera no hay nadie. El chofer mantiene el coche encendido, listo para escapar. El responsable da la orden. Adri debe activar el caño y regresar al automóvil, volver a su casa, darle un beso a Beto, cambiarse y entrar a la textil. Luego ir a la casa de sus padres a cenar, a festejar sus 16 años y brindar por eso; por el laburo que está por salirle a su compañero; por el hijo que esperan tener; por sus hermanas Laura y Vicky, su cuñado Esteban y sus "sobris" "Este" y "Pauli", que brindarán por ella desde el viejo continente; por sus padres, que esperan que pronto se concrete el casamiento; por los muertos, que ya no pueden brindar y por los presos, que aguantan desde las cárceles el inhumano trato de sus verdugos. Por la victoria que, finalmente, mas temprano que tarde, tiene que llegar.

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Pero algo sale mal. El imprevisto no es la aparición repentina de algún policía. El responsable de la operación escucha una explosión. Comienza a disparar sobre la comisaría; se acerca a ver que ha pasado. La bomba estalló en manos de La Turca, pero su cuerpo no está. Sólo se ven los restos de su ropa.

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Beto se entera a las nueve de la mañana. No lo puede creer. Sigue mirando y esperando que Adri llegue. Quiere decirle feliz cumpleaños, darle un abrazo y marcharse con ella a la casa de sus suegros. Quiere que llegue para irse a cenar y festejar.

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La Turca no fue una joven formal. No pudo, como Simone de Beauvoir, escribir sus memorias. No pudo, porque sus días por vivir, quedaron aplazados con su trágica muerte. Sin embargo, como Juan Gasparini con Montoneros, final de cuentas, Simone de Beauvoir sirvió de inspiración para dar título a este relato.

(NOTA: Simone de Beauvoir fue una de las grandes escritoras francesas de post-guerra. Una de sus particularidades fue que, a diferencia de muchos escritores, ella misma narró su biografía, estando en vida: Memorias de una joven formal; La Plenitud de la vida y La Fuerza de las cosas, son los nombres que le dio al tríptico. Algunos suman un cuarto tomo: Final de cuentas. Libro que, como ella misma reconoció, escribió tras las críticas recibidas luego de publicar su ensayo La vejez; en donde, le decían, no hablaba de ella misma).

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La Turca no escribió ningún libro, pero narró varias cartas. Cartas conmovedoras, desgarradoras. Cartas en donde, el tan frío número de 30.000, deviene experiencia concreta, cotidiana. La ultima carta que escribió, la del domingo 27 de marzo de 1977, quedó incompleta: "... a mí también, Laura, me parece muy raro tener tan solo 15 años y llevar la vida que hago...".

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Tras la muerte de Adriana, Beto no quiso abandonar la casa. Contra todas las medidas de seguridad necesarias en tiempos tan difíciles, como los de aquellos días, se quedó viviendo en el lugar. Lo ultimo que se supo de su vida fue por la carta que, el 30 de julio del 77', les escribió a sus cuñados. "Las cosas andan bastante bien -dice- pero 'la calle' está dura; en la empresa [se refiere a Montoneros] estoy laburando con los fierros [el aparato militar de la organización]". Continúa: "una de las preguntas [que sus cuñados le hacen en una carta anterior] es si recuerdo algo; si es por la casa, no perdí nada; ni siquiera me levanté [irse a otro sitio] y recién ahora me mudo, si Dios quiere...".

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Parece que el Buen Dios no lo quiso; ya que, al poco tiempo, un Grupo de Tareas de la Junta de militares genocidas dio con su domicilio. Beto fue secuestrado y nunca mas se supo de él.

Los restos de Adriana fueron encontrados por el Equipo de Antropología Forense en diciembre de 2004. Lo hallaron como NN en una fosa común, en el Cementerio de Avellaneda. Fueron inhumados el viernes 18 de marzo de 2005, en el Cementerio de la Chacarita.

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Sus padres no llegaron a verlo. Sus antiguos compañeros de estudio y militancia, sí. Entre ellos estaba su amiga Laura; a quien, de repente, la asaltó el recuerdo de Adriana lanzando uno de esos escupitajos impresionantes que largaba. Escupidas que nadie sabía de donde los había aprendido, pero que iban más lejos que las de cualquiera. Habían pasado casi tres décadas y la cara de Adri se le aparecía igual que antaño: frunciendo los labios, tomando aire, y escupiendo a más de un metro de largo. Bruta, varonil y con una sonrisa amplia y divina.

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Vicky, su hermana, todavía recordaba el día en que le llegó a Italia la carta que Adri no terminó de escribir aquel domingo de marzo, 28 años atrás. Recordó las líneas que, al final, Beto le había agregado:


"No la sientan como a una hermana, sino como a una compañera; así los sentimientos son mucho más integrales y sepan valorarlo. Sus 16 años son un ejemplo".




«La Memoria es la búsqueda de la Historia aún no contada.»

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Ilustración: JJFEZhttp://www.jjfez.com/espanol/pag%207tintas.htm
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